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11/03/2021 07:22 CET | Actualizado 11/03/2021 07:22 CET

Orquesta de desaparecidos

Las víctimas necesitan que nuestros líderes combatan la retórica que justifica que nos persiguieron por no pensar como ellos.

Sebastien Bozon / AFP /Getty
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, coloca una rosa blanca en un monumento cerca del mercado navideño en Estrasburgo.

Este es el título de un maravilloso libro de Francisco Javier Irazoki que he tomado prestado para este día europeo de memoria de las víctimas del terrorismo. El día europeo se eligió por el 11 de marzo de 2004, la fecha de los atentados de los trenes en Madrid que causaron casi 200 víctimas mortales y miles de heridos. Muchas familias rotas.

Existe siempre el riesgo de escribir sobre las víctimas del terrorismo paseando levemente sobre los principios y valores, como levitando. Sin atravesar el círculo del horror.

Los estragos y riesgos visibles e invisibles del terrorismo etnonacionalista y yihadista en España y Francia, por poner dos ejemplos de terrorismo especialmente intenso, no son un paseo liviano.

No lo es la cuestión del miedo, ese que genera autocensura frente al integrismo intolerante yihadista. Por ejemplo, el que se intensificó poco después del asesinato de gran parte de la plantilla de la revista satírica Charlie Hebdo el 7 de enero de 2015.

El 15 de febrero, las caricaturas se convirtieron en un tabú creciente, tras el atentado en Copenhague durante un seminario sobre arte, blasfemia y libertad de expresión en el que fue asesinado uno de los ponentes.

En mayo de ese año un joven de 17 años, director de un periódico escolar francés, sufrió graves amenazas de muerte por dedicar un número especial, con unos poemas a las víctimas de ese atentado. La espiral de silencio se había activado.

Hubo más atentados terribles en Francia desde entonces, pero fue el asesinato del enseñante Samuel Paty, decapitado el pasado mes de octubre, ha servido para viralizar un pulso existencial a la libertad de pensamiento en Francia y un pulso para saber quién ocupa el poder. ¿Quién manda de verdad? ¿El poder democrático republicano, o la versión totalitaria y fanática de un sentimiento religioso?

El profesor daba clase de educación cívica y los alumnos debían debatir sobre la libertad de expresión. Las caricaturas eran, sin duda, un hecho real que actuaba como espejo en el que mirarse. Las mentiras de una alumna que no estaba presente en la clase y la activación de su padre, fanático radicalizado, que presentó una denuncia contra el profesor y lanzó una campaña de odio en redes sociales, concluyeron con su asesinato y con su imagen como víctima, cruelmente utilizada en las redes sociales.

Este atentado ha puesto contra las cuerdas al Estado. Si decenas o cientos de miles de personas que ejercen la libertad de expresión en Francia se someten a los límites de los integristas, habrán ganado. Se les habrá dado la razón a los asesinos. El presidente de la República, Emmanuel Macron, ha decidido dar la batalla del pluralismo ideológico, que en este caso también supone una política de tolerancia cero contra el integrismo islámico. Pero la ofensiva por vía legislativa ha tensionado el interior de la sociedad francesa y el frágil equilibrio de muchos otros problemas sin resolver.

Los fanáticos violentos quieren, ante todo, que les den la razón. No deberíamos olvidarlo.

Los fanáticos violentos quieren, ante todo, que les den la razón. No deberíamos olvidarlo. Cada país tiene peculiaridades, pero eso, pretender imponernos sus deseos, es general.

Quince días después de los atentados de Barcelona que, en el verano de 2017 supusieron el asesinato de 15 adultos y niños, un recluso solicitó formalmente a la subdirección de Seguridad la “reunificación de todos los presos políticos islamistas en la misma galería, como están juntos los presos políticos vascos de ETA”. Aseguraba que mantenerlos separados vulneraba sus derechos fundamentales, como la igualdad ante la ley, la libertad religiosa y el derecho a practicar su cultura y su lengua. No se le olvidaba indicar que hacía a las autoridades responsables directas de cualquier cosa que le pasase a él o a sus compañeros.

¿Por qué utilizaban ese esquema? Porque el marco narrativo les había ido bien a los terroristas de ETA y porque su sueño es contar con una parte de la sociedad organizada, apoyando el terror y manifestándose por ellos, como si fueran víctimas.

La junta de portavoces del Parlamento de Navarra no pudo acordar un manifiesto para el día europeo de las víctimas del terrorismo el pasado lunes porque era precisa la unanimidad y una parte de los grupos políticos se negaron a que no apareciera la palabra condena o rechazo al terrorismo o la palabra ETA.

Los terroristas de ETA, salvo excepciones, no han condenado el terror

Los terroristas de ETA, salvo excepciones, no han condenado el terror. Su brazo político, tampoco. Se les realizan homenajes cuando salen de la cárcel por haber sido terroristas y no haber condenado el pasado. Sus herederos políticos nos someten a esta y otras anormalidades porque las van comprando con sus votos. He de recordar que el número de malhechores no justifica el delito.

Las víctimas necesitan justicia, dignidad, reparación. Necesitan que nuestros líderes combatan la retórica que justifica que nos persiguieron por no pensar como ellos. Y esto, que es crucial, algunos no lo quieren ver. Por puro interés cortoplacista.

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