Nosotros, los contingentes

Tuvimos, tenemos y tendremos la suerte de ser contemporáneos de un genio, el más lúcido de los surrealistas y el más surrealista de los lúcidos.
José Luis Cuerda, en una imagen de archivo.
NurPhoto via Getty Images
José Luis Cuerda, en una imagen de archivo.

Frisaban las tres de la mañana y hacía un frío atroz. En el garaje del Marriott Auditorium de Barajas el trajín de actores, directores y prensa era frenético. Alguien cambiaba la batería de su cámara, otro cogía el cargador del móvil. La fiesta de los Goya se interrumpía súbitamente y se trasladaba al aparcamiento, mientras nos dirigíamos a nuestro coche. Es lo que sucede después de llevar medio día cubriendo la noche del cine español.

Pero aquel febrero de 2016 fue especial. Atrás quedaban Ken Loach, Juliette Binoche o Penélope Cruz; el garaje, con su oscuridad y con su frío, nos democratizaba a todos. Con los tacones en una mano y las llaves del coche en otra, vislumbré mi coche en la lejanía. Mientras iba de tal guisa, no tanto avergonzada cuanto somnolienta, lo vi a él, perdido como todos en aquella metrópolis subterránea. Con una crónica en la cabeza y mil ideas en mi mente, todo se despejó cuando José Luis Cuerda me miró. O, mejor dicho, cuando me auscultó. De arriba abajo, de un brazo a otro, quizá porque los tacones en la mano me convertían en un personaje bizarro digno de sus películas. “¡Muy buenas noches!”, me dijo, a lo que yo añadí convencida: “Maestro, sé que no es la mejor situación para decírselo, pero lo admiro profundamente. Muchas gracias por su cine”. Él me volvió a mirar, seguramente no había dejado de hacerlo, aunque no lo recuerdo; enseguida me respondió: “Muchas gracias, pero ¡qué frío hace! ¡Voy al coche a por el abrigo!”. Asentí con una sonrisa y él se disipó entre la marisma de columnas numeradas.

Aquella conversación fue como las comedias de Cuerda, surrealista, atropellada y onírica. No había en ella inicio ni tampoco final, sino un continuum entre un cine que nacía, el actual premiado en el del piso de arriba; y el cine de siempre, el nuestro, el de toda nuestra vida. En medio, estábamos nosotros, en aquel preciso instante.

“Tuvimos, tenemos y tendremos la suerte de ser contemporáneos de un genio, el más lúcido de los surrealistas y el más surrealista de los lúcidos.”

Por los ojos de Cuerda, por sus manos y por su mente desfilaron películas como Amanece, que no es poco (1988) o La marrana (1992), dos piezas clave de nuestra comedia patria, tan personal como perspicaz y crítica, todo a su manera. Suya también será El bosque animado (1987), una hermosísima adaptación de la obra de Wenceslao Fernández Flórez, uno de esos autores fundamentales que solo directores de la talla de Edgar Neville, Fernando Fernán Gómez o Rafael Gil se han atrevido a adaptar.

Pero Cuerda no solo era (qué odioso hablar en pretérito de alguien que será siempre en futuro) un maestro de la comedia, sino que conmovió igualmente con el drama que él dominaba a la perfección. Suya es La lengua de las mariposas (1999), la magistral adaptación de ¿Qué me quieres, amor? de Manuel Rivas, valedora del Goya al Mejor guion adaptado para Rivas, Rafael Azcona y el propio José Luis Cuerda.

Y suya también es Los girasoles ciegos (2008), aquella pieza magistral en la que Cuerda demostró su talento para la dirección de actores, y que sin duda sacó lo mejor de Maribel Verdú, Javier Cámara y Raúl Arévalo.

Solo José Luis Cuerda firmaría una película como La educación de las hadas (2006), uniendo a Ricardo Darín con Bebe en una cinta tan inesperada como deliciosa.

En los últimos años, Cuerda nos regaló Tiempo después, un vodevil espléndido protagonizado por una docena de intérpretes de primer nivel, todos ellos recluidos en un edificio convertido en epítome de un futuro distópico más cercano de lo que pensamos.

“Cuerda solo no era (qué odioso hablar en pretérito de alguien que será siempre en futuro) un maestro de la comedia, sino que conmovió igualmente con el drama.”

Justo cuando estrenó la película, en 2018, volví a ver a José Luis Cuerda caminando por la calle Goya de Madrid. Lo observé, me observó; hice el ademán de saludarlo, pero su estado físico, y seguramente anímico, no vibraban en la misma dirección. Me miró como miran quienes no quieren que perturben su tranquilidad y me pareció de lo más lícito dejarlo, quién era yo para interrumpir aquel silencio. Lo dejé pasar sin hacer una reverencia, aunque sin duda se la merecía, y además unas cuantas.

Porque sí, tuvimos, tenemos y tendremos la suerte de ser contemporáneos de un genio, el más lúcido de los surrealistas y el más surrealista de los lúcidos.

Lo echaré de menos, como se añora a quien se sabe que ha entregado todo y no ha pedido nada a cambio. O tal vez sí, un saludo, un agradecimiento de apenas unos instantes, con los tacones en la mano en una noche gélida de febrero.

Y mientras tanto para nosotros, los contingentes, hoy amanece; y eso, para el maestro, nunca ha sido poco.