Otra cumbre del clima que nos deja en la cuerda floja

El fondo de daños y pérdidas se anunciado con su nombre y sin ningún detalle más de lo que hay detrás.
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Realmente las expectativas no era muy halagüeñas y el resultado, si acaso, lo ha dejado aún más claro. La última ‘cumbre del clima’ en Egipto pone sobre la mesa, y cada vez con más fuerza, la duda de si es posible que este cónclave mundial anual sirve realmente para algo, tras los 27 años de historia transcurridos, 50 años si contamos los primeros encuentros para hablar de clima. Y la duda surge habida cuenta de que el desbarajuste del ‘sistema Tierra’ es cada vez mayor por una especie de la que ya hay 8.000 millones de ejemplares en su frágil biosfera, de los que unos 3.000 se han empeñado en destruirla.

Finalizado el encuentro en el lujoso balneario egipcio de Sharm el-Sheikh, el domingo por la mañana nos levantamos con la noticia de que, tras años de perseguirlo, finalmente los líderes del mundo habían acordado crear un fondo para pérdidas y daños causados por el cambio climático en los países más vulnerables. Era una exigencia reiterada desde los gobiernos del sur y desde los de las islas, principalmente del Pacífico, que se ahogan en las aguas océanicas, y también desde una sociedad civil que una vez más acudía a este evento nómada enarbolando la bandera de la justicia climática.

Organizaciones como Alianza por la Solidaridad-ActionAid llevan años denunciando que quienes han contaminado la atmósfera llenándola de CO2 (ya estamos en 418 ppm este año) en aras de su exponencial desarrollo son los países del hemisferio norte, mientras que las consecuencias en forma de impactos se sufren en el sur. De ahí su satisfacción al ver que por fin este fondo para el resarcimiento de la destrucción, por fin, salía adelante. Teresa Anderson, coordinadora de justicia climática en ActionAid, señalaba que había tenido que “pellizcarse” después de tanto años pidiéndole a la ONU que aceptara crear este fondo. “Podemos afirmar que la presión colectiva de la sociedad civil, combinada con una unidad sin precedentes entre los países en desarrollo, a la hora de obligar a los países ricos a decir finalmente ‘Sí, estamos juntos en esto’ ha funcionado”.

Pero ni siquiera en este punto, el único que se ha ‘vendido’ al mundo para señalar que la COP27 ha servido para algo, es aún algo real. Y no lo es en el año más funesto en cuanto a las muertes en catástrofes de decenas de miles de seres humanos, las pérdidas de casas y modos de subsistencia de millones de seres humanos, la destrucción de servicios básicos e infraestructuras para cientos de millones de seres humanos, las gravísimas inundaciones (Pakistán, entre las peores), las terribles olas de calor (60 grados centígrados de temperatura de la tierra india), las sequías que no tienen fin (matando millones de cabezas de ganado en el este de África), incendios monstruosos (casi 300.000 hectáreas quemadas solo en España en un par de meses) y etcétera, etcétera…

El fondo de daños y pérdidas se anunciado con su nombre y sin ningún detalle más de lo que hay detrás. No sabemos de dónde saldrá el dinero, ni quién lo manejará, ni a quién irá destinado, ni quién lo manejará… Ni siquiera cuándo será efectiva su creación, de momento dejada en manos de una comisión que el año que viene igual avanza algo en el asunto. En definitiva, un paso deseado e importante para quienes hoy y posiblemente mañana, cuando este artículo ya sea viejo, están teniendo graves daños en sus vidas por desastres climáticos pero que, de momento, es apenas más que un cúmulo de interrogantes, como si no hubieran tenido tiempo para avanzar más en todos estos días.

Sin ánimo de desanimar, sino de animar a hacer mejor las coas, conviene recordar que ya en 2009, se creó un fondo similar para favorecer la adaptación y la mitigación al cambio climático en los países con pocos recursos, fondo que iba a contar con 100.000 millones de dólares anuales desde 2020. Pues bien, estamos en 2022 y se han movilizado 83.000 millones , en gran medida créditos a devolver por los beneficiarios. En esa cantidad se incluyen 60.000 millones en ayuda bilateral de país a país y contribuciones a través de los bancos de desarrollo, más 23.000 millones de fondos para el clima y fuentes privadas. Por comparar, recordemos que sólo la compra de Twitter por Elon Musk fueron 44.000 millones.

Pero la cuestión ya no es que ese fondo, que bienvenido sea por fin, se haya aprobado de madrugada, casi de prisa y corriendo para tener algo que contar por la mañana, sino que en la COP27 se ha evidenciado un claro retroceso en lo que se refiere a ir a la causa última del cáncer climático, es decir, a evitar que esas 418 ppm de CO2, algo no visto en millones de años, sigan creciendo. Nada de mejorar las expectativas de recortes de emisiones. Incluso China, fábrica del mundo y, por tanto, gran contaminador en estos momentos, ha tratado de dar por finiquitado el Acuerdo de Paris, que indica que no se pueden superar preferiblemente los 1,5 grados más de temperatura global porque es el límite seguro para la vida actual en el planeta. El gigante asiático ha defendido que había que fijarlo en los 2 grados y así aumentar el margen para seguir contaminando. Al final, para disgusto de no pocos, esa referencia a los 1,5 grados se menciona solo en el apartado de la ciencia del acuerdo final, como si no tuviera que ver con las medidas políticas.

“El saco de oportunidades se está acabando. Cuando lleguemos al fondo, no habrá vuelta atrás.”

Sin embargo, tiene mucho que ver porque entre las resoluciones de la misma COP27 se han incluido como recomendables para frenar el cambio climático, además de las energías renovables cero emisiones, otras que llaman “de bajas emisiones”, que no especifican cuáles son, pero que es evidente que no solucionan el problema, sino que lo aumentarán. Es una decisión que, según algunos analistas, ha sido fruto del trabajo del potente ‘lobby’ petrolero que ha acudido a la cumbre y que, desde luego, no suena muy bien. Además, ningún avance más en recorte de emisiones, ninguna moratoria sobre el uso de combustibles fósiles como la que hubo en Glasgow para el carbón. Como si los líderes del mundo no fueran capaces de mirar más allá del ombligo de su poder, ínfimo en términos planetarios, para vislumbrar lo que van a dejar a su paso.

Mención aparte requiere reforestación, sobre la que se han vertido muchas palabras. Según se ha dicho en la COP27 de los 12.000 millones comprometidos el año pasado para proteger y restaurar bosques ya se han gastado 2.670 millones de dóalres. No hay muchos detalles de dónde se han gastado porque hasta esta COP27 no se había creado la Asociación de Líderes de Bosques y Clima (FCLP) que garantizará la rendición de cuentas para saber que pasa con el dinero.

Susan Otieno, directora ejecutiva de ActionAid en Kenia decía que “había grandes esperanzas de que la COP27 fuera útil para África, para millones de personas en África Oriental que corren el riesgo de morir de hambre, para las niñas que están siendo sacadas de la escuela para ir a por agua, y para las familias en Nigeria que han sido desplazadas por inundaciones extremas; ahora con el nuevo fondo sabrán que el mundo se solidariza con ellas”. Confiemos en que así sea, y con la urgencia que merecen la vida de todos ellos porque es lo único de lo que en el futuro podrán sentir algún orgullo los que han estado negociando en Sharm el-Seikh.

La sensación general tanto en la UE como en España, incluso de miembros del Gobierno, pero también en las organizaciones y quienes seguimos desde hace años la deriva climática de la Tierra es que de nuevo se ha perdido una oportunidad. Pero el saco de oportunidades se está acabando. Cuando lleguemos al fondo, no habrá vuelta atrás.

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