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27/05/2019 13:18 CEST | Actualizado 27/05/2019 13:18 CEST

Penes como pértigas (o cómo dinamitar la memoria del 15M)

Agencia EFE
Imagen de archivo de Pablo Iglesias. 

Soy un votante medio que, pese a haber dedicado tiempo y estudio, no ha entendido lo de las marcas, mareas, franquicias o confluencias. No he entendido la estructura ni los vínculos de Unidas Podemos, ni las relaciones ni la estructura, solo sé que algo empezó el 15 de mayo de 2011 y acabó anoche. También sé que aquel movimiento social no es Unidas Podemos-y-todas-las-franquicias-aliados-socios-escisiones (en adelante Podemos) pero parece claro que la transversalidad de aquel fenómeno único fue capitalizada por unos pocos tipos que resultaron ser los delegados de clase en la facultad, aquellos que estaban en la delegación de alumnos y paseaban con libros de Agamben por el campus, aquellos que, estaba claro, acabarían con una ayudantía.

Anoche Podemos obtuvo un resultado tan decepcionante que más les hubiera valido pasar a la clandestinidad. Decretaron el fin de la era del entusiasmo para muchos que se sorprendieron por la magnitud de los errores estratégicos, aunque nadie negará que la agresividad personalista de este proyecto fue evidente desde el momento en el que IU se dejó fagocitar, en el que Garzón, la gran esperanza blanca del comunismo moderno, se convirtió en la discreta comparsa agradecida de un líder que no toleraba sombras ni en los zapatos. El daño que Pablo Iglesias ha hecho a la izquierda española es tan grande que ha mutado el fracaso de Ciudadanos por un triunfo. Paradójicamente Pablo Iglesias y Albert Rivera son casi exactamente lo mismo, son una figura reflejada en otra a ambos e invertidos lados del espejo. Los dos son líderes personalistas que han cometido errores de bulto por querer saltar más alto utilizando su pene como pértiga en un escenario político en el que la mujer juega un papel secundario salvo en el caso de Carmena, que ha jugado un papelón…

La responsabilidad del fracaso de ayer debe ser asumida inmediatamente con dimisiones. Hay que tener en cuenta una variable ante la necesaria dimisión de Iglesias: si se quiere dinamitar para siempre lo que un día representó Podemos y compañía el mando debe ser tomado por Irene Montero, que así pasaría de ser una política valiente y valiosa a la coartada de Iglesias, materializando el más vergonzoso pacto de familia de la política contemporánea española en un escenario en el que los amores del líder han tenido una visibilidad que solo sus enemigos han disfrutado, como lo de la casa de Galapagar, una torpeza que es cualquier cosa menos estética.

No solo se han perdido unas elecciones, no solo se ha perdido una oportunidad: se ha perdido la fe en un ideal.

Hoy una parte de la izquierda se lamenta mientras la otra pide un piolet, pero ambas entienden que confiaron en el tipo equivocado. Pienso que cuando, en las elecciones europeas de 2014 que representaron la irrupción de Podemos, apareció la cara de Iglesias en las papeletas en vez de un escudo, con el pretexto de que su rostro era popular debimos entender que la transversalidad del 15M era en realidad una diagonal entre una plaza de profesor universitario y el poder omnímodo con el que amenazaba Gabino Diego al alcalde en Amanece que no es poco. Podríamos seguir con Errejón, podríamos seguir con Carmena, podríamos seguir casi con todos y dejar unas pocas excepciones, como Kichi que ha sido, curiosamente, uno de los disidentes en esta apropiación de la transversalidad.

Podemos debió ser otra cosa porque ha resultado ser dañino para la idea original del movimiento social. Aquellos días en la calle se pensaba que otra política era posible, que el bipartidismo se había terminado y que los nuevos partidos eran otra cosa. Tal y como decía, ayer Podemos maquilló el fracaso de Ciudadanos, su especular partido de derechas, pero también dilapidó la posibilidad de un gobierno de izquierdas en Ayuntamiento y Comunidad de Madrid por la catastrófica estrategia del decepcionante trío Carmena, Iglesias y Errejón y, entre otras cosas, transmitió ese mantra de que el político profesional, sea o no honesto, es efectivo. No solo se han perdido unas elecciones, no solo se ha perdido una oportunidad: se ha perdido la fe en un ideal. Es la historia de las utopías perfectas en manos de hombres imperfectos. Las dimisiones podrían salvar un escenario feroz delimitado por cuatro años de travesía en el desierto hasta las próximas elecciones, la pérdida de recursos, los miles de cargos que pierden su sueldo, las críticas feroces, la melancolía, la incertidumbre y la inseguridad, pero ¿lo tendrán a bien o se suicidarán sacrificando a todos los suyos como Sardanápalo en el cuadro de Delacroix? No descartemos esto último, lo teatral les va. A nosotros nos va el aire fresco.

 

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