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10/10/2019 07:26 CEST | Actualizado 10/10/2019 07:26 CEST

¿Pactos y compromisos en la factoría europea? Riesgos, sombras y amenazas

Existen razones para ponerse en pie y responder sin silencio.

JFLA

En más de una ocasión me he ocupado en estas páginas de explicar las relevantes y significativas analogías y diferencias entre el Parlamento Europeo y los parlamentos nacionales de los Estados miembros (EEMM) de la UE. El PE es, en efecto, un Parlamento en la medida en que es un órgano representativo, directamente electivo (la única institución en la arquitectura de la UE directamente legitimada por el sufragio universal de la ciudadanía europea), con potestad legislativa (de la que la Comisión LIBE es un claro exponente) y de control político (y de legitimación, mediante la investidura) sobre la institución que vertebra el poder ejecutivo y la administración permanente de la UE: la Comisión Europea. 

Desde el punto de vista, por tanto, de su composición, funciones y procedimientos existen puntos de contacto para la comparación con los parlamentos nacionales, así como diferencias que tienen que ver con la escala multinacional de su representatividad y la supranacional de su legislación. 

Pero, por encima de todo, el PE se diferencia (y distancia al mismo tiempo) de los parlamentos nacionales, en la estructural ausencia de mayorías absolutas monocolores en la composición y orientación de la Eurocámara. Y ello es así en la medida en que la proyección electoral de los heterogéneos arcos parlamentarios de los EEMM excluye una acción de gobierno, presupuestaria y legislativa de un único signo político. Y esa es, en última instancia, la razón por la que el PE es, inexorablemente, un lugar cuyo lenguaje, cultura y costumbre política es la de los entendimientos y la de los compromisos. No de uno sólo, ni unívoco ni mucho menos constante, ni siquiera perdurable: es un lugar de compromisos proteicos y por tanto variables en su forma, su volumen y su composición. Compromisos a muchas bandas y de geometría variable, en ocasiones compromisos puramente ocasionistas, trabados para cada ocasión.

Es sólo a través de esos pactos lábiles y revisables (y, por ende, democráticos de acuerdo con la teoría que hace descansar el principio democrático en la revisabilidad de todas las decisiones adoptadas por mayoría con la debida tutela de los derechos de las minorías y de los de las personas) que ha sido posible, hasta ahora, empedrar de imperfecciones y avances una construcción tan compleja como ha sido la europea: acuerdos provisionales, nunca del todo satisfactorios para ninguno de sus actores, pero tampoco (no siempre, ni necesariamente) inanes por su reducción al lowest common denominator. Con una dosis de sinergia, intercambios, do ut des, empatía y... ¿por qué no?, a cada tanto un liderazgo, la nave europea avanza para afirmar eppur si muove... aunque su velocidad no sea siempre perceptible para la retina ávida de la era digital y del instantaneísmo mediático.

El Parlamento Europeo se diferencia de los parlamentos nacionales en la estructural ausencia de mayorías absolutas monocolores.

Pues bien, en esta cultura, acendrada en el transcurso de las mejores etapas del proceso de integración, el seísmo provocado en el paisaje político por la Gran Recesión y la prolongada crisis 2008/2017 –la peor y más profunda de la construcción europea–, pueden caber pocas dudas acerca de su impacto tremendo en la definición de los paisajes políticos y electorales de los EEMM, con la floración de una plétora de fuerzas antisistema, nacionalismos reaccionarios y populismos abundosos en un cóctel de nacional populismo, extrema derecha y discursos de exaltación del odio contra el diferente, de la estigmatización de minorías vulnerables y de multiplicación de chivos expiatorios.  

Porque, sin ninguna duda, para la cultura política que incentiva y hace posibles los pactos y los compromisos esta virulenta irrupción de retóricas extrema derecha ha demostrado ser un factor disruptivo, y tóxico, por resultar contaminante sobre las actitudes y tácticas de los demás actores, en el tablero político y en la competición electoral.

De modo que, ciertamente, existen diferencias reseñables entre el PE y los parlamentos nacionales: tanto de organización como también, y sobre todo, de funcionamiento, en la especial medida del papel que en la Eurocámara puede desempeñar el parlamentario/a individual (más acentuada su iniciativa y su responsabilidad en la conducción de sus ponencias legislativas a lo largo de los sucesivos estadios del procedimiento legislativo). Atiene también, insisto, a la genuina cultura de las relaciones interpartidarias (entre los distintos Grupos de la Eurocámara) e interpersonales. En el PE es más difícil, altamente improbable, que las diferencias políticas y las confrontaciones deriven en animosidades o enfrentamientos personales. La enormidad del espacio y la envergadura de los asuntos suele desincentivar el encono cainita que es frecuente en los angostos hemiciclos nacionales, no digamos en la escala de los parlamentos autonómicos o las corporaciones locales.

La diferencia se acusa también, por tanto, en la atmósfera que se respira en el PE: el peso y la gravitación de ese mal españolísimo que llamamos cainismo –trasunto de una larga historia de persecución sañuda de todo librepensamiento, herejía o heterodoxia, apología de la santa intransigencia, odio a la discrepancia y todavía más del discrepante– resulta más improbable en un ambiente que concita a la conversación permanente e inacabada sobre todo lo que importa y cuenta en nuestra dimensión supranacional y global. Que no es otro que el histórico del PE y la entera UE.

La extrema derecha europea inocula sin complejos en el PE los síndromes que con mayor celo y esmero habían venido previniéndose.

Y, sin embargo, es un hecho que, entre los daños causados por la multiplicación de escaños de extrema derecha y de sus respectivas variantes de discurso del odio, se cuenta también el ataque a la convivencia y el diálogo en el PE. El subproducto notorio de esta proliferación de hongos altamente tóxicos es el empeoramiento de la convivencia en el PE de parlamentarios provenientes de 28 historias nacionales respectivas, con el mandato en vena de trabajar los acuerdos hasta la extenuación. La extrema derecha europea inocula sin complejos en el PE los síndromes que con mayor celo y esmero habían venido previniéndose con tanto trabajo y voluntad hasta hace poco: son los que podríamos llamar –parafraseando aquí a Vicente Blasco Ibáñez– los “4 jinetes del apocalipsis” de la rampante eurofobia: obstruccionismo y filibusterismo (antiparlamentarismo, mantra y bête noire de los fascismos de todo tiempo y lugar); desprecio de todas las formas que garantizan los derechos del otro y de las minorías;  lenguaje de injurias, insultos y estigmatización; y exaltación bravucona de la crispación y el odio.

Riesgos, sombras, y amenazas, sobre una cultura secular de diálogo conducente a pactos y compromisos abiertos y revisables que son la razón de ser del proceso democrático y la democracia misma. Razón también de la persuasión, tanto para más para actuar, para obrar en consecuencia, para defender el valor de la democracia abierta a la discusión de todo asunto desde el respeto a la igual dignidad de las personas y al valor del pluralismo y de las diferencias. Y para ponerse en pie y responder sin silencio cada riesgo o amenaza. Para ejercer la palabra, para votar, por ejemplo, el próximo 10-N con ganas contra esa derecha extrema que banaliza la infamia, la difamación, la mentira –recordad, las 13 rosas– recubriendo tanto odio en un océano de palabras que quieren golpear como puños. 

 

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