INTERNACIONAL
23/05/2021 18:46 CEST | Actualizado 03/06/2021 09:51 CEST

Y la mano de Benjamin Netanyahu dejó de dominar Israel

15 años ha estado el líder del Likud manejando el timón como primer ministro. Ya no más. Una alianza impensable de ocho partidos le ha quitado el trono.

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Benjamin Netanyahu revisa su mano durante una reunión de su consejo de ministros, en julio de 2019.

Lo llaman rey, mago, genio, pero Benjamin Netanyahu ha sido, por encima de todas las cosas, un superviviente de la política. Con un pragmatismo y una flexibilidad a la altura de Groucho Marx -“Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”-, una capacidad formidable para neutralizar a sus adversarios y para aprovechar las oportunidades sobrevenidas, el primer ministro de Israel se ha ido manteniendo en el cargo, la mano que dominaba el país. Ha sido así durante 15 años. Ya no más. 

En un giro de los acontecimientos desconocido en el país, ocho partidos se han sumado para echarlo. Ese era el único punto en común en su programa electoral: acabar con la era Bibi, cuajar un Ejecutivo de cambio que haga las cosas de otra manera. ¿Cómo? No se sabe aún, porque la alianza agrega a partidos progresistas, derechistas, ultranacionalistas y hasta árabes. Pero hay una verdad de base, que ya no se puede cambiar: Netanyahu se va. “Era imprescindible sacarlo”, era el mantra común.

Debe estar noqueado, el ya exprimer ministro israelí, porque venía de lucirse con la gestión de la pandemia de coronavirus y de reforzar su imagen de tipo duro tras la Operación Guardián de los Muros, lanzada durante 11 días contra Gaza (Palestina), entendida como un nuevo ejemplo de su sagacidad. El pasado 5 de mayo, Netanyahu se quedó sin tiempo para formar gabinete y expiró el mandato que para ello le había dado el presidente del país, el también conservador Reuven Rivlin. La pelota pasó al líder del segundo partido más votado, Yair Lapid, quien tenía posibilidades de hacer una gran coalición con ultranacionalistas y árabes; rara suma, pero posible.

En esas estaba el mandatario, casi haciendo las maletas de su residencia oficial de la calle Balfour de Jerusalén, cuando se agravaron los choques en la ciudad y empezaron a caer los cohetes desde Gaza. No dudó un segundo: el mismo día de los primeros lanzamientos, 11 de mayo, Netanyahu comenzó el peor ataque sobre la franja en siete años. Mano dura que ha hecho subir su popularidad, de nuevo, mientras se estancaban las negociaciones de sus adversarios.

Ya se veía en unas quintas elecciones consecutivas, con la estampa de hombre de estado en alza, cuando los demás han hecho un último esfuerzo y han acabado acordando su salida, por encima de todas las diferencias. “Los últimos dos años y medio han estado cuajados de decisiones autoritarias sin base, sin ninguna estrategia más allá de la supervivencia personal de Bibi y sus esbirros. Era el momento”, dice una fuente de Yesh Atid, el partido de Lapid.

Un tipo muy listo

Bibi, como se le conoce desde la infancia, siempre ha sido así, listo y lanzado. Nació hace 70 años en Tel Aviv, en el seno de una familia judía secular con orígenes en Polonia, Bielorrusia y Lituania, hijo del reputado historiador Benzion Netanyahu, además de experto en sionismo, autor de varias obras sobre la Inquisición española. Con siete años, se mudó con su familia a EEUU, donde se crió hasta que regresó a Israel para el servicio militar. Arrastrando su ya eterno acento de Filadelfia, estuvo cinco años en el Ejército, donde llegó al rango de capitán y lideró una de las unidades especiales más exigentes, la Sayeret Matkal, especializada en contraterrorismo, reconocimiento e Inteligencia militar.

Netanyahu vistió el uniforme en dos guerras, la de los Seis Días (1967) y la de Yom Kippur (1973), ambas esenciales para entender el conflicto con los palestinos. Encabezó también varias operaciones importantes contra líderes de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) o contra secuestradores de aviones civiles. Fue herido, al menos, cinco veces, una de ellas, por un disparo en el hombro. Un asalto a sus órdenes en suelo sirio sigue estando hoy bajo estricto secreto militar. 

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Benjamin Netanyahu, de uniforme, en junio de 1973.

Netanyahu decidió volver a EEUU. Muy buen estudiante, cursó Arquitectura en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (el famoso MIT) y luego un postgrado en Dirección de Empresas. Se estaba doctorando en Políticas en Harvard cuando lo fichó el Boston Consulting Group, que sigue siendo una de las consultoras más importantes del país, y en nombre de la que empezó a hacer apariciones en televisión hablando del conflicto árabe. Pero, a los dos años, en 1978, abandonó su carrera y se marchó a Israel: la muerte de su hermano mayor, Yoni, un héroe de guerra en Israel, cuando lideraba el rescate de 260 pasajeros de un avión secuestrado en Entebbe (Uganda), fue y sigue siendo el golpe más duro en la vida del líder del Likud. 

Vinieron años de bandazos, vitales y profesionales. Netanyahu se divorció ese mismo año de Miriam Weizmann, que se había ido con él a estudiar a Estados Unidos y con quien había tenido una hija, Noa. La razón fue una infidelidad del marido, una de las varias que se le han conocido en su vida. Se acabó casando con esa amante, la británica Fleur Cates, con la que estuvo hasta 1984.

Sin sus círculos en EEUU, el político vendió muebles y trabajó en la administración de una empresa de maquinaria en Jerusalén, donde se empezó a relacionar con los políticos locales. Liderar una fundación contra el terrorismo en honor a su hermano le abrió puertas. 

Así, hasta que se lo llevaron de adjunto a la embajada de Israel en Washington, sin pasar por la carrera diplomática ni falta que hacía. Su idioma, impecable, y sus contactos (ya tenía buen trato con el demócrata Joe Biden y era íntimo del republicano Mitt Romney, por ejemplo), lo hacían ideal. En el 84 ya era embajador de Israel ante la ONU, por cuatro años, y en el 91, formaba parte de la delegación de su país en la Conferencia de Madrid que, por primera vez, sentó a israelíes y palestinos. 

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Netanyahu, con el primer ministro israelí Yitzhak Shamir (a la izquierda), en la apertura de la Conferencia de Paz de Madrid, en 1991.

Netanyahu se hizo fuerte, por los entresijos que dominaba y por su rapidez a la hora de pescar en río revuelto. Así se hizo en 1993 con el poder de su partido, el Likud, y en tres años ya era primer ministro con la derecha. Fue el mandatario más joven de la historia de Israel, igual que es el que más días ha estado en el poder. 

Aunque no renovó mandato, las alianzas forzosas hicieron a su partido imprescindible, por lo que en los años en que ha estado sin ser premier, de 1999 a 2009, ha sido de todo en los Ejecutivos israelíes; ministro de Exteriores, de Finanzas, de Ciencia, de Vivienda, de Pensionados, de Estrategia Económica, de Desarrollo Regional, de Salud y de Diáspora. 

Llegó a abandonar por discrepancias con su nuevo jefe de partido, el halcón Ariel Sharon, pero volvió a tomar las riendas, a demostrar su capacidad de negociación -“escucha, piensa y luego da, para mantenerse siempre”, dice un exasesor al diario Haaretz-. Desde entonces, aunque las elecciones de 2009 las perdió y quedó segundo, no ha hecho más que crecerse, que forjar pactos cada día más a la derecha, sin importarle unirse a los ultraortodoxos o a los partidos de base colona. Ocupar el puesto tanto como el mítico fundador, David Ben Gurion.  

Estado palestino, no; libre mercado, sí

Un día, de estudiante, cambió su apellido por Ben Nitai, porque decía que era más sencillo de recordar, pero a fuerza de años gobernando, Netanyahu casi se ha convertido en sinónimo de Israel, en los trazos gruesos de la opinión pública y publicada del mundo. Dos han sido sus ejes de gestión esenciales: su oposición a negociar una salida con los palestinos y menos aún a reconocerles un estado propio, por aquello de que el actual statu quo le sale a renta, y un liberalismo económico claro, cristalizado en privatizaciones y recortes sociales acompañados, eso sí, de buenos datos de desempleo y de emprendimiento.

Netanyahu ha ido gobernando a golpe de no: no a sentarse con los líderes palestinos, no a cumbres de paz salvo en contadas ocasiones, no a para la colonización de Cisjordania y el este de Jerusalén, no al fin del cerco a Gaza, no a irse del Golán ocupado, no a negociar la capitalidad de Jerusalén... Las pocas veces en que ha habido acercamientos, forzados sobre todo en 2013 y 2014 por el entonces secretario de estado de EEUU, John Kerry, ha sido siempre negándose a tener gestos de distensión o a renunciar a sus condiciones previas. 

Nada más llegar a la política, ya fue un enemigo declarado de los Acuerdos de Oslo, de 1993, los pocos que han cambiado algo en la zona. Siempre defendió que ir cumpliendo sus etapas era “ceder” y ha hecho lo posible por dilatarlas o por impedirlas, por ejemplo, eliminando la continuidad territorial de los palestinos o acelerando la colonización.

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Yasser Arafat y Benjamin Netanyahu se dan la mano, en presencia de Hussein de Jordania y Bill Clinton, tras los acuerdos de Wye Plantation, en 1998.

En 2009, en el famoso discurso de Bar Ilan, Netanyahu dio la sorpresa, presionado por EEUU, y por primera vez aceptó la posibilidad de que exista un estado palestino, pero desmilitarizado, sin control de fronteras, sin Jerusalén como capital, sin derecho al retorno de los cinco millones de refugiados y con las colonias como están. Ha llegado a anunciar 1.600 nuevas viviendas en un asentamiento jerosolimitano ante la cara estupefacta del entonces vicepresidente estadounidense, Biden, sin avisar

En los últimos años, con los palestinos sometidos y aleccionados con ofensivas cuando comenzaban las milicias a lanzar cohetes -cuatro guerras desde 2009, si contamos la de estas semanas-, Netanyahu ha tomado otro caballo de batalla, Irán, “que quiere la destrucción de Israel”. 

Y, de fondo, la corrupción, cuya sombra le persigue desde los años 90, con investigaciones por soborno, fraude o abuso de poder que sólo recientemente ha cuajado en un proceso firme. Ha tenido escándalos por recibir regalos de lujo, por pagar por coberturas mediáticas favorables, por tocar supuestamente leyes de telecomunicaciones para beneficiar a empresas amigas... 

Su esposa, Sara, ha tenido protagonismo en estos procesos, dibujada por la prensa como una arribista exigente a la que gustaban esos detalles, ese poder. Sara es la tercera esposa del primer ministro de Israel. Tras su segundo matrimonio, conoció a la que hoy es su pareja cuando trabajaba de azafata en los vuelos de Tel Aviv a Nueva York. Con ella tiene dos hijos, Yair y Avner, que son un quebradero de cabeza constante. El exmilitar y el excampeón nacional de Biblia que no tienen oficio estable pero sí hablan demasiado en las redes sociales.

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Benjamin Netanyahu abraza a su esposa, Sara, en la noche electoral del pasado marzo. 

Ahora, Sara y Bibi son uña y carne, pero han pasado por sus crisis, como la que se generó cuando grabaron al primer ministro manteniendo relaciones sexuales con una asesora. Dicen que, desde entonces, Netanyahu no se fía de nadie. Que usa a sus trabajadores pero no les da confianza. A lo mejor por eso varios de ellos se le han revuelto y hasta han sido sus adversarios en las urnas.

Netanyahu es dominante, calculador, frío. Su presencia impone, con su voz permanentemente ronca, sus ojos verdosos y fijos, sus uniformados trajes azul marino. Le gusta mostrar su superioridad y, a veces, socarronería condescendiente. Siempre hace sentir a los que están en la misma sala que es el más listo. Incluso ante políticas como Angela Merkel o Hillary Clinton, es muy dado an mansplaining. “No puedo soportarlo, es un mentiroso”, decía de él el francés Nicolás Sarkozy. “Tú estás harto, pero yo tengo que trabajar con él todos los días”, le replicaba Barack Obama. 

Netanyahu sonreía y no perdía la calma. Todos los que le habían censurado hasta ahora habían pasado ya en ataúd político por delante de sus narices, pero él seguía en su puesto. Ni las críticas fuera ni las críticas dentro lo habían hundido. Ahora pasaba una mala racha, de protestas sociales, de quejas por su gestión autoritaria, de presión de los oponentes que un día fueron sus empleados y no lo soportan. Los caricaturistas locales lo pintaban, hasta la pasada semana, comiendo uno de sus míticos helados de pistacho -esos que son su perdición y en los que se dejaba al año 2.300 euros de dinero público- mientras firmaba órdenes militares. 

Ahora debe estar congelado, como ese helado. Ya no habrá más presupuesto de todos ni sirviente de la residencia oficial para ir a por él. 

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