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17/03/2020 03:10 CET | Actualizado 17/03/2020 03:10 CET

O cooperamos o nos extinguimos…

Después de esto nada será como antes… Aprovechemos la crisis para, entre todos, recuperar parte de nuestra esencia de seres humanos.

nito100 via Getty Images

Desde los inicios del ser humano, nuestra única posibilidad para sobrevivir en este mundo ha sido gracias a la cooperación entre nosotros. Siempre hemos sido más lentos, más débiles y más torpes que nuestros posibles depredadores. Pero gracias a la evolución del cerebro, a la capacidad de abstracción y a la cooperación, conseguimos permanecer en la faz de la tierra como especie durante ciento cincuenta mil años.  

Durante los últimos tiempos, hemos asistido a una individualización colectiva que solamente nos ha traído problemas. No es justo que hayamos renunciado a nuestra esencia de seres humanos para tener un coche más rápido, una casa más grande o ropa más cara. En nuestra carrera por prosperar, hemos dejado por el camino nuestra salud física y mental, hemos agotado los recursos del planeta y nos hemos matado los unos a los otros (entre otras miles de barbaridades). 

Pero ahora, aparece una amenaza común que supone una bofetada en la cara a nuestra forma de vida. En menos de dos meses el mundo se ha paralizado. Estamos en crisis. Y si queremos sobrevivir, necesitamos cambiar y adaptarnos a la nueva situación. 

Al principio de los tiempos, las comunidades de seres humanos eran de pocas personas. Probablemente no llegábamos a la centena en la mayoría de los casos. Eramos grupos mas pequeños de primates nómadas que trabajaban juntos para cazar y recolectar. Este modo de vida nos ayudó durante más de cien mil años a prosperar como especie.

Después llegaron los primeros asentamientos, las primeras civilizaciones modernas y durante los últimos diez mil años conseguimos comenzar a cooperar entre grupos de individuos cada vez más numerosos. 

Nos estamos enfrentando a un peligro que pone en jaque a toda nuestra especie.

Yuval Noah Harari, en su superventas Sapiens (por cierto, tremendamente recomendable en estos días de aislamiento), argumenta que el ser humano necesita mantener creencias comunes para que la cooperación entre grupos numerosos de personas sea efectiva. Podemos poner miles de ejemplos que argumentan a favor esta teoría, como que todos los seres humanos del planeta estamos de acuerdo en que el dinero tiene un valor real, y nos comportamos como si esto fuese cierto (al final, solamente son papeles de colores, trozos de metal y números en una pantalla). Pero hemos conseguido, entre todos, conferirle un valor y construir una sociedad alrededor de este significado que le hemos dado. 

En pleno siglo XXI, en la sociedad más conectada y mas globalizada de la historia de nuestro planeta, nos estamos enfrentando a un peligro que pone en jaque a toda nuestra especie. Todos sentimos incertidumbre y miedo ante esta alarmante situación. Por primera vez, al menos de manera tan global, un elemento externo ha modificado nuestra vida rutinaria. Posiblemente hemos vivido otras crisis de gran magnitud, como el auge del terrorismo, la guerra, desastres naturales u otras pandemias. Pero por lo menos en España, y me atrevo a decir que en Europa, ninguna, desde la guerra fría, ha conseguido impactarnos tanto en nuestra vida cotidiana. 

El miedo es una respuesta emocional que damos cuando sentimos que estamos en peligro. Y una de las consecuencias típicas de esta reacción es la cohesión de grupo. Se trata de una respuesta evolutiva que nos ha ayudado a permanecer como especie sobre la faz de la tierra durante miles de años. Por ejemplo, cuando nos acechaba un depredador, en mitad de la sabana africana, nos juntábamos los unos a los otros para hacer piña. De esta manera conseguimos sobrevivir. 

El miedo cohesiona grupos y radicaliza las creencias y los valores de estos. Hemos visto numerosos ejemplos en los últimos años, el terrorismo, los nacionalismos, las creencias políticas o incluso los aficionados que defienden hasta la muerte los colores de su equipo. La principal característica de estos grupos es que todos tienen un enemigo común y esto hace que, en mayor o menor medida, estos cooperen para combatirlo. 

Pero por primera vez en la historia del mundo globalizado, el enemigo al que nos enfrentamos no es de nuestra especie. De repente, las diferencias que antes eran tan obvias entre los seres humanos pasan a quedar en nada. Nos damos cuenta de que todos somos igual de vulnerables ante esta amenaza, sin importar nuestro color, nuestra orientación sexual, nuestra educación o el dinero que tenemos en el banco. 

El miedo nos hace prestar atención a lo que realmente es importante, y dejar de lado lo secundario. De repente, en menos de una semana, todos estamos tomando medidas de higiene inéditas hasta la fecha, permanecemos aislados en casa, nos ofrecemos para hacer la compra a nuestros mayores, todo ello para protegernos los unos a los otros. Una respuesta que absolutamente ninguna campaña de publicidad ha podido conseguir antes…

En los últimos días, la cooperación y la solidaridad se han puesto de moda. Probablemente en nuestra sociedad siempre han sido valores deseables, pero ahora se han convertido en valores primordiales. Hemos tomado conciencia de que no somos el ombligo del mundo. En menos de una semana, un país entero se ha metido en casa solidarizándose con los más débiles. 

Me emociona ver a una sociedad, que hace un par de semanas era absolutamente individualista, comenzar a cooperar para proteger a sus miembros más débiles.

El miedo nos ha hecho romper con la rutina frenética de vida que llevábamos, y de repente, nos estamos dando cuenta de que lo que realmente nos importaba ha dejado de hacerlo. Ya no es importante el último modelo de teléfono, el coche despampanante o estar a la última en la moda… Nos estamos dando cuenta de que lo importante eran otras cosas. 

Ahora echamos en falta más que nunca pasar tiempo con nuestros seres queridos. Aquellos que dejábamos para lo último en nuestra anterior rutina de vida. Ahora añoramos su contacto. Nos damos cuenta de que son lo realmente importante.

Estamos tomando conciencia de que no somos el centro del universo. El ser humano es igual de vulnerable que el resto de las especies del planeta. Somos monos con pantalones, nada más. Y como tales, necesitamos vivir en un ecosistema equilibrado. Ojalá esta crisis nos haga replantearnos nuestra relación con el planeta.

Además, la vulnerabilidad ante el peligro que nos acecha, nos hace conscientes de que las diferencias que hace unas semanas nos separaban, son mucho más pequeñas que las similitudes. Que el color de nuestra piel, nuestras creencias religiosas o nuestro país de origen, son solamente detalles, porque todos somos seres humanos. Una especie en peligro ante una amenaza global. 

De repente nos damos cuenta de que los héroes de nuestra sociedad no eran los ídolos a los que atribuíamos casi poderes divinos. Los verdaderos héroes son personas como nosotros que se están dejando la piel para parar este desastre. 

Me emociona ver a una sociedad, que hace un par de semanas era absolutamente individualista, comenzar a cooperar para proteger a sus miembros más débiles. 

Me emociona ver que el pueblo cuida del pueblo. 

Me emocionan los aplausos a los profesionales sanitarios en los balcones

Me emociona ver a empresas priorizando la salud de sus trabajadores por encima de la economía

Me emocionan los artistas volcándose para que este tiempo de reclusión sea mas ameno.

Me emociona recibir mensajes de personas que quiero y que hacía muchos años que no tenía contacto preguntándome qué tal estoy.

Me emociona el ser humano. Porque el ser humano es cooperación, es solidaridad, es fraternidad, bondad y está a la altura para poder hacer de esta crisis una oportunidad para cambiar el mundo. 

Después de esto nada será como antes… Aprovechemos la crisis para, entre todos, recuperar parte de nuestra esencia de seres humanos. La cooperación.