Flavio Josefo además de un gran historiador fue uno de los mayores oportunistas de toda la historia.
Retrato de Flavio Josefo en la traducción de William Whiston de sus obras.
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Retrato de Flavio Josefo en la traducción de William Whiston de sus obras.

Trato fácil, constancia, capacidad para encajar, olfato para los negocios, regate en corto, simpatía aparente y… posiblemente nada más. Ahí terminan todas las virtudes de un buen oportunista. Y es que los oportunistas se definen más por lo que no tienen que por sus capacidades sociales: no son valerosos, no poseen gran cultura, no son generosos, no tienen espíritu de entrega y así hasta un largo sinfín de “noes”.

Seguramente si les pidiéramos que clasificaran la humanidad en dos grupos, dirían que por una parte están todos aquellos que les son útiles a sus planes y, por otra, el resto. A los primeros hay que procurarles todo lo que necesiten, a los segundos, ni agua.

Los psicólogos ingleses utilizan el término credit stealers –ladrones de crédito- para referirse a este tipo de fauna social. Es un término que les viene como anillo al dedo, porque son de esas personas capaces de aprovecharse del llamado “trabajo invisible”, esa parte del éxito colectivo que nadie reclama para sí, porque el mérito corresponde al conjunto, pero que ellos, desde su óptica narcisista, se sienten en la necesidad de pregonarlo a los cuatro vientos como propio.

Los oportunistas pueden estar tranquilos, no están en peligro de extinción, es un grupo que disfruta de una estupenda salud, se multiplican sin control y forman parte de todos los hábitats. Los podemos encontrar desde el trabajo hasta el gimnasio, pasando por la comida familiar de los domingos.

Oportunismo y supervivencia

La biografía de Flavio Josefo (37-100) es digna de ser llevada a la gran pantalla. No solo fue uno de los más grandes historiadores de la antigüedad —autor de La Guerra de los Judíos— sino que es el protagonista de uno de los mejores ejemplos de oportunismo que se conoce.

Josefo fue uno de los comandantes del pueblo judío que se sublevó contra los romanos en el norte de Galilea. Se cuenta que durante la insurrección que tuvo lugar en el año 66 se refugió junto con otros treinta y nueve simpatizantes en una cueva de Jotapata en donde fueron finalmente acorralados por las huestes romanas, comandadas por Vespasiano. Aquellos prohombres decidieron que antes de ser atrapados y convertidos en esclavos preferían quitarse la vida. Bueno todos menos Josefo, pero claro eso no lo podía decir abiertamente.

Josefo encontró una solución imaginativa al problema, para evitar el suicidio propuso a sus compañeros formar un círculo y asesinarse entre ellos siguiendo un ritual matemático: el primero mataría al segundo, pasaría la espada al tercero, el cual acabaría con el cuarto, a su vez pasaría la espada al quinto y así sucesivamente. De esta forma tan solo quedaría un judío que no tendría más remedio que suicidarse. Aquella propuesta gustó bastante a los judíos y la pusieron en práctica.

El “azar quiso” que, siguiendo la forma acordada, tan solo quedaron Josefo y su mejor amigo con vida. En ese momento, el futuro historiador logró convencer al segundo para que se entregaran a los romanos y pudieran evitar una muerte absurda.

Al salir de la cueva Josefo pidió dialogar con el jefe de la guarnición, al que profetizó que llegaría a ser nombrado emperador, al igual que su hijo Tito. Aquel augurio carecía de sustento, puesto que Vespasiano no tenía parentesco alguno con el emperador Nerón. No obstante, aquello le produjo cierta hilaridad y no solo perdonó la vida a Josefo sino que lo nombró su consejero.

El destino quiso que Vespasiano se convirtiese tiempo después en el fundador de una dinastía imperial, tras la muerte de Nerón y el paso por Roma, sin pena y sin gloria, de tres emperadores efímeros. De esta forma, en el año 69 Vespasiano se convirtió en el hombre fuerte de Roma, y con él Josefo, el rebelde, el profeta. el oportunista y, a partir de ahora, el historiador reconvertido. Josefo sumó a su nombre el de Flavio en honor a la familia de Vespasiano.

En estos veintiún siglos que nos separa del caudillo judío muchos “flavios josefos” han protagonizado renglones torcidos de la historia. Todos ellos además de presumir con su socarronería han fanfarroneado de sus capacidades. Pero ahí terminan todos sus méritos.

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