No tan titánica

Sobre el cine francés, 'Titane' y Julia Ducournau.
Una imagen de 'Titane'.
Frakas Productions
Una imagen de 'Titane'.

Me armo de valor y voy al cine a ver a Titane (Francia, 2021) de la directora francesa Julia Ducournau, que también ha escrito el guión. Voy sola: no me atrevo a decirle a ninguna sospechosa habitual que me acompañe; ya se tragan suficientes birrias y pelis inacabables por mi culpa, aunque también de vez en cuando vemos algunas muy buenas, inesperadamente iluminadoras, con magníficas protagonistas o llenas de un sentido del humor sutil o exquisito.

Titane, galardonada con la Palma de Oro en Cannes, viene precedida de la fama de insólita, de rompedora, de innovadora. Vayamos a pasos.

El filme arranca con la protagonista pequeña y ya muy conflictiva; las causas, nunca se explican. A raíz de un accidente de coche sale del hospital con una placa de titanio en la cabeza y, como casi siempre la forma condiciona el contenido, también sale medio enamorada de la chapa, de los coches, lo certifica un sensual beso.

Gran elipsis y la reencontramos ya mayor, bueno, quiero decir, joven adulta, en casa de su (casi inexistente y totalmente prescindida en la peli) madre y de su padre, que tiene un poco más de papel.

Se gana la vida bailando, tan lascivamente como puede, con coches en una discoteca-garaje absolutamente sórdida, grasienta y con olor a gasolina llena de un público, me pareció, exclusivamente masculino que sólo va a mirar. A partir de ahí se encadenan una serie de escenas espectacularmente violentas y quizá pour épater, cuyos puntos álgidos no presencié porque cerré firmemente los ojos. La más cruenta y desagradable de las cuales la pone caliente como una mona, hasta el punto de que vuelve a la discoteca, en ese momento ya desierta, y folla con un opulento, potente y bien parecido Cadillac sin tomar ninguna medida anticonceptiva.

No piensen que soy una aguafiestas; no, no les he chafado la peli; esto sólo es su preámbulo. A partir de ahí, Titane entrecruza varias cuestiones. La identidad líquida de la protagonista; la violencia en las relaciones; un pac compuesto de masculinidad y paternidad.

Parto de la base de que cuando hablamos de arte la autora o el autor, en este caso la directora, puede hablar de lo que le plazca y cómo le plazca, y que una servidora, cinéfila empedernida y grafómana impenitente, puede opinar libremente. Para empezar, la peli es abrumadoramente masculina. Salvo alguna pincelada de violenta relación con una mujer, se la juega sólo con hombres.

Ducournau en alguna entrevista ha manifestado que le interesa un tipo de mujer que no se prodiga demasiado en el cine, la mujer, la chica villana, malota, de una sexualidad desbocada. Muy bien, pero la de Titane le ha salido estereotipada, de manual; una asesina en serie, despiadada, amoral, implacable y perversa como tantas hay en el cine. Si incluso suele matar de una manera convencionalmente femenina que seguro que recordará al público alguna asesina del cine ibérico. En este sentido, la reina va desnuda o con unos harapos que no acaban de convencer.

La masculinidad la encarna un prototípico bombero, obsesionado con los músculos, la barba, los esteroides y la heroicidad, e inmerso en un mundo homosocialmente masculino en el que la protagonista se mueve de forma ambigua, mientras va mostrando las fases por las que va pasando su cuerpo. El filme a duras penas pasaría el texto de Bechdel-Wallace, si es que lo pasa.

Hay una brevísima pero fulgurante y llena de interés aparición de una mujer, a la que no se puede engañar, que es clave en algún aspecto. La música es perfectamente adecuada a lo que explica y lo que se ve, y quizás la puesta en escena, sucia, oscura y turbia, merece el beneficio de la duda.