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07/02/2020 06:50 CET | Actualizado 07/02/2020 06:50 CET

Otro examen a la deuda social de Google (y Microsoft Facebook, Amazon…)

¿Para cuándo un campus Google o un Google Labs en España?

Thitima Thongkham via Getty Images

España por fin se ha transformado, con una demostrada incapacidad para la reacción, en el paradigma europeo de un mercado tecnológico cautivo. 

El ecosistema de la industria tecnológica de nuestro país puede explicar fácilmente esta circunstancia. La I+D+i representa en el conjunto de la estructura productiva española menos del 1,5 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), es decir, insignificante. De hecho recibimos siete veces menos inversión exterior que Reino Unido en empresas tecnológicas y la transformación digital de empresas y administraciones es muchas veces sólo la introducción intensiva de tecnología generada fuera de nuestro país. Nos alejamos de los modelos económicos europeos y de las apuestas por sobrevivir de las economías asiáticas pujantes.

Implementar tecnología no es generarla. Bajo las etiquetas de economía digital, la nueva economía de políticos y comerciales (incluido académicos) es una realidad adjetiva y pasiva. La dinámica innovadora en nuestra industria tecnológica es descorazonadora, desde la propia base, el espacio universitario, donde no hay un solo premio Nobel, donde la endogamia (muchos tienen ya los ocho apellidos de una nueva especie universitaria) es el modelo en sí mismo, o donde la urgente y viva necesidad de recuperar el respeto sagrado a la autoría y la ética académica es una cuestión de supervivencia de todo el sistema (no sólo el universitario), hasta el mezquino tejado que representan las grandes empresas españolas vinculadas a la tecnología, como Telefónica, cuya reinversión en desarrollo tecnológico en nuestro país no se ha acomodado a las necesidades del mismo, ni es el ejemplo para una empresa creada a golpe de monopolio durante generaciones. Todo ello, no es un tema menor porque incide en nuestras opciones de supervivencia como país. Desistir de la apuesta fanática por el espejismo del ladrillo, después de casi una generación con los efectos que hemos visto de especulación, empleo precario y corrupción pública, no es una opción es la más urgente necesidad. 

España sí es líder en gasto en tecnología TIC (lo han etiquetado como economía digital y lo tratan como si fuera un sector productivo). Hay otras etiquetas para vender al país el mismo vacío de futuro: reindustrialización, transformación digital y entrar en el 4.0 a grito del pastor, con los recursos gastados en tecnología que no se genera aquí, que son enormes y no traen el conocimiento y la industria que más necesitamos. Tecnología que suministran esencialmente empresas norteamericanas, algunas más familiares que otras: Google, Microsoft, Amazon, etc. De ese río en dos direcciones de servicios tecnológicos y de miles de millones de euros en pago por ellos, apenas dejan impuestos aquí y muy pocos empleos de calidad. La tecnología no se desarrolla aquí y la relación con estas empresas en torno al conocimiento es esencialmente pobre y, en su más triste sentido, de una asimetría depredadora.

No es un tema menor porque incide en nuestras opciones de supervivencia como país.

España es un mercado cautivo en términos de conocimiento y de innovación tecnológica. Hace cinco años, desde Hispalinux, analizamos las cuentas mercantiles de algunas sociedades y publicamos el caso de Google España (Google Spain S.L.). ¿Qué es lo que ha cambiado en estos últimos años?

En 2012 ya señalamos que en España genera un volumen de negocios fabuloso para Google, a pesar de que esta compañía arrojaba cuentas con pérdidas en nuestro país. El resultado era absurdo y con todo desenfado se llevaba su factura fiscal a otro lado (Irlanda y Estados Unidos). Reunido con el auditor Antonio Granero comprobamos las cuentas presentadas este año 2019 y comparamos qué había cambiado en el tiempo. La facturación de 2018 fue de 104 millones en 2018, de 96 millones en 2017. Sin embargo son igualmente facturaciones arbitrarias pues todas las ventas corresponden a Google LLC y Google Ireland, LTD (como en 2013 y 2012). 

El resultado (beneficios) de este ejercicio pasado fue de 20 millones (en 2013 fueron sólo 4 millones) y en 2012 pérdidas de 1,4 millones. Google ha hecho el esfuerzo de declarar cinco veces más que 2013 y los esfuerzos hay que reconocerlos.

Asimismo han pagado 6.886.772,12 euros de impuesto sobre sociedades y cerró el año con 226 empleados (en Francia mantiene entre tres y cuatro veces esta cifra).

Por mi parte, necesitaba conocer la realidad, al menos la formal, de Google en Irlanda, donde concentra el volumen de sus ventas en Europa. Pues bien el volumen de negocios en 2018 fue de 38.100 millones de euros, un aumento de 5.900 millones de euros (18%) con respecto a las cifras de 2017. Como Google factura y cobra los servicios que presta en España desde Irlanda y Google España sólo factura con criterios de fantasía a la irlandesa una fracción de ese negocio, la cantidad de volumen de negocio española superan los mil millones de euros. 

En Irlanda trabajan 3.765 personas con un salario promedio por empleado fue de 104.329 €.

Asimismo, pagó 272 millones de euros en impuestos sobre ese beneficio, lo que una tasa efectiva del 16%. Por último los gastos administrativos declarados en Irlanda ascendieron a 25.100 millones. Tengamos en cuenta que la inversión en I+D+i en España para el año 2017 ascendió a 14.052 millones.

La culpa no es sólo de estas compañías sino de los propios gobiernos europeos y españoles que se han mantenido, con carácter histórico, relativamente ajenos al problema.

Comprobamos por tanto que el mercado cautivo produce impuestos y puestos de trabajo en Irlanda y en Estados Unidos y beneficios mil millonarios que no se invierten aquí, al tiempo que drena miles de millones de euros de los esfuerzos en gasto tecnológico (incluida publicidad digital) en España. En Irlanda Google supone una revolución económica con una facturación cuyo truco supone un volumen de negocio mucho más que todo el español Inditex (Grupo Zara). Google sigue con su política de facturar sus servicios a través de su compañía en Irlanda donde la tributación por sociedades es menor. 

La culpa no es sólo de estas compañías sino de los propios gobiernos europeos y españoles que se han mantenido, con carácter histórico, relativamente ajenos al problema.

No hay armonización fiscal en Europa, esto permite una competencia entre estados hasta el punto que algunos deben parte de su éxito económico a esta disfunción, no sólo Irlanda sino Luxemburgo, Bélgica, Holanda… En España esa misma falta de armonización fiscal es asimismo perturbadora.

Por otro lado la reiterada falta de visión estratégica en nuestro país sigue retrasando la reforma de la educación superior y desmontar el modelo del ladrillo que desplaza las capacidades de financiación del país a la mecánica de la burbuja especulativa y a la mala praxis administrativa-política. 

La solución relativa a las grandes empresas tecnológicas que no tributan en España, el volumen de su negocio que aquí generan, es de la mayor urgencia y genera un nivel de alarma social que, sorprendentemente, todavía no se percibe en los medios de comunicación. 

Google puede haberse ahorrado, sobradamente, unos 1.000 millones de euros en impuestos en nuestro país (en Francia se le reclamó por 4 años 1.600 millones habiendo acordado pagar 965 millones, sin embargo en Francia tiene una presencia mucho más potente). Si el trayecto hacia la solución exige etapas es fundamental que la empresa y los esfuerzos del Gobierno (español y europeo) deben exigir a Google reinversión en I+D+i en España. Laboratorios en España, mucha mayor contratación de ingenieros que desarrollen, creación de un campus universitario orientado a la innovación, becas y contratación de empresas tecnológicas locales ese es el camino hasta la regularización fiscal de Google. Todo lo demás es un escándalo y un trato desigual e injusto, indigno para una empresa  que ofrece soñar el futuro. Así sólo se construye juegos de suma cero en el que sólo uno gana y desigualdad, la vuelta eterna sobre lo mismo.

 

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