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06/10/2020 13:37 CEST | Actualizado 06/10/2020 17:47 CEST

Arturo Pérez-Reverte: "La parte humana de la Guerra Civil es lo único que nos salva del discurso partidista y miserable"

El escritor publica 'Línea de fuego', una novela "definitiva" sobre la contienda ambientada en la peor batalla del conflicto, la del Ebro.

Juan Carlos Hidalgo / EFE
El escritor Arturo Pérez-Reverte durante la presentación en Madrid de su última novela, 'Línea de fuego'.

A veces, sólo a veces, hay que agradecer los derrapes políticos. De uno de ellos nace la nueva obra de Arturo Pérez-Reverte, Línea de fuego (Alfaguara), su primera novela sobre la Guerra Civil (1936-1939), en la que recrea, en un lugar ficticio, la peor batalla del conflicto, la del Ebro. Elegante, no da nombres. Sólo cuenta que un día escuchó a un político “joven” hablando sobre la contienda y, ante su alarde de desconocimiento, se dio cuenta de que también él tenía que escribir de esa etapa. Para contar su cara humana. Para que no se imponga “el discurso partidista y miserable, irresponsable”. Para que se haga memoria de veras. 

Este martes, en una rueda de prensa celebrada en Madrid, el escritor cartagenero ha desgranado las claves de esta novela monumental, de casi 700 páginas, escrita apenas en 10 meses, fruto del encierro obligado por la pandemia. “La gran novela contemporánea de la Guerra Civil, importante en su carrera, en su narrativa y en la literatura española”, en palabras de Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara.   

Pérez-Reverte reconoce que siempre evitó nuestra guerra en sus obras, más allá del contexto. Brochazos, nunca eje, pero las cosas han cambiado. Al uso partidista de la contienda, más de 70 años después, se ha sumado la angustia de ver que quienes hicieron la guerra van muriendo y su voz se acaba silenciando.

“Yo los conocí: padre, tío, abuelo, primos, amigos... Estuvieron en los dos bandos. Esa gente callaba para no contaminarnos el rencor, pero ahora se ha muerto y el testimonio humano, directo, ha ido desapareciendo con ellos. Cuando eso pasa, queda el discurso ideológico, usado de manera muy claramente política para distintas intenciones. Cuando sólo queda la ideología y desaparece el testimonio humano es muy peligroso”, denuncia.

Se activó en él la necesidad de hacer algo. “Falta información, el vínculo con la historia real. Nadie discute dónde estaba lo legítimo y lo ilegítimo, pero cuando acercas a la trinchera y no a la retaguardia, es muy complejo: unos han ido voluntarios, otros obligados, les toca ir a un lado, a otro... Insisto, no cambia el plano general, lo legítimo es lo legítimo, pero aquella no fue una guerra de cuatro generales, curas o banqueros, sino que hay que acercarse a los que la hicieron en el frente, luchando de verdad, a los que pagaron el precio caro, duro y terrible”, explica.

Y como no se estaba haciendo, y como era “necesario”, el padre del capitán Alatriste entendió que ahora sí era oportuna otra novela sobre la Guerra Civil. Un relato coral en el que reivindica su acercamiento desde lo narrativo y lo literario, no como historiador, a esta espina que nuestro pasado no se acaba de sacar.  “Quería devolver la conexión con el testimonio humano, desideologizar no ya la historia, sino a la gente que estuvo luchando. Aquello fue muy complejo. He cubierto 18 guerras, siete de ellas civiles, he visto morir a mucha gente de muchas maneras, y al final nunca es por la patria, la bandera, la república... sino cosas concretas, por agua, un cigarro, por miedo, por rencor, por salir de allí, por venganza. Nuestra guerra civil fue así también. Había que devolver la parte humana a ese discurso”, reivindica. 

Abomina del discurso actual “de buenos y malos” que hoy se hace en España sobre cualquier aspecto de la guerra. Tan simple que no fue “en absoluto” así. Un chico bien podía batallar con los republicanos (su padre, su tío) y un izquierdista, acabar con los nacionales (su suegro). Esa “geometría compleja” que es la guerra española, suma de apuestas, suertes y geografías, con infinidad de matices, ha acabado cuajando en una novela en la que los dos bandos están representados, peleando por un mismo trozo de tierra, el imaginario Castellets del Segre. Diez días de una batalla larga de tres meses en la que hay espacio para todas las emociones que un hombre y una mujer pueden sentir. “Porque la visión poliédrica se acerca más a la real”, remarca.

No pretendo contarle al lector lo que fue la Guerra Civil, sino que la viva, la sienta, que tenga frío, que resbale sobre los casquillos de bala manchados de sangre

“No pretendo contarle al lector lo que fue la Guerra Civil, sino que la viva, la sienta, que tenga frío, que resbale sobre los casquillos de bala manchados de sangre”, resume. Para contarlo, bebe de tres fuentes: lo que le contaron quienes vivieron aquel momento, la documental —“he leído todo lo que se puede leer”— y la personal, la del corresponsal de guerra durante 21 años, que sabe sin necesidad de inventar lo que es tener sed.

“Esta novela es sobre nosotros mismos, sobre nuestra historia”, repite varias veces. No es algo ajeno ni de unos pocos, porque sin aquellos supervivientes o aquellos muertos nuestra realidad sería otra. “Pretendo que el lector se reconozca en las páginas y, a lo mejor, lo estimule a hacer preguntas, que se vaya a un libro, serio de verdad, que sirva para abrir puertas, porque la aproximación a la parte humana es lo único que nos salva del discurso partidista y miserable, el único antídoto, el contrapeso, al discurso irresponsable de hoy”, sentencia.

Sin ideología, con humanidad

No hay lugar para soflamas ideológicas en Línea de fuego. Sí para hablar de humanidad, con toda su luz y toda su sombra. “Mi intención era que, a las cien paginas, al lector ya no le importase en qué bando estaba cada personaje. Importa la peripecia humana”, ahonda. Como ejemplo, pone a esos adolescentes de la llamada quinta del biberón, chavales que se enrolaron o fueron enrolados en la guerra cuando aún no habían dejado atrás la infancia.

“Entre un chico de 15 años en el frente y otro chico de 15 años no hay diferencia ninguna. Tienen los mismos impulsos y recuerdos, los gritos, el miedo, las mismas vidas destrozadas en una guerra que no ganó nadie, salvo Franco, su entorno y la gente que estaba con él —dice el académico, empecinado en recordar este “holocausto de futuro”—. Perdieron los jóvenes de los dos bandos, nuestros abuelos, esas juventudes quemadas”, dice, con la mirada más sombría de toda su comparecencia. Los críos que se pusieron pantalón largo por primera vez para presentarse en un cuartel. El “drama humano”. 

En la novela hay milicianos y mandos intermedios, héroes cansados como el coronel Bascuñana que el lector revertiano reconocerá como suyos. También mujeres, aunque históricamente no hay constancia de ellas, pero a las que Pérez-Reverte para mostrar a las milicianas “formadas, disciplinadas, con formación técnica, serias” que hacían la guerra y que, en tres años, perdieron un siglo de progreso y eran perfectamente lúcidas ante esa pérdida, como la soldado de transmisiones Patricia Monzón.

Se ayuda, además, de la visión de fuera, de las Brigadas Internacionales y de los corresponsales (mucho aroma a Gerda Taro, a Robert Capa, a Martha Gellhorn), más ecuánimes. Y de las lecturas, de los cinco grandes de entonces, como los llama: Rafael García Serrano y Agustín de Foxá en el lado nacional, Ramón J. Sender, Arturo Barea y Max Aux, en el republicano. “Por encima de todos, planeando”, Manuel Chaves Nogales, el periodista que tenía claro que quien ganase la guerra acabaría como dictador, “la lucidez de ver que los dos bandos perdían, y a quien los dos rechazaron”. 

Además de anarquistas, comunistas, falangistas o requestés, que todos y más se dan cita en esta novela, Pérez-Reverte esboza con desdén a los comisarios políticos que movían los títeres, los que “echaban la carne al matadero” en el “choque de carneros” que fue la guerra y, en particular, la batalla del Ebro, con 20.000 muertos. “Sin esa disciplina, sin esa presión de los mandos, la gente no habría hecho lo que hizo (...). Muy fácil decir ‘que resistan a toda costa’. Pero en esta guerra, morir no tiene nada de noble. En el barro, en la mierda, en la basura de la trinchera no hay nada noble. Quería que el espectador [lo dice a conciencia, porque quiere que el lector vea mientras pasa páginas] lo viese, lo tomo de la mano como el reportero que fui, te lo cuenta alguien que sabe”, añade. 

Con la mirada un poco perdida, repite “20.000 muertos” y se pregunta por “el talento” que hubiera tenido este país si esos ciudadanos hubieran sobrevivido, si “nos hubiéramos ahorrado esa sangría”. “Por eso cuando oigo a políticos de uno y otro signo hablar con una alegría, una irresponsabilidad, un desconocimiento tan extremo de lo que país, del drama humano,... ¿cómo se atreven?”, se enciende.

Es mi novela, oiga. Escríbala usted. Haga usted la suya. Yo he escrito la historia de mi tío Lorenzo

El autor de La Guerra Civil contada a los jóvenes sabe, desde este primer día de ventas, que su novela va a levantar ampollas. Con la sonrisa de medio lado, confiesa que no busca, desde luego, “limar asperezas”, que es “un novelista que cuenta historias”, sin misión. “El mundo que lo arreglen las ONG y quien tenga que arreglarlo, pero intento que la historia sirva de algo. Sé que no va a gustar ni a los unos ni a los otros. Sé que voy a tener críticas de los extremos”, asume, a la vez que confiesa el “retorcido placer” que eso le suscita. Si les molesta a esos que provocaron que se pusiera manos a la obra se sentirá “extremadamente feliz”, anuncia.

La herida, reconoce, se ha reabierto, pese a que los que sufrieron la guerra trataron de cerrarla y avanzar, “aunque fuera en falso”. Cita a Carrillo, a la Pasionaria, por ejemplo. Aquello “era historia”, pero se ha rescatado como piedra arrojadiza por una clase que no tiene “base intelectual”, que no es “seria” ni con “una ideología basada en argumentos solventes, lectura o talla política”.

Se enciende y denuncia la “tendencia bastarda pero comprensible” a vender sólo blancos y negros, a los que no tienen ni “aplomo” ni “solvencia intelectual”, y por eso “acuden a argumentos maniqueos”. Sumen eso a unos jóvenes que no estudian nada de lo pasado, “sin la lucidez crítica para razonar ante esos discursos y que los compra”. Verdades “falsas, emitidas por irresponsables e ignorantes, que provocan trastornos y disfunciones”. Para quien no le guste, tiene réplica: “Es mi novela, oiga. Escríbala usted. Haga usted la suya. Yo he escrito la historia de mi tío Lorenzo, que luchó tres años teniendo sólo 17. Lo demás no lo eludo, no lo niego, no lo evito. Es otra cosa”.

Puedes leer aquí el primer capítulo de Línea de fuego.

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