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16/04/2019 15:07 CEST | Actualizado 16/04/2019 15:19 CEST

Notre Dame, la compañera, el universo en llamas

STEPHANE DE SAKUTIN via Getty Images

A la orilla del Sena, en el corazón de París, devorada por un incendio caía la noche del 15 de abril la aguja principal, la guía que nos conducía a Notre Dame, mientras unas y otros alrededor de Quasimodo amagábamos lágrimas de dolor desde todos los rincones del mundo. Una noche gélida alumbrada por unas terribles llamas que dejaban en cenizas 900 años de historia y patrimonio.

Tímido, retraído, deforme y odiado por el Pueblo de París, Quasimodo vagabundeaba por sus calles hasta que Victor Hugo, en 1831, en su novela Nuestra Señora de París le dio cobijo en la misma. Allí el solitario niño en el tañer de las campanas de la catedral encontró su hogar y entendió que la fuerza, la valentía y la nobleza eran cualidades que superaban a los defectos físicos. Los sollozos del desvalido anoche eran estruendosos al sentir que perdía su nidal.

Desde su construcción se convirtió en uno de los edificios más señeros de la arquitectura gótica

Para el culto católico Notre Dame comenzó a edificarse en 1163 estando prácticamente completada cien años después, pese a que posteriormente sufrió varias remodelaciones. Desde su construcción, por sus dimensiones,  bóveda de crucería, arbotantes, coloridos rosetones y magníficas esculturas, se convirtió en uno de los edificios más señeros de la arquitectura gótica que junto a sus hermanas menores Chartres, Reims, Amiens, Rouen y Laon configuran las joyas del radiante arte francés.

La Revolución Francesa, en la década de 1790, la saqueó y fue víctima de profanación, no obstante Eugène Viollet-le- Duc encabezó un proyecto de restauración que se inició en 1845 y se prolongó durante más de un cuarto de siglo.

El tiempo y la industrialización ensuciaron a Nuestra Señora y en 1963 se procedió a su limpieza recuperando su color original, campaña que se repitió en la década de los noventa del pasado siglo.

El emplazamiento de la catedral no fue resultado del azar

El emplazamiento de la catedral no fue resultado del azar, ya los celtas celebraban en ese espacio sus cultos religiosos y posteriormente los romanos erigieron un templo dedicado a Júpiter. Alrededor del año 528 los primeros cristianos alzaron la primera iglesia cristiana de París, la basílica de Saint- Etienne. Fue a mediados del siglo XII, y como resultado del ascenso centralizador de París, cuando el obispo Maurice de Sully propuso un proyecto que, utilizando las nuevas técnicas artísticas, diese más prestigio al sacro santo solicitando el apoyo de la monarquía y las clases sociales. Con influjos de la abadía de Saint Denis comenzaron las obras.

El estilo arquitectónico se ha mantenido a lo largo de los siglos, sin embargo durante el reinado de Luis XIV y eclipsados por los aires barrocos, algunos elementos como sepulcros y vidrieras fueron sustituidos por otros más al gusto de la época. El romanticismo de mediados del XIX restauró las capillas interiores y los altares, colocando estatuas y añadiendo gárgolas en su fachada. También se procedió al derribo de edificios colindantes y cercanos para que gozase de mayor protagonismo y amplitud.

Notre Dame ha sido testigo de hechos históricos

Notre Dame ha sido testigo de hechos históricos: en 1429, durante la Guerra de los Cien Años, vivió la coronación de Enrique VI de Inglaterra; en 1804 coronó a Napoleón como emperador de Francia; en 1900 celebró la competición de quinientos organistas cuyo concurso ganó Louis Vierne; en 1980 Juan Pablo II celebró una misa.

La monumentalidad del edificio dejaba boquiabiertos a quienes la visitaban con una superficie de 127 metros de largo y 48 de ancho. La fachada principal presentaba tres niveles horizontales y estaba dividida en tres zonas verticales que invitan a acceder al interior por una de sus tres puertas: la central, o del juicio final; la del lado norte, o puerta de la Virgen; o la del lado sur, conocida como puerta de Santa Ana. Las tres estaban coronadas por la Galería de Reyes, formada por 28 estatuas que representaban a los reyes de Judea e Israel. Las torres tienen 69 metros de altura.

EFE

El interior de Notre Dame destacaba por su luminosidad gracias a los amplios ventanales que se abrían en la cabecera, el claristorio, el triforio y las naves laterales. En la cabecera destacaba la monumental Piedad esculpida por Nicolas Couston en el siglo XVIII, así como las efigies del rey Luis XIII y Luis XIV, ambos monarcas arrodillados demandando súplica.

En el coro, la sillería de madera barroca era otra joya así como las vidrieras del siglo XIX.

Notre Dame ha sido durante siglos centinela de tesoros, salvaguardando reliquias relacionadas con la Pasión de Cristo, la Corona de espinas, un fragmento de la Vera Cruz y uno de los clavos que sirvió para la crucifixión.

Precisamente por la grandiosidad del órgano que albergaba el templo y que contiene una caja adornada con autómatas, la plaza de organista titular de Notre Dame es uno de los más altos honores a que puede aspirar un músico.

Escribo en pasado sin tener valoraciones sobre la situación actual de la catedral ni de las obras artísticas que contiene, pero es de suponer que el siniestro incendio que sufrió anoche y que colapsó el techo y la aguja ha afectado gravemente a pinturas, tapices, vidrieras, maderas, años de arte e historia sucumbidos ante las llamas.

Bloomberg via Getty Images

Fruto de las turbulencias sociales Notre Dame fue la víctima en la Revolución francesa, en 1871 con el corto ascenso de la Comuna de París y hoy, en 2019, cualquiera sabe por qué estupidez pero seguro que amparada en la mediocridad y el fanatismo. Habiendo resurgido a tantos descalabros tras nuestras emociones de ayer queda la esperanza de su reconstrucción para el deleite de quienes, independientemente de ideologías y religiones, amamos el patrimonio.

Hoy todas y todos somos Quasimodo, para quien “la catedral no era sólo su compañera, era el universo; mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma. Él nunca soñó que había otros setos que las vidrieras en continua floración; otra sombra que la del follaje de piedra siempre en ciernes, lleno de pájaros en los matorrales de los capiteles sajones; otras montañas que las colosales torres de la iglesia; u otros océanos que París rugiendo bajo sus pies”. Todos y todas nos lamentamos con el corazón encogido por el desastre cultural.