Nostalgia laboral

Serenos, repartidores de leche, vendedores ambulantes de periódicos, ascensoristas, “despertadores humanos”… Son profesiones que han sido relegadas al rincón del olvido.
Un lechero reparte por las casas.
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Un lechero reparte por las casas.

¿Qué tienen en común el repartidor de leche, el vendedor de periódicos, el operador telefónico o el revisor de tranvía? Todos ellos forman parte de una pléyade de profesiones desaparecidos a día de hoy. Se estima que en el último siglo han sido sepultados de nuestras sociedades el 1% de los trabajos.

Si echamos la mirada atrás, en esa nómina encontraríamos oficios tan curiosos como el de recolector de sanguijuelas, del que posiblemente muchos no tuvieran constancia de su existencia. Y es que a mediados del siglo XIX había profesionales que se ganaban la vida haciendo acopio de estos gusanos para luego venderlos a médicos y boticarios.

Desde ascensoristas hasta serenos

Seguramente algún lector recordará vagamente, quizás influido por el séptimo arte, la figura del ascensorista. Un oficio que consistía, simple y llanamente, en cerrar las puertas y pulsar el botón al que se deseaba ir. Sin duda alguna, una profesión con tintes nostálgicos y cargada de cierto aire de romanticismo.

Hubo un tiempo en el que también era habitual ver a niños vendiendo periódicos por las calles, a pianistas que ambientaban con su música las películas en salas de cine atestadas y mal ventiladas, o una persona —el sereno— que se encargaba de recordarnos que había que dormir, mientras vigilaba las calles y regulaba el alumbrado de público de nuestras ciudades.

En el otro extremo estaban los conocidos como “despertadores humanos” —Knocker-up, si utilizamos la terminología anglosajona—. Fue un oficio que adquirió cierta notoriedad en Reino Unido con el nacimiento de la industrialización, el trabajo por turnos y la necesidad de cumplir con los horarios laborales.

A golpe de guisante

En “las islas” surgió una figura —habitualmente femenina— que recorría las calles despertando a sus clientes con una puntualidad exquisita. Podríamos pensar a priori que lo haría a toque de corneta, similar a la alborada castrense, pero esto habría causado mucho malestar entre la vecindad puesto que despertaría a todos los habitantes. Por ese motivo los knocker-up lo hacían de una forma más discreta, lanzando piedrecitas, cacahuetes o guisantes secos contra las ventanas de las casas de sus clientes, y lo desempeñaban con la ayuda de varas o cañas de bambú.

Pertrechados con estos adminículos desempeñaban su trabajo los knocker-up, con una remuneración bastante asequible para la época: cobraban seis peniques a la semana. Por supuesto que existían tarifas especiales, con un coste más elevado, las reservadas para clientes que debían ser despertados antes de la cuatro de la mañana.

De todos los “despertadores humanos” el más popular fue, sin duda, María Smith, la cual despertaba, tal y como recogen las crónicas, a golpe de cerbatana desde a pescaderos hasta al alcalde de Londres. Tiempo después su hija, también llamada Mary, la sustituyó en este oficio tan necesario en aquellos momentos como curioso.

También había policías que ejercían esta profesión mientras llevaban a cabo sus rondas nocturnas, era una forma cómoda de redondear su exiguo sueldo. Es más, el primer policía que fue avisado cuando se descubrió la primera víctima de Jack el destripador se encontraba haciendo las veces de “despertador humano”.

Pero todo tiene su fin. Con la llegada de la mecanización y la generalización de los despertadores automáticos esta profesión, entre otras muchas, fue abocada al rincón de la añoranza.

La verdad, todo hay que decirlo, el reloj despertador no es hijo del progreso, disfruta de una senectud envidiable, ya que fue inventado por los griegos 200 años antes de Cristo, si bien la versión que conocemos fue desarrollada por un relojero de New Hampshire (Levi Hutchins) en 1787. Lo que sí es cierto es que su democratización acabó con el toque distintivo de aquellos “despertadores humanos”.

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