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26/07/2020 12:14 CEST | Actualizado 26/07/2020 12:14 CEST

Noticias falsas, ¿un invento en tiempos de la COVID-19?

Siempre han existido, no son fruto de la pandemia, lo único que ha cambiado ha sido la forma de difundirlas.

Universal History Archive via Getty Images
Soldados alemanes y un burro equipados con máscaras contra el gas, en 1915, durante la Primera Guerra Mundial. 

Durante la pandemia han circulado noticias, mensajes, audios o vídeos con noticias falsas, las conocidas fake news, en donde se ha llegado a afirmar de todo, desde que el virus no existía realmente hasta la existencia de medicamentos milagrosos que lo mataban casi con mirarlo.

La verdad es que este tipo de noticias siempre han existido, no son fruto de la pandemia, lo único que ha cambiado ha sido la forma de difundirlas. Posiblemente, la primera noticia falsa se remonta ni más ni menos que al libro del Génesis, cuando la serpiente engaña a Eva aunando verdades con mentiras y sembrando una duda, aparentemente, razonable. 

Una rápida reflexión nos lleva a distinguir la propaganda, con la cual se trata de convencer, de las argucias difamatorias, que intentan influir deliberadamente en la percepción y opinión a través de la mentira. Ya lo decía el historiador francés Paul Veyne: “los hombres no encuentran la verdad, la construyen, tal y como lo hacen con la historia”.

Sigamos con la Biblia. En otro pasaje tenemos el segundo de los grandes bulos: los hijos de Jacob simulan, delante de familiares y amigos, haber perdido a su hermano José, cuando en realidad lo habían vendido como esclavo.

Ya en época romana, el megáfono más potente para propagar bulos a los cuatro vientos eran las contiones –las asambleas republicanas–. El propio Cicerón recurrió a las falsas noticias en su propio beneficio al acusar al senador Catilina en varios discursos ante el Senado –las célebres Catilinarias– de conspirar contra la República y querer hacerse con el poder. Fue tal su capacidad de persuasión que, sin aportar prueba alguna en su contra, consiguió que lo ejecutaran.

La prensa norteamericana acusaría de forma intencionada y ponzoñosa a la marina española del hundimiento del Maine, el acorazado se hundió a consecuencia de una explosión interna.

Ya en época imperial, Octavio Augusto se despachó alegremente contra Marco Antonio, inculpándolo de ser un “lacayo de Cleopatra y estar absorbido por el lujo oriental”. Un contemporáneo de ambos, el escritor Virgilio, describe en el capítulo IV de la Eneida que el rumor es “la más veloz de todas las plagas, la que llena de espanto las grandes ciudades”. ¿Se puede ser más claro?

El emperador Nerón tampoco se quedó atrás en las fake news y acusó a los cristianos de haber incendiado Roma –64 d. de C.– tal y como cuenta Tácito en sus Anales. Tiempo después, ya en el siglo III, Tertuliano lanzó los dardos envenenados nuevamente contra los correligionarios de Cristo: “que en la nocturna congregación sacrificamos y nos comemos un niño, que en la sangre del niño degollado mojamos el pan…”.

Como en la época romana no todo el mundo conocía el latín, la mejor forma de divulgar el ascenso al trono de un nuevo emperador era acuñar monedas con su efigie. Cuando Septimio Severo sucedió a Cómodo, para legitimar su poder, extendió el bulo de que era un hermano perdido y en las primeras monedas que acuñó, ordenó que le retrataran con rasgos muy parecidos al supuesto padre de ambos, Marco Aurelio. 

Un invento decisivo para la difusión de las noticias falsas fue, sin duda, la aparición de la imprenta. Con ella se pudieron distribuir libros, octavillas, folletos y panfletos cargados de ideas difamatorias. Como por ejemplo, el famoso Alborayque, un libro en el que se imputaba a los judíos todo tipo de fechorías, entre ellas el incendio de Valencia de 1147.

Ya más próximos a nosotros, en la época de la Revolución francesa, se dijo que María Antonieta había afirmado frases tan atroces como: “mi único deseo es ver París bañado de sangre”. Aserciones, que a pesar de su falsedad, lo único que hicieron fue allanar su camino hacia la guillotina.

Virgilio, describe en el capítulo IV de la Eneida que el rumor es “la más veloz de todas las plagas, la que llena de espanto las grandes ciudades”.

Las fake news también se han dado al otro lado del Atlántico. En 1800, durante las cuartas elecciones presidenciales estadounidenses, Jefferson acusó a su oponente –John Adams– de querer instaurar una monarquía y pretender casar a su hijo con una princesa inglesa. A pesar del tremendo disparate, Jefferson consiguió su objetivo, influir en el electorado y domiciliarse en la Casa Blanca. 

Tiempo después la prensa norteamericana acusaría de forma intencionada y ponzoñosa a la marina española del hundimiento del Maine, cuando lo que realmente sucedió es que el acorazado se hundió a consecuencia de una explosión interna. Esta falsa noticia provocó, a la postre, la independencia de Cuba.

La Primera Guerra Mundial tampoco fue una excepción a este tipo de noticias, al principio de la contienda la prensa francesa no se cansó en afirmar que las armas alemanas eran inofensivas, que sus tiros estaban mal ajustados y que las balas teutonas atravesaban la carne sin desagarrar los tejidos.

Hay un vocablo ruso que se ajusta perfectamente al concepto de las fake news: “desinformatsia”, literalmente desinformación. Este término se repitió hasta la saciedad durante los años veinte del siglo pasado para referirse a las campañas de difamación que llegaban de los países del entorno capitalista.

En definitiva, que al coronavirus se le puede acusar de muchas cosas pero no de haber creado las fake news, eso… sería otro bulo.