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31/10/2019 18:59 CET | Actualizado 31/10/2019 18:59 CET

Ojos de Zapato ( Noche de Muertos)

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He rescatado mis zapatos para esta Noche de Muertos. Suenan pasos viejos, callecitas con su enjambre de aplausos resonando. Confundiéndose con besos turbios en bares donde la gente quería escapar de sus miedos sumergiéndose en el fantástico sótano encerrado en cada vaso. Mis zapatos negros esta vez los encuentro alternadamente enlutados como en ningún tiempo. Saben mis puntuales ausencias de panaderías, de cines en mi país lejano, de dormir en camas extrañas donde un pezón marcaba el norte de los deseos. Saben las veces cuando no pude desayunar con la familia. Los disfraces de sus escapadas sigilosas en cuartos donde el amor era un pretexto intentando apagar fuegos solitarios. Estos zapatos atestiguan las tallas de la vida. Quedan bien, nunca igual. Saben de esta garganta contenida en el charco del silencio impuesto. Con su reloj interno llegando al punto cero para explotar, devastando las llanuras extensas donde crece la soledad negándose a albergar pájaros. Conocen las claraboyas del corazón soportando discursos con gente asquerosamente inconcebible. Mi alarma quiere hablar esta noche final con las almas de mis muertos pasados. Reconciliarse por haber traicionado la necesaria atención prestada…

Amigos del ahí voy…Olvidemos las llamadas ausentes como herida después de la cicatriz, los atoles olvidados en coches estacionados, los whiskys y su pardo vómito de recuerdos secuestrados. Obviemos la literatura forzada, los políticos evidentes desde su ceguera social. Las enfermedades prestadas como vestido involuntario a la hora de asistir a una fiesta imaginaria local.

En México, alguien vagará sin saberme como tequila, dentro de rancheras nacas, suelto en sus vasos capilares, amarillo en el orín de sus esquinas turbias. Un autómata loco tocando timbres, periodistas rancios, simulando alegría de feria al recibir portazos secos como calaveras sedientas. Mujeres cantantes “lamiendo huesos” de poderosos encastrados en sus tronos de un reino donde se cargaron de un grito fulminante, hosco, a la publicitada Serpiente Emplumada. 

En Lima alguien sentirá mi canto apenas se calle. Cantando esas canciones atrapadas al revolotear ignorantes dentro de los estómagos de antiguas radios. El vals del pubis esquivado, la mirada huyendo de la canela, el oficio de parecer exageradamente peruano, cetrero, sagaz, equivocado. La sensación del landó vuelto acción precisa hacia la eternidad del sexo buenamente conjugado. Quienes preguntan la jodidez de Lima mientras desvisten sus sueños, previo pisco souer, ascendiendo. Pensando lujuriosamente en alcanzar el nirvana en el extranjero. 

En España mis uñas persistirán en defenderse. Aunque disparen con piedra, con clavo, con armas masivas sobre estos pequeños pies que sirvieron tantos siglos para burlarme de las escaleras, los pasadizos siniestros donde los hijos delirantes, malnacidos de la derecha y su arpa vieja, siguen tocando a un ritmo francamente angustiante.

Esta noche los muertos saldrán para encontrarnos. No construiré los altares acostumbrados. Ando buscando la fórmula para recuperar mi sombra. Para dejar de hablar pendejadas, para equivocarme acertadamente  en mis malos presagios. Estoy buscándome en los maridos resignados, viendo a su mujer terriblemente más bonita que ninguna, paradójicamente más lejana que aquel conejo viviendo en la luna. Rebusco en los huelguistas viendo pasar un tren, iluminando esa quimérica esperanza al caminar kilómetros intentando cambiar algo de lo irremediable. En los ahogados del mar escuchando lanchas, con la sequedad de la sal en sus ojos morados, oyendo bajo el peso de la marea aquellas razones para hacerlos criminales, por el mero hecho de negarse a morir resignados en esta repartición injusta. Vivo persiguiéndome en los gritos independentistas, entrando involuntariamente al manicomio sin DNI, confundiéndome burocráticamente, sumando un loco extra a sus listas de locos.

Mis zapatos quedan perfectamente desfasados. Los pies siendo los mismos, cuentan historias espantosamente parecidas al presente congelado. Mis muertos saldrán a pasear buscando algarabía al confrontarse dos mundos aparentemente diferentes. Verán mi pelo, grietas en mis labios, ojos plagados de un nido de recuerdos. Preguntarán por qué no pido tumba en este gelatinoso día-noche feroz. Para llegar a ser un buen muerto, antes necesito fulminantemente mandar a la mierda a esa estatua perversa donde nadie confirma si vive Dios…

 

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