Por qué las parejas tienen cada vez menos sexo

Y no, no es (sólo) por la pandemia.

Cuando te das cuenta de que tu vida se limita a trabajar y preparar tuppers es el título de un popular artículo publicado en Vice, pero bien podría ser la carta de presentación de tantas y tantas personas, especialmente millennials. ¿Qué es, si no, la vida? Para el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, “la vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado”. Para la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, cualquier jornada extenuante o atasco se compensa después con unas cañas a la madrileña. Entre trabajo, tupper, cañas y supermercado, quizás queda tiempo para ver una serie o hacer deporte, pero ¿dónde queda el sexo? Si se añaden hijos a la ecuación, mejor ni hacemos la pregunta.

Hay pocos datos actuales sobre la actividad sexual de los españoles, pero todos los estudios realizados en países occidentales de capitalismo avanzado como España confirman que eso de que ahora tenemos menos sexo no es sólo una sensación, sino una realidad.

Una investigación llevada a cabo en Estados Unidos revela que en 2010 los adultos tenían nueve veces menos sexo al año que las personas de su edad a finales de los 90. La frecuencia sexual se redujo sobre todo entre las parejas estables —independientemente de su género, raza o clase social—, y de una manera más aguda entre las parejas con hijos en edad escolar y en quienes no veían porno. “Los nacidos en los años 30 tenían más sexo que los nacidos en los 90”, concluye el estudio.

Tus abuelos tenían más sexo que tú

Francisca Molero, presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología (FESS), corrobora estos datos y arroja luz sobre ellos, aclarando que la disminución de sexo se observa principalmente en “las relaciones coitales, con penetración, de parejas heterosexuales estables, sobre todo adultos jóvenes”. (La masturbación o el sexo online van aparte.)

“Nuestros padres tenían un concepto diferente de sexualidad, la actividad sexual estaba mucho más incorporada a la rutina, y había un momento reservado para ello, que era la noche”, argumenta la sexóloga, que enseguida matiza que esto ocurría “siempre y cuando no hubiera mal rollo con la pareja”.

Durante los años en los que trabajó como ginecóloga, Molero recuerda que cuando atendía a mujeres mayores, de 70 u 80 años, y les preguntaba por la frecuencia de sus relaciones sexuales, estas le respondían: "Tres veces a la semana, o prácticamente cada noche”. “Tenían una vagina estupenda, y tú te quedabas bastante sorprendida”, reconoce. “Simplemente, lo hacían porque era algo agradable, formaba parte de su vida cotidiana”, comenta.

“Nuestros padres tenían un concepto diferente de sexualidad, y la actividad sexual estaba mucho más incorporada a la rutina”

Con las generaciones más jóvenes, ocurre algo distinto, señala la experta, y tiene que ver con la concepción del tiempo y con las expectativas. Por un lado están las jornadas laborales interminables y el ‘siempre conectados’, pero también la forma en que entendemos el ocio, un ámbito en el que quizás no se prioriza tanto el sexo y sí “hacer deporte, quedar con los amigos o ver series de Netflix”, razona Molero. Otras generaciones no tenían tanto ocio como nosotros, ni plataformas virtuales, ni redes sociales ni probablemente afterwork.

Las expectativas (y la jornada laboral), enemigas de la diversión

Y luego está el “problema” de las expectativas. “En los últimos años la actividad sexual compartida se ha convertido en algo excepcional; tiene que ser estupenda, tiene que salir todo bien, todo controlado”, describe Molero. “Muchas veces, queda poco día para tener actividad sexual, no sólo por falta de horas sino porque las relaciones se entienden como algo que requiere bastante tiempo”, señala la sexóloga. “Cada relación sexual tiene que ser lo máximo y tener todos los ingredientes”, y esto funciona como disuasor para las parejas, que normalmente llegan a casa con la energía al límite.

“No me voy a poner a tener sexo, porque entonces duermo menos”

Antes de la pandemia, Molero atendía en su consulta de sexología a gente que le contaba que, como se levantaba a las seis de la mañana, a las 11 de la noche estaba reventada, “y no me voy a poner a tener sexo, porque entonces duermo menos”, le explicaban. “¿Dormir menos significa estar una hora teniendo sexo?”, replicaba entonces la sexóloga. Depende, entre otras cosas, de cuántos “ingredientes” se le quiera poner a esa relación sexual.

Cómo ha afectado la pandemia al sexo

Pero esto era antes del virus. “Con la pandemia ha cambiado todo”, sostiene la sexóloga, y aunque a priori se sabe cómo fue el sexo de los españoles durante el confinamiento más estricto, todavía se desconoce “qué dimensiones puede tener a medio o largo plazo la situación en la que estamos ahora”, apunta Molero.

Según datos del Adecco Group Institute, más de 2,8 millones de españoles teletrabajan actualmente, 1,2 millones más que en 2020. Y parece que esto no ha favorecido el sexo en pareja. “El confinamiento ha provocado en las parejas estables cierto agotamiento, tanto físico como mental como del deseo”, explica José Ramón Ubieto, psicoanalista y profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC. “Antes se diferenciaba el espacio del ocio y del trabajo — ilustra; ahora la gente que trabaja en la casa está todo el tiempo en la casa, come en la casa, duerme en la casa… y todo eso no ayuda”. “Esto hace que no desconectes, y para desear tener relaciones sexuales hay que desconectar”, añade Francisca Molero.

“Antes se diferenciaba el espacio del ocio y del trabajo. Ahora a veces la cama es el lugar de trabajo”

Ubieto se ha encontrado con pacientes que le dicen: “Es que no tengo ganas de sexo porque en la cama ya lo hago todo”. “De las parejas que viven en pisos pequeños, a veces uno trabaja en la cama y otro en el salón”, comenta el psicólogo. Y meter el sexo en el ‘lugar de trabajo’ es raro.

¿Y si el capitalismo tuviera la culpa?

Molero tiene “clarísimo” que el “cansancio físico y mental” influye de forma determinante en la disminución de la actividad sexual. Mucho más si se tienen hijos, y mucho más si se es mujer. “Aunque la tendencia actual va hacia la equiparación, la carga sigue siendo mucho mayor para las mujeres”, afirma.

El ensayo Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo (Capitán Swing), de la etnógrafa Kristen R. Ghodsee, incide en esta cuestión, y va más allá. La autora sostiene que el capitalismo no regulado perjudica de manera desproporcionada a las mujeres, y que adaptando algunas ideas socialistas al siglo XXI se puede mejorar muchos aspectos de la vida de las mujeres, desde el trabajo hasta la crianza, pasando por el sexo.

“Ni siquiera la mejor de las estimulaciones logrará producir placer si una mujer está estresada, sobrecargada o preocupada por su futuro y su estabilidad económica”

Centrándose principalmente en el mundo soviético, el libro ofrece muchos ejemplos, como el de Polonia, un país pionero en el estudio de la sexología en los años 70 y 80. “Ni siquiera la mejor de las estimulaciones logrará producir placer si una mujer está estresada o sobrecargada de trabajo, o preocupada por su futuro y su estabilidad económica”, afirmaban los sexólogos polacos, según recoge Ghodsee citando la obra Beyond Viagra: Sex Therapy in Poland.

También es llamativo el caso de Alemania cuando todavía estaba dividida en la parte Occidental (capitalista) y Oriental (soviética). La etnógrafa explica que, mientras en el Oeste se perpetuaron los roles de género tradicionales, en el Este se promovió la igualdad. “Las mujeres ya no dependían de los hombres, y esto les proporcionaba una situación de autonomía, lo cual redundaba en un comportamiento masculino más generoso en la cama”, apunta. En 1988 se realizó el primer estudio comparativo entre estudiantes de ambas Alemanias; la conclusión fue que las alemanas del Este disfrutaban más del sexo y tenían más orgasmos que sus homólogas occidentales.

“Cuando los hombres contribuyen en igualdad al trabajo doméstico, la pareja disfruta de relaciones sexuales más frecuentes y satisfactorias”

Pero un año más tarde, la situación cambió. La reunificación de las Alemanias trajo muchas cosas buenas, pero también falta de ayudas a la independencia económica de las mujeres, pérdida de empleos, encarecimiento de los alquileres e incertidumbre ante el futuro, principalmente en el Este. “El nivel de ansiedad entre la ciudadanía era enorme”, recoge Ghodsee citando a la historiadora Dagmar Herzog y su libro East Germany’s Sexual Evolution. “Una y otra vez, a lo largo de los años noventa, la población del Este (tanto gay como heterosexual) expresó la convicción de que el sexo en su lado del Telón de Acero había sido más auténtico y afectuoso, más sensual y más satisfactorio (y menos centrado en el yo)”, señala la historiadora.

En Alemania se comprobó también algo lógico que, sin embargo, suele pasarse por alto, y es que “cuando los hombres contribuyen en igualdad al trabajo doméstico, la pareja disfruta de relaciones sexuales más frecuentes y satisfactorias en el futuro”.

Más ansiedad y depresión, menos sexo

Francisca Molero apoya esta tesis y explica que, aunque “el sexo en los humanos es instinto”, cada vez influyen más “las emociones, los sentimientos y el contexto”. “Si el contexto no es el adecuado, no estás pensando en sexo; y si no piensas en sexo de una manera positiva, difícilmente lo desearás. Si vas todo el día corriendo, sin dejar de hacer cosas, ¿cuándo piensas en sexo? ¿Cuando te sientas en el sofá y no puedes ni levantarte, porque estás agotada?”, plantea. En muchas parejas, el sexo se ha convertido en algo del fin de semana, y da gracias.

Un estudio británico que analiza datos de encuestas realizadas entre 1991 y 2012 revela que menos de la mitad de las personas de entre 16 y 44 años tienen sexo al menos una vez a la semana, y no porque no quieran. Más de la mitad de las mujeres (50,6%) y de los hombres (64,3%) encuestados en 2012 dijo que le gustaría tener relaciones sexuales con más frecuencia, más de diez puntos por encima de los que respondieron esto a principios de los 2000.

“Yo no sé si esto podrá cambiar”, admite Molero. La sexóloga ve con buenos ojos propuestas como la de Más País, el partido de Íñigo Errejón, de reducir a 32 horas semanales la jornada laboral. “Es la manera de conciliar y de vivir”, sostiene la presidenta de la FESS.

La salud mental de la población, algo en lo que también se incide mucho desde esta formación política, también es clave para una buena vida sexual. “La ansiedad y la depresión son las dos patologías que más influyen en la insatisfacción sexual, tanto por la enfermedad en sí como por los medicamentos que se recetan para ello”, abunda Francisca Molero, pues el consumo de antidepresivos y ansiolíticos baja la libido.

A la sexóloga le consta que ya hay países preocupados por esta disminución en la actividad sexual, que a su vez contribuye a una baja natalidad. Las ayudas a la conciliación, las prestaciones por hijos y las facilidades para encontrar guardería son fundamentales. El tener tiempo para acostarse con la pareja (o tiempo para llegar a desearlo), también. Molero recuerda, y no le parece descabellada, la propuesta de un concejal sueco, que en 2017 quiso dejar una hora libre al día a los trabajadores para que pudieran irse a su casa a tener sexo. Según datos de ese año, en España se trabajaba, de media, 37,7 horas semanales, 1,3 horas más que en Suecia (36,4) y por encima de la media europea.

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