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04/10/2018 07:09 CEST | Actualizado 04/10/2018 07:09 CEST

Nos quieren muertas

GTRES
Manifestación del 8 de marzo de 2018 en Madrid.

Hay una idea que me han copiado y no me gusta que la reproduzcan sin citar la fuente. Concierne a la ola de asesinatos de mujeres que recorre la columna vertebral de nuestras sociedades. Y me centro en las nuestras primero y las de Persia después.

En nuestro Estado matar a una mujer sale barato. En alegres coros grupales o a solas los más perversos asesinos, abusadores, pederastas y violadores disponen de una justicia a la carta. Los jueces varones y alguna jueza sin conciencia de género mandan a la calle o a prisión provisional, para luego otorgar jugosos permisos de salida, a estas mesnadas de pendencieros.

Matar mujeres, dejarlas morir de hambre, como a las esposas no obedientes en el islamismo fanático, echarles ácido, quemarlas vivas, lapidarlas y demás obscenos rituales patriarcales, se ha convertido en una práctica planetaria que incluso goza de aceptación social, dependiendo de las zonas y las influencias religiosas o las veleidades de la judicatura.

Desde que muchas mujeres en el mundo comenzamos a denunciar y salir pidiendo justicia y amparo este aniquilamiento ha saltado a los medios, que no todos las tratan por igual. Algunos presentan la noticia como tomando parte por los asesinos. Padres y esposos ejemplares, de buena o humilde familia, nunca su vecindario había notado nada... unos santos varones que, enloquecidos por celos, alcohol o drogas, mataron así, sin más. Y se quedan tan anchos.

Anteriormente el patriarcado las escondía porque, en su perpetua mutación, quería dar a entender que era algo normal. Igual de habitual como un mal necesario e inevitable. Enfermos sociales como mucho.

La epidemia es imparable y no tiene visos de curación. La semana pasada en nuestro Estado hubo un sangriento repunte con 5 mujeres muertas en 48 horas. Sin olvidar a las criaturas huérfanas que dejan.

Gracias a la fuerza del feminismo y sus constantes denuncias, la opinión pública demuestra la repugnancia y el impacto de estos hechos en toda la ciudadanía. Aunque haya muchos, demasiados varones que te vengan con el cuento de que sienten repudio "porque tengo hijas y nietas".

La cuestión es que la epidemia es imparable y no tiene visos de curación. La semana pasada en nuestro Estado hubo un sangriento repunte con 5 mujeres muertas en 48 horas. Sin olvidar a las criaturas huérfanas que dejan. Y el Gobierno, tan atareado con las dimisiones y la guerra de los másters, mantuvo un llamativo silencio. Ya nadie apeló a otra difunta, la Ley de Violencia de Género que los partidos de extrema derecha se niegan a firmar.

Justamente cuando estos óbitos se produjeron aquí, la marea informativa nos arrastró hasta Persia, ya en que La República Islámica de Irán, un eufemismo religioso inventado por los fanáticos ayatolás, fueron ejecutadas en plena calle dos mujeres representantes y significadas con las nuevas realidades de esta macro sociedad. Ambas eran mediáticas, activistas y arrastraban a cantidad de personas seguidoras que las imitaban en todo. Un compendio que irrita a la maléfica policía moral que vela por las costumbres puras de las mujeres en ese país cuyas juventudes constituyen una masa enorme que intenta sobrevivir a ese régimen tan restrictivo. Un ejemplo nimio desde nuestra perspectiva, pero importantísimo para las mujeres persas, es su pugilato con el Gobierno-santón para que les permitan entrar en los estadios futboleros.

¿Qué sucedería tanto en Persia como en el Estado Español si en lugar de estas mujeres se hubieran cargado a idéntico número de futbolistas o políticos?

Y aquí llega mi primera frase que hila ambas masacres.

¿Qué sucedería tanto en Persia como en el Estado Español si en lugar de estas mujeres se hubieran cargado a idéntico número de futbolistas o políticos?

Plañiderismo callejero a rebosar, banderas a media asta, funerales de Estado, manifestaciones en la calle, honores variados y semanas de lutos nacionales.

Ajustician en Persia y aquí a mujeres constantemente, y el fútbol y la vida siguen igual.

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