INTERNACIONAL
10/01/2021 15:08 CET

Ni Oriente Medio ni Latinoamérica: el asalto al Capitolio fue muy estadounidense

¿Por qué tanta gente sigue recurriendo a otros países para comentar lo que sucedió el miércoles en el Capitolio?

SAMUEL CORUM VIA GETTY IMAGES
Los seguidores de Trump a las puertas del Capitolio.

El mundo entero observó con estupor este miércoles cómo cientos de fanáticos del presidente saliente de los Estados Unidos, Donald Trump, asaltaban el Capitolio para impedir que se certificara el resultado de las elecciones presidenciales de 2020.

Los asaltantes se abrieron paso a través de barricadas y muros y entraron por la fuerza en el edificio gubernamental mientras gritaban eslóganes de su líder, como el de “detened el robo”. Las imágenes de los asaltantes saqueando el edificio y acomodándose en los despachos de los legisladores ya quedan grabadas en la historia de Estados Unidos. Aunque algunos periodistas y trabajadores pudieron ser evacuados, muchos otros quedaron atrapados y tuitearon en directo lo que podían ver y oír desde sus posiciones. Al menos cinco personas fallecieron y decenas acabaron heridas.

Políticos, expertos y periodistas expresaron su perplejidad e incredulidad por lo que estaba pasando en Estados Unidos. Algunos tildaron las escenas de “antiestadounidenses” y argumentaron que era como “ver una televisión extranjera”, ya que esas cosas solo pasan en “países tercermundistas”, como los de Oriente Medio, África y Latinoamérica.

Jake Tapper, periodista de la CNN, le dijo a un corresponsal que informaba en directo desde el Capitolio que sentía como si estuviera “conectando con un corresponsal en Bogotá”. Otro periodista comparó el Capitolio con Bagdad y Kabul y dijo que era horrible que eso estuviera sucediendo en Estados Unidos.

“El lugar al que vamos se parece más a Siria que a los Estados Unidos de América”, expuso el comentarista de la CNN Van Jones.

Mucha gente sigue preguntándose cómo es posible que estos alborotadores llegaran tan lejos. Es muy sencillo. No son negros. No son de piel morena. No llevan 'hijabs'

Y no solo periodistas. El expresidente George W. Bush publicó un comunicado que rezaba: “así es como se deciden las elecciones en una república bananera, no en nuestra república democrática”. El senador republicano Marco Rubio tuiteó el miércoles que estos acontecimientos eran “propios del tercer mundo y antiestadounidenses”. Otros académicos y analistas vendían la misma retórica problemática. 

Porque la realidad es que el uso de la violencia y la intimidación para el beneficio político siempre ha formado parte de la retórica estadounidense, desde el racismo de los días de Jim Crow, los linchamientos y la segregación, pasando por la mortífera manifestación de Charlottesville en 2017 hasta el plan fallido de secuestrar al gobernador de Michigan el año pasado. Sin embargo, demasiadas personas siguen cegadas por la falsa ilusión del excepcionalismo estadounidense y son incapaces de ver que también su democracia es frágil y falible. Pensar que la inestabilidad política es un problema exclusivo de los países poblados por personas de color es una perspectiva xenófoba que ignora la larga historia de supremacismo blanco de Estados Unidos.

¿Por qué tantos estadounidenses siguen recurriendo a Oriente Medio o a Latinoamérica cuando buscan una comparación para lo sucedido el miércoles en el Capitolio? La edición estadounidense del HuffPost se ha puesto en contacto con varios académicos para intentar resolver esta compleja duda.

Zaheer Ali, historiador de la Universidad de Nueva York, asegura que la incapacidad de los estadounidenses de aceptar su propia historia ha conducido a visiones muy problemáticas de lo que representa su país.

“Lo que más me frustró fue que las noticias trataran de describir este suceso como algo inusual, impredecible, inesperado y atípico en Estados Unidos. Ese excepcionalismo que hace que todo el mundo piense ‘eso no pasaría aquí’ o ‘nosotros no somos así’ ignora por completo la historia del país”, expone Ali.

“Suscribirse a la narrativa falsa del excepcionalismo estadounidense nos ha llevado a estar ciegos ante esa parte de nuestro legado como país”, añade. Esta falacia ha llevado a muchos periodistas y analistas a mirar fuera de las fronteras de su país para intentar comprender la situación política actual en vez de mirar hacia dentro.

Mucho antes de que los manifestantes asaltaran el Capitolio, los fanáticos de extrema derecha de Trump ya agitaban las redes sociales con sus conspiraciones de robo electoral, instaban al uso de la violencia e incluso llegaron a pedir una guerra civil. Para los seguidores de Trump y muchos periodistas, Estados Unidos es distinto en esencia al resto de las naciones, y los valores y el sistema político de Estados Unidos es superior a los de los demás países.

Pero la misma historia que ha contribuido a que Georgia elija a su primer senador negro esta semana ha sido la base sobre la que se produjo el asalto al Capitolio. Los estadounidenses deben reconocer todos los aspectos de su pasado, incluido el papel que ha desempeñado su país y Europa en desestabilizar los países a los que se referían los periodistas en sus desafortunadas comparaciones.

Demasiadas personas siguen cegadas por la falsa ilusión del excepcionalismo estadounidense y son incapaces de ver que también su democracia es frágil y falible

“Ignorar tu historia para seguidamente mirar a los países que han sufrido inestabilidad económica y asegurar que eso es lo normal ahí denota estrechez de miras y ceguera a la hora de reconocer que has contribuido a que esos países estén así”, sostiene Ali.

Esa ceguera, dice Ali, es la que hace que tanta gente piense que Estados Unidos es demasiado grande para fracasar.

Otra razón por la que tantos periodistas buscaron comparaciones en el extranjero implica tópicos racistas sobre el aspecto de los agitadores.

Solo hay que ver el doble rasero con el que la Policía actuó contra estos insurrectos blancos, que básicamente tuvieron permiso para tomar el Capitolio. Si hubieran sido personas de color, habrían sido arrestadas o contrarrestadas con fuerza letal.

“Mucha gente sigue preguntándose con incredulidad cómo es posible que estos alborotadores llegaran tan lejos. Es muy sencillo. No son negros. No son de piel morena. No llevan hijabs. Son blancos y los trataron con dulzura”, comenta H.A. Hellyer, académico y miembro del Instituto Real de Servicios Unidos, de Londres.

Ali coincide con su diagnóstico y subraya la importancia de sacar a la luz ese doble rasero, pero con cautela.

“Esto tiene mucho que ver con el privilegio blanco y la flexibilidad del estado con lo que está dispuesto a consentirles a sus ciudadanos blancos”, explica Ali. “Algunos discursos sobre lo peligrosos que son los negros y los musulmanes ya están muy normalizados en la sociedad”.

Y pese a que la historia de los negros y los musulmanes en Estados Unidos se remonta a varios siglos atrás, todavía son muchos los estadounidenses que los consideran extranjeros, “los otros”.

Oliver Stuenkel, profesor de Relaciones Internacionales en la Fundación Getúlio Vargas de São Paulo (Brasil), señala que comparar disturbios políticos puede resultar informativo si se hace con contexto y tacto.

“Estos análisis comparativos pueden ser muy útiles siempre y cuando no se defina a esos países solo por su historia política”, indica Stuenkel, que añade que la turbulencia política de un país debería estudiarse en el contexto de su historia completa y no solo enmarcada en un momento determinado de revolución.

El problema del excepcionalismo estadounidense surge, según explica, cuando los comentaristas políticos no logran reconocer la complejidad de otros países y solo los analizan desde el punto de vista estadounidense, que está salpicado de estereotipos.

Más allá de las fronteras de Estados Unidos, los observadores internacionales señalaron una ironía: Estados Unidos se ha visto durante décadas como el adalid de la libertad y ha estado siempre dispuesto a invadir otros países con el pretexto de devolverles la paz. Ahora ¿quién salvará a Estados Unidos de sí mismo?

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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