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07/09/2021 08:50 CEST | Actualizado 07/09/2021 08:50 CEST

No debería haberse marchado y por eso debe volver

Estoy persuadido de que la república llegará en su momento y sin fórceps.

EFE
El rey emérito Juan Carlos I

El rey emérito no está exiliado ni desterrado, se ha marchado porque le ha dado la real gana. Un desplante a su país para mostrar su desagrado ante lo que considera una muestra de ingratitud de la democracia, de su familia y en particular de su hijo el rey Felipe VI. Un intento también de eludir el ojo público de la investigación, la crítica y el reproche a su altanera persona, precisamente en unos medios y en unas instituciones que hasta ese momento habían derrochado elogios a su labor pública y puesto sordina sobre sus oscuras actividades privadas, hasta el punto de llevarle a considerarse poco menos que impune.

Está claro que no lo ha conseguido. La sorpresa de su salida del país, el intento fallido de normalización con una carta pactada con el actual Jefe del Estado y su viaje a un destino desconocido, y finalmente a Abu Dhabi, no han hecho sino acrecentar el morbo. A pesar del extrañamiento, tampoco ha podido evitar el rosario de la aparición de cuentas, regalos, testaferros y reproches ni eludir el reconocimiento ‘in extremis’ del fraude fiscal, provocando con ello el escrutinio de la Agencia Tributaria sobre la regularización de importantes cantidades. Ahora, acaba de conocerse que es investigado por la fiscalía como comisionista, con rogatorias a Suiza, lo que representa un salto cualitativo en cuanto a los indicios de un delito continuado y, en su situación, le acerca peligrosamente a un proceso judicial.

Una investigación, ahora sí, abierta por posibles delitos continuados como comisionista que ha aprovechado y mancillado su cargo de Jefe del Estado. Parece entonces que podría haber causa, al menos por cohecho, tráfico de influencias, delito fiscal y blanqueo. Solo le salva (hasta este momento) una interpretación extensiva de la inviolabilidad constitucional como impunidad de todas y cada una de las acciones de su reinado, incluyendo junto a las más lógicas inherentes a su cargo, también las actividades más personales y privadas.

Ante este tsunami ya no vale de nada la dignidad ofendida ni mirar para otro lado, la única actitud honorable, si es que aún queda espacio para ella, es volver cuanto antes a España para dar la cara y ponerse a disposición de la justicia, precisamente porque todavía no hay acusación ni citación judicial. En definitiva, hay materia y no se trata de ninguna conspiración republicana. Es una vergüenza.

En la Casa Real y en el gobierno ya no basta con los cortafuegos para proteger al actual jefe del Estado ni para evitar el deterioro de la institución monárquica. Las medidas actuales de transparencia son en estas graves circunstancias a todas luces insuficientes. Es preciso regular de a vez el estatuto del Jefe del Estado y de la familia real, garantizando la transparencia, incluyendo el patrimonio, estableciendo incompatibilidades y acotando la inviolabilidad al estricto ejercicio de su cargo.

Ante todo este escándalo, la respuesta del principal partido de la oposición, aunque esperada, no ha podido ser más cínica al escudarse en la indudable contribución del rey Juan Carlos a la Transición de la dictadura a la democracia, para eludir los indicios que fundamentan las graves acusaciones de la fiscalía como comisionista. Por otra parte, la reiteración de la preocupación por parte del gobierno, como ya hiciera con las primeras informaciones sobre sus cuentas y luego sobre las millonarias regularizaciones fiscales, no se corresponde tampoco con la gravedad de las acusaciones y no transmite a los ciudadanos una hoja de ruta creíble para la regeneración institucional.

No entro en el debate sobre la mejor forma de Estado con la que yo coincido, porque es sobradamente conocida. Pero ante todo, porque con ello podría parecer que me guía solo la vis republicana, cuando se trata principalmente de la exigencia de dación de cuentas y de responsabilidades, propias de una democracia avanzada. Unos valores que comparto con muchos monárquicos que no están dispuestos a mirar hacia otro lado por aquello de la razón de Estado y en aras de una malentendida estabilidad. Estoy persuadido de que la república llegará en su momento y sin fórceps.

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