'Nomadland', o la libertad como prisión

Solamente cuando nuestra supervivencia está asegurada, podemos ocuparnos de lo demás. Esto nos distingue como seres humanos.
Una escena de 'Nomadland'.
Una escena de 'Nomadland'.
Walt Disney Pictures

Reconozco que salí enfadado de Nomadland, la película que está causando furor en estos momentos en las pantallas y que ha sido galardonada como mejor película y también a la mejor dirección en la última edición de los Globos de Oro, además de haber sido nominada ni más ni menos que con 6 Oscar, entre ellos también a la mejor película y a la mejor dirección. Supongo que la mayor parte de mi enfado era injustificado, porque de hecho la película genera una reflexión sobre la idea de libertad que, aunque solamente fuera por eso, debería bastar para agradecer a su directora el haberse embarcado en este proyecto. Pero otra parte de mi enfado no es, creo yo, injustificada, y es precisamente esta parte, la parte justificada de mi enfado, la que ha motivado la escritura de este texto. Vayamos, como siempre, por partes.

Nomadland arranca bien. Tras la crisis de 2008, muchos ciudadanos americanos han perdido sus hogares y han tenido que buscarse la vida de la manera que han podido. Todavía queda en la retina de todos nosotros la imagen de la Tent City, la ciudad de las tiendas de campaña, en Sacramento, California, un asentamiento de cientos de personas que tras haber sido golpeados con fuerza por la crisis no tienen más remedio que vivir de esa manera. En Nomadland nuestros protagonistas no viven en tiendas de campaña, sino en RVs (vehículos recreativos, por sus siglas en inglés), lo que nosotros llamamos caravanas, roulotte en los que, literalmente, te llevas la casa a cuestas, puesto que en ellos puedes dormir, cocinar, ir al baño y hasta ducharte en sus versiones más sofisticadas.

Por tanto, la película parece una reflexión sobre las devastadoras consecuencias de la crisis económica de 2008 y si hubiera proseguido por esa línea, la película habría tenido un indudable interés, porque nunca hay que olvidar a los perdedores del sistema. De hecho, parece sorprendente que el heredero contemporáneo de Victor Hugo sea un economista, Thomas Picketty, antes que un novelista: sí, efectivamente, nadie publicaría hoy en día Los Miserables.

Sin embargo, la cinta no se limita a hablar de aquellos que lo han perdido todo a raíz de la crisis, sino que, a través de su protagonista, Fern, una mujer de mediana edad que también lo ha perdido todo, la película da un giro en un momento determinado y se convierte en una especie de canto a la libertad. Fern “elige” ese modo de vida, vivir en una caravana; Fern “decide” no vivir con su hermana en un techo de madera y ladrillo; Fern “opta” por estar constantemente pegada al volante; y cuando parece que acaba comulgando con ruedas de molino, al aceptar pasar unos días en casa de la familia de su amigo Dave, Fern “decide” volver a la furgoneta para entonar de nuevo el consabido “see you down the road” del que constantemente se hace gala la película. Y Fern hace todo eso porque se siente libre y puede hacerlo.

Bien, habrán adivinado cual es la parte de la película que me produce un punto de irritación. Y me irrita todavía más si cabe cuando estamos en un momento en el que, por razones políticas, bien conocidas por todos, estamos hablando tanto de la idea de libertad. En este sentido, a nadie le sorprenderá que recuerde que la idea de libertad es un concepto realmente muy complejo. Tampoco recordaré que yo no soy libre para hacer lo que me da la gana, porque mi libertad termina donde empieza la de los demás. No recordaré, tampoco, que la libertad choca, es antitética en muchos casos, con otro concepto, valor, principio o como lo quieran llamar ustedes, que es el de la igualdad y que merece tanta protección al menos como el de libertad.

Todo esto son truismos, lugares comunes, con los que no necesito aburrirles aquí, aunque no estaría de más que alguno que otro se los repasara detenidamente en sus ratos libres. Lo que voy a avanzar aquí es una tesis que defiende que la libertad tiene que ser, para ser libertad, humana. Si no es humana, es decir, si es antihumana, no es libertad, sino que es una prisión. Y si es antihumana, los poderes públicos estarían legitimados para limitarla.

En la película se ve claramente cómo Fern tiene frío mientras duerme en su camioneta; además, los caldos que es capaz de prepararse, en su minicocina de menos de un metro cuadrado, son infectos, aunque el espectador lógicamente ni los pueda saborear ni los pueda oler. A Fern le duelen los huesos cuando se levanta por las mañanas, porque el camastro en el que duerme es mínimo, prácticamente no cabe una persona. Fern defeca a menos de 10 centímetros de donde come y duerme, eso tampoco lo podemos oler, los espectadores. Fern tiene que pasar largas horas conduciendo para moverse de un lugar a otro y poder aparcar su caravana, cosa que, además, no siempre es fácil —no en todos los sitios se permite aparcar un RV—, por lo que tiene una cara de cansancio que produce una tristeza insondable en el espectador. Fern no tiene un duro, ni siquiera para poder arreglar su camioneta, con lo que tiene que depender de la buena voluntad de su hermana para poder arreglarla, con todo lo que ello implica de limitación, paradójicamente, de su propia libertad. Su vida es miserable; y aún así, la elige, en un ejercicio de libertad.

¿Podemos elegir ser libres y atentar de esa manera contra nosotros mismos? Apliquemos el velo de la ignorancia e imaginemos una estructura en la que yo podría elegir entre ser libre y vivir en la inmundicia y ser menos libre y vivir de una manera más honorable. ¿Qué haría? Es evidente que sacrificaría mi libertad a cambio de algo de bienestar. Pero mi punto no es que lo haríamos porque somos seres racionales, y al tener un velo de la ignorancia sobre nosotros, no sabemos cual va a ser nuestra situación después de haber ocupado la posición original, sino que lo haríamos simple y llanamente porque somos humanos.

Veámoslo desde otra óptica. Imaginemos que, en lugar de ser nosotros los que tenemos que tomar una decisión en relación con nosotros mismos, lo tenemos que hacer en relación con un ser querido, nuestro hijo. ¿Alguien “le elegiría” libertad plena a cambio de sacrificar su bienestar? No, no lo haríamos, pero no lo haríamos por humanidad, porque hay algo que nos distingue como seres humanos y es la existencia de un sentimiento de supervivencia básico e implícito en todas nuestras acciones, que hace que tomemos decisiones que van en la dirección de la mayor capacidad de supervivencia, teniendo en cuenta otros factores en juego y no en la dirección de la minoración de nuestra capacidad de sobrevivir. Dicho de otro modo: antes que la libertad, antes que la igualdad, está nuestra propia supervivencia. Solamente cuando eso está asegurado, podemos realmente ocuparnos de lo demás. Y ello es lo que nos distingue, además, como seres humanos. Digamos que es una condición estructural de nuestra humanidad. Si atentáramos contra ella, empezaríamos a dejar de ser humanos.

“Antes que la libertad, antes que la igualdad, está nuestra propia supervivencia”

La película está rodada magníficamente. Todos los actores son tremendamente creíbles e incluso hay algunos que son personas reales, no personajes de ficción, como la tal Swankie o el propio Bob Wells. Recomiendo, sin embargo, a todos los lectores de este artículo que se miren el canal de Youtube de Wells, un conocido nómada en la carretera: “soy el hombre más feliz del mundo, porque soy completamente libre”. Esto lo dice mientras se vuelve a meter en su camioneta para darle a la carretera de nuevo, en un eterno retorno que nunca tiene fin.

A pesar de la fotografía, que es excelente, de los paisajes, que cortan el aliento, y de las puestas de sol, que son sin parangón, Nomadland me parece una película con un punto de inmoralidad: se ríe de los que no han tenido más remedio que vivir de esta manera tras la crisis económica. Y sobre todo, habla de una idea de libertad que, en realidad, solamente sirve para encerrar a las personas en una prisión que, por muy invisible que sea, no es menos real. Recordémoslo una vez más: el límite a cualquier principio está en nuestra propia humanidad. No vale la pena perderla por nada del mundo.