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01/10/2019 17:03 CEST | Actualizado 01/10/2019 17:03 CEST

Ni vivienda, ni coche: tu estatus social lo marcan tus hijos

El querer tenerlos y no poder significa que somos precariado en estado puro.

Jacek_Sopotnicki via Getty Images

Primero fue la vivienda, luego el coche y ahora los hijos se han convertido, por obra y gracia de la sociedad líquida, en baremos de nuestro estatus social. También la ausencia de ellos. El querer tenerlos y no poder significa que somos precariado en estado puro. Una nueva clase marcada por la falta de certidumbres en lo económico y la volatilidad de las relaciones personales. Los hijos para quien pueda pagárselos. Familias con dinero cuyo número de descendencia suele ser amplio y proporcional a los ceros a la derecha de varias cifras más. En todo caso, la excepción que confirma una regla atroz. La de que nuestro hijo y la forma de crianza y educación establecen un nuevo estatus social. ¿Te has planteado cuál es el tuyo? 

Los jóvenes viven excluidos del mercado de la vivienda. Una pareja que se plantee comprar un piso deberá contar con un importante apoyo económico previo. Y la proporción del sueldo que deberá destinar a la hipoteca será muy elevada. Solo una cifra: seis de cada diez jóvenes tendrían que destinar el 50% de sus ingresos al pago de la cuota. Queda la opción de seguir en casa de los padres. La emancipación en España se da a los 29 años mientras que en los países nórdicos se sitúa en los 21 años. 

¿Alquilar es tirar el dinero?

La vivienda en propiedad es una quimera. Continúa pesando eso de que alquilar es tirar el dinero. Pero resulta que no hay otra opción. El mercado lo sabe. Se aprovecha. Sube precios hasta la asfixia. Da igual si afecta a familias con bebés, jubilados sin más recursos que una exigua pensión. No discrimina. Atiza por igual. El precio de los pisos ha aumentado el doble que los ingresos de las familias en Cataluña entre los años 2000 y 2018, según el Observatori Metropolità de l’Habitatge.

Los que lograron un trabajo antes de la crisis y lo mantuvieron son los últimos que tuvieron la posibilidad de independizarse dignamente. Los millenials que ya deberían estar integrados en el mercado laboral no saben muy bien cómo plantearse el futuro. Su presente se tambalea. Miran a un lado y a otro con estupefacción y se preguntan: ¿Qué es exactamente lo que esperan que haga con mi vida si no hay opciones? 

Consumada la inviabilidad de casa y coche solo nos quedan los hijos 

Hace un tiempo, cumplir 18 años era sinónimo de sacarse el carné de conducir. Ahora claramente no es una prioridad. Tener un coche en propiedad no tiene el valor de entonces. Es más moderno y sostenible con el medio ambiente compartir vehículos y pagar solo por el uso dado. El vehículo eléctrico quiere instalarse y cambiar el paradigma adaptado a los nuevos tiempos. Lo cierto es que aumenta el uso del transporte público en las ciudades, un 5,9% en julio, según datos del Instituto Nacional de Estadística. 

El escenario es el siguiente. El sueño de una vivienda en propiedad se desvanece y solo es posible con un firme apoyo económico familiar o la cesión de un piso si los padres lograron atesorar más de uno. Tener un coche no es una prioridad. Son caros y contaminan. Tampoco hay garajes. Consumada la inviabilidad del doblete de techo y ruedas, solo nos quedan los hijos. ¿Queremos renunciar a ellos? ¿Vamos a seguir empeñados en tenerlos? 

Los hijos para quien pueda pagárselos.

El hijo como jarrón chino de la dinastía Ming 

Depende de muchos factores. Los cálculos hechos por la Confederación de Consumidores y Usuarios (Ceaccu) determina que un hijo cuesta, desde su nacimiento hasta los 18 años, un mínimo de 98.205 euros y un máximo de 301.274 euros. Cifras orientativas para hacernos una idea. La tasa de natalidad en España se sitúa en 1,3 hijos. ¿Podemos asumir ese gasto? 

Parece que de un hijo sí, pero dos ya es demasiado y no llega para pagar el cole concertado religioso al que le llevamos porque pilla muy cerca de casa.  Aunque la última vez que fuimos a misa fue en la boda de un primo lejano. 

La carestía de hijos los convierte automáticamente en un activo valioso. Una suerte de jarrón chino de la dinastía Ming. No sabemos dónde ponerlos para que no se rompan, para que no sufran, para que vivan en una felicidad continua sin interrupción. Aunque se metan en nuestras camas hasta la adolescencia porque tienen miedo de los ladrones. Son nuestros hijos. Lo más valioso que tenemos y les damos lo que podemos (y un poquito más). La mejor herencia es una buena educación, insistimos. No les dejaremos propiedades, pero sí el inglés fluido que nosotros nunca logramos.

No tenemos casa, pero nuestro hijo va a chino y a mindfulness

En las conversaciones con colegas o con otros padres en los parques infantiles no presumimos de  la casa que nos vamos a comprar porque no nos la vamos a comprar ni del coche que vamos a tener porque tampoco vamos a adquirirlo. Enseñamos el móvil repleto de aplicaciones de carsharing y comentamos el que mejor nos va. Pero sobre todo hablamos de ellos. Los hijos. De su crianza. De su educación. Discutimos cuál es el mejor cole del barrio o explicamos cómo los suegros o unos ahorros pagan la escuela privada Montessori o británica perfecta. Y criticamos. Criticamos todo el rato. Sin cortapisa. Sin desfallecer. La crianza y educación se convierten en un pim pam pum, arma arrojadiza ante la frustración y el cabreo de sentir que nos engañaron. Que cercenaron nuestros anhelos. 

No tenemos casa pero nuestro hijo va a chino y a mindfulness. No hay nada que pueda molar más. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos y sabemos hacerlo muy bien. Renovarse o morir. ¿Qué han hecho nuestros hijos para que descansen sobre sus hombros el peso y la responsabilidad de marcar nuestro nuevo estatus social? Nada. Lo mismo que nosotros. Solo espero que no los utilicemos para calmar nuestro enfado con una sociedad que ofrece cada vez menos oportunidades para desarrollar una vida con cierta estabilidad. Es nuestro presente. Del futuro de ellos, ni hablamos. 

 

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