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31/05/2020 10:11 CEST | Actualizado 31/05/2020 10:11 CEST

Por qué la desinformación es más rápida y eficiente

En tiempos de coronavirus adquieren gran importancia los climas emocionales de indignación y odio que se persiguen a través de la distribución de noticias falsas.

Thomas Tolstrup via Getty Images

Las noticias falsas han eclosionado en nuestra realidad política y se han infiltrado en nuestras vidas, haciendo más importante que nunca analizar las fuentes de información que utilizamos y a las que entregamos nuestra confianza. No se trata de un fenómeno nuevo, la creación de información falsa ha existido siempre. Lo novedoso del tiempo actual está vinculado a que el número de noticias falsas al que nos exponemos es descomunal, apoyado por el auge de las redes sociales y la facilidad de crear y difundir información masivamente.

Indudablemente la aparición de las redes sociales ha tenido efectos positivos, ya que pueden servir para incrementar el diálogo y dar voz a la ciudadanía. El problema, como con tantas otras herramientas, viene asociado al uso que se hace de ellas. De tal manera que la capacidad de las redes sociales para potenciar el diálogo democrático ha quedado ensombrecida ante la evidencia de su susceptibilidad de convertirse en un instrumento de manipulación y control.

Si nos centramos en Twitter, por ejemplo, veremos que los debates más comentados y los perfiles más seguidos no son necesariamente una fuente de información fiable sobre las preocupaciones reales de la sociedad, aunque presenten formatos que inspiren confianza a una parte de la población. Muchos debates, especialmente aquellos con una carga política, están mediados por intereses que trascienden las inquietudes de internautas individuales. Y es que Twitter es un entramado de personas reales entrelazadas con una vasta población de bots -perfiles automatizados que se entrometen en el ecosistema de la red social persiguiendo fines concretos que pueden ser útiles pero también destructivos o intensamente partidistas- y cuentas falsas detrás de las cuales no sabemos quién se oculta. El uso de Twitter y demás redes sociales puede ser por lo tanto beneficioso, pero han de utilizarse con cautela para no caer en la trampa de pensar que la magnitud que adquieren muchos de sus debates son necesariamente el reflejo de las inquietudes de sus personas usuarias. Como destaca la investigadora de la UC3M Mariluz Congosto, un grupo reducido de perfiles crea y propaga la gran mayoría de los mensajes.

Los bulos viajan más rápido por redes sociales que la información contrastada.

Si bien las redes sociales son un eficaz potenciador de noticias falsas, su incremento viene propiciado por movimientos políticos que las explotan e incluso generan. En tal entramado de información, donde a menudo es difícil distinguir la verdad de la falsedad, ya no existe rigor que valga. Si quienes generan bulos son acusados de mentir y a su vez acusan a sus acusadores de lo propio, el resultado es un panorama en el que parece que la información verídica ha dejado de existir y cualquier opinión sobre cualquier tema es igualmente válida. Tómese como ejemplo la gran cantidad de youtubers cuyo número de seguidores se ha visto súbitamente incrementado durante la crisis del coronavirus pero cuya solvencia en el análisis de la realidad política es a menudo cuestionable.

Tal escenario de desconcierto se nos presenta en un momento histórico de confinamiento en el que España muestra la particularidad de tener una oposición al gobierno especialmente destructiva y que, como señalaba en un artículo The New York Times, se apoya en “acusaciones siniestras”. Es más, gran parte de la oposición no duda en recurrir a la contradicción y la desinformación para intentar hacer caer a un Gobierno que desprecia profundamente. Si al principio del confinamiento se pedían medidas más drásticas y se señalaba al Gobierno como único responsable de las muertes, semanas más tarde se hablaba de cómo el Gobierno había destruido la economía española confinando a la población, dando lugar a una infodemia de bulos y usos inapropiados de estadísticas para instaurar un discurso en base a chivos expiatorios.

Uno de los principales resultados, y que pocas veces encontramos en análisis de la situación política, es la apelación a las emociones que tan bien se ha sabido emplear. Gran parte de los discursos de la oposición han pasado de recurrir a la razón a sustituirla por emociones. Así, han sido capaces de movilizar a sectores de la población en base a la creación de climas emocionales que no necesitan necesariamente un enfoque racional. Lo emocional, como bien sugiere el profesor de la universidad londinense de Goldsmiths William Davies en su obra titulada Estados nerviosos, encaja perfectamente en nuestra sociedad de información en tiempo real, donde se priorizan los datos inmediatos respecto a aquellos rigurosamente analizados y contrastados. Davies lo ejemplifica con un presunto atentado en el metro de Londres en 2007 que creó avalanchas de personas huyendo de las inmediaciones y la inmediata propagación de un relato falso sobre la existencia de disparos. Si bien no se supo nunca qué dio lugar a pensar que en una simple pelea se emplearon armas de fuego, Davies destaca la importancia de la difusión de información inmediata no necesariamente contrastada que nos conmueve, en este caso evocando el posible escenario de un atentado terrorista.

Los bulos en la España del coronavirus han reemplazado la democrática fiscalización de la acción del Gobierno por una guerra emocional en un clima de posverdad.

De hecho, los bulos viajan más rápido por redes sociales que la información contrastada. Lo mismo ocurre con datos que tienen una fuerte carga emocional. A modo de ejemplo, si hacemos circular información sobre la supuesta nacionalidad extranjera de los acusados de violaciones grupales o reproducimos el extendido estereotipo de que inmigrantes quitan trabajo a locales apelaremos no solo al interés racional de las personas que la reciban, sino que también interferiremos en su estado emocional. En ambos casos el impacto emocional será posiblemente mayor que el de otras noticias más contrastadas porque apela a la identidad nacional. El hecho de que las violaciones grupales se presenten no como un problema estructural de abuso machista sino como el de un choque entre “civilizaciones violadoras” y la “nuestra”, nos invita a movilizarnos en el marco de una identidad excluyente y alimentada en base a chivos expiatorios racializados. Viene a ser lo que la académica Sara Ferris definió como femonacionalismo, el uso de postulados feministas para fomentar la xenofobia y el racismo en un marco nacionalista.

También se incide en las emociones hablando de inmigrantes quitándonos el trabajo. El “nosotros” ha de ser defendido de una "invasión alóctona" que acarrea una presunta motivación de causarnos daño: arrebatarnos el trabajo, violar a “nuestras” mujeres. Y con la misma lógica actúan los bulos relacionados con el coronavirus que circulan por las redes. La veracidad de la información queda en un segundo plano mientras cobra importancia la velocidad y la respuesta emocional de quienes la reciben. Tanto los mensajes que acusan al Gobierno de responsable de las muertes como aquellos que lo acusan de destruir la economía con total independencia de la realidad que estamos viviendo encuentran su cauce en lo que viene a ser un mundo paralelo al de la realidad, un mundo que es prácticamente inmune al desmentido. De hecho, la clave no radica tanto en los contenidos de los mensajes sino en un tono que busca alentar una sensación de amenaza. Los bulos en la España del coronavirus han reemplazado la democrática fiscalización de la acción del Gobierno por una guerra emocional en un clima de posverdad.