'No te preocupes, querida': Betty Friedan en el siglo XXI

Olivia Wilde vuelve a insistir en cómo el mundo, hecho a imagen y semejanza nuestra, ha tratado y trata a las mujeres.
Poster de 'No te preocupes, querida'.
WARNER BROS
Poster de 'No te preocupes, querida'.
Olivia Wilde me sorprendió con su primer largometraje como directora. Sus Super empollonas, que pasó muy desapercibida en el momento de su estreno, era una divertida y fresca vuelta de tuerca a las tradicionales películas norteamericanas de “instituto” en la que el protagonismo siempre estuvo en los chicos, en sus intereses y en su liderazgo. Y en las que las chicas no eran más que objetos al servicio de las necesidades, especialmente sexuales, de los machos destinados a salvar el mundo.
Wilde, por el contrario, situó el foco en dos adolescentes que, en vísperas de su graduación, se plantean si realmente han perdido el tiempo dedicándole tantas horas al estudio y tan pocas a divertirse. En este caso, y como escribí tras verla, “las Súper empollonas llevan las riendas de la acción, son las heroínas imperfectas de la trama y actúan en función de sus deseos, intereses y aspiraciones. Y hasta las vemos dueñas y señoras de su sexualidad, sin que ésta, como es lo más habitual en el cine comercial, esté en función de los deseos masculinos. A su lado, los chicos que aparecen en un segundo plano parecen niños que se resisten a crecer por más que se crean los dueños de los púlpitos. Ellas, son el futuro, vienen pisando fuerte. Ya era hora, por cierto”.
En su segundo largometraje como directora, que carece de la frescura del primero y que tras una brillante primera parte desemboca en un final excesivo y con demasiada carga de fuegos de artificio, Wilde vuelve a insistir en cómo el mundo, hecho a imagen y semejanza nuestra, ha tratado y trata a las mujeres. A través de una suerte de distopía, que podría ser una prima hermana colorista de El cuento de la criada, aunque no por ello menos amarga, la directora nos dibuja con estética de los 50 los moldes y patrones sobre los que el patriarcado construye el “contrato sexual”. Esa idílica comunidad de Barbies y Kens, en la que, como es debido, los hombres salen todas las mañanas a trabajar en un proyecto del que apenas nada se sabe, y las esposas quedan en los hogares entregadas a su papel de siervas domésticas, trabajadoras sin reconocimiento social y económico, y por supuesto fieles cumplidoras de la ley del agrado, es un retrato perfecto de cómo durante siglos hemos repartido funciones, roles y responsabilidades en función del género. Y de cómo ese reparto ha supuesto una negación de la autonomía de las mujeres, un estado pues de subordinación, que es del que la protagonista, Alice - una radiante Florence Pugh que se come con poderío al soso de Harry Styles (Jack) - empieza a tomar conciencia y frente al que, con muchos esfuerzos, trata de rebelarse. Un estado de subordinación construido sobre el silencio de ellas y sobre la palabra de ellos que constituyen una fratría en la que, mediante pactos que no vemos, hacen y deshacen. Con un ánimo casi religioso de salvación final. La estrecha conexión del patriarcado con los fascismos que niegan derechos nos pone la piel de gallina en este siglo XXI donde la suma de locos que gobiernan y extrema derecha rampante no augura nada bueno.

Todo ello mientras que ellas deben sentirse felices en un mundo cerrado a lo “show de Truman”, del que no pueden salir y en el que se supone, según la palabra masculina, que disfrutan de la mayor felicidad posible. Ese supuesto paraíso, lógicamente, solo puede sostenerse sobre las violencias que no se ven aparentemente pero que soterradamente mantienen la superioridad de esos señores que, cuando vuelven a sus casas, encuentran a una Barbie que ha limpiado, cocinado, callado y, además, está siempre dispuesta a satisfacer sus necesidades sexuales. El matrimonio, ya saben, como un espacio muy próximo a la prostitución. Como apropiación, que diría Carole Pateman, de los trabajos, las capacidades y, por supuesto, el cuerpo de las mujeres. Las raptadas, las bellas durmientes, las histéricas. Todas ellas son las mujeres del proyecto Victoria, en el que es evidente quienes son realmente los vencedores y quienes las vencidas. “No te preocupes, querida”, yo te salvaré: Jack como el príncipe que mantiene a la princesa en un sueño que a él le permite creerse un dios.

“Me ha faltado en el relato ese punto de sororidad que habría introducido un revulsivo en esa comunidad de silencios y sumisiones”

La fábula se le va de las manos a Olivia Wilde, que se reserva el papel de mejor amiga de Alice, y desemboca en un caótico final que seguramente despistará a más de un espectador. Lo más interesante de la película es el proceso mediante el que vemos cómo la protagonista va, de alguna manera, reconociendo eso que Betty Friedan denominó “el mal que no tiene nombre”. Como su memoria y su presente se van entrelazando, aunque solo sea a fogonazos, para revelar que esa felicidad construida no es su felicidad. Tal vez, y a diferencia de lo que ocurría en Super empollonas, me ha faltado en el relato ese punto de sororidad que habría introducido un revulsivo en esa comunidad de silencios y sumisiones - o sea, el patriarcado - y que solo débilmente atisbamos en ese final en el que no queda muy claro si habrá alguna más que siga los pasos de Alice. El círculo eterno de danzarinas y nadadoras cuyos hilos mueven otros y que necesita que, en un determinado momento, haya una mujer, o varias, como nos ha demostrado la historia del feminismo, que se salgan de la disciplina. Que dejen de ser como una burbuja dorada en un anuncio de champán y recuperen las riendas de sus vidas.

En fin, No te preocupes, querida es una de esas películas, me temo, que aburrirá a una gran mayoría de hombres y que a muchas mujeres, les guste más o menos, les hará verse como en un espejo. Un irregular relato que habría necesitado algo de tijera en el guion y que no solo nos habla del pasado sino que nos advierte de lo que corre el riesgo de resucitar. Eso que tantos hombres, aburridos ante la pantalla, no se atreven a cuestionar. Al contrario, eso que algunos, bastantes, están dispuestos a reproducir y alabar: lo que es utopía para unos y que es distopía para las demás.

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