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16/04/2019 12:08 CEST

'¿A quién te llevarías a una isla desierta?' (Netflix): la película que saca los colores a la generación 'millennial'

La cinta de Jota Linares con María Pedraza, Jaime Lorente, Pol Monen y Andrea Ros pone de relieve al menos siete tropiezos de los jóvenes.

Netflix

Desde su estreno en Netflix el pasado viernes 12 de abril, los comentarios sobre ¿A quién te llevarías a una isla desierta? no cesan. La película de Jota Linares ha sido un guantazo con la mano abierta a toda una generación, la de los millennials, que de repente se ha visto identificada en la historia protagonizada por María Pedraza, Jaime Lorente, Pol Monen y Andrea Ros

Marta, Marcos, Eze y Celeste son compañeros de piso y amigos. Llevan ocho años viviendo juntos en Madrid, hasta el momento en el que Marcos (estudiante de Medicina) y Marta deciden trasladarse a Oviedo porque él tiene que hacer la residencia en Asturias. Todos se ponen manos a la obra con la mudanza, que acaba siendo también emocional. Jota Linares ha vuelto a remover al espectador, como ya hizo con Animales sin collar

¿A quién te llevarías a una isla desierta? es el reflejo de una generación que se cree que se come el mundo y de repente se estampa contra un muro. Precisamente la autocrítica es una de las claves que la que ha convertido a la película en un fenómeno, al menos en redes sociales, y que ha conseguido que los millennials se miren en un espejo. Los sueños, los éxitos, los batacazos y el (des)amor están presentes en la cinta, pero también muchos de los errores que comentemos. Así desmonta la película los tropiezos de nuestra generación (spoilers incluidos):

Creernos especiales... cuando no lo somos

Es incluso parte del diálogo. El de Celeste, una joven actriz a la que no le salen papeles y a la que su amigo, Eze, le dice que le llegará algún proyecto cuando ella le cuenta que ha encontrado trabajo en McDonald’s. “Igual ese es el problema, creernos especiales cuando no lo somos”, le reclama. Ahora ella solo busca cotizar más de diez minutos, lo máximo que ha conseguido como actriz, y no entusiasmarse cuando le llaman de un número de teléfono largo para luego desilusionarse.

La falta de riesgo y el miedo al fracaso

Eze es ese personaje que todos conocemos en la vida real, que tiene millones de ideas brillantes pero se las guarda para sí mismo. Estudia cine y acumula ideas en la libreta esperando que se conviertan en un guión... pero no se las enseña a nadie, ni siquiera a alguien que pueda ayudarle a convertirlas en una realidad. Le ofrecen una beca en Londres y su amigo le pide: “No te acojones, que no te metan en la cabeza eso de que no es tu sitio”.  

Damos importancia a lo que no la tiene

Los personajes se pasan el tiempo pensando en lo que va a pasar en el futuro (cuando nadie sabe qué pasará en el futuro), mientras que los momentos importantes les pasan desapercibidos. Cuando llegaron al edificio ocho años atrás, subían a la azotea y cantaban borrachos y eufóricos Insurreción. Y disfrutaban. Ya no lo hacen y ni siquiera han pasado la barrera de los 30. ”¿Crees que eso era algo importante?”, pregunta Jaime Lorente a la vecina a la que molestaban.

Nos creemos que el mundo es nuestro

Nuestra película, “nuestra canción”... Tenemos la piel fina en cuanto alguien roza ‘lo nuestro’. Nos creemos que el mundo nos pertenece y que sólo pueden participar de él quienes nosotros decidamos. Es uno de los reproches de un personaje a otro.

Somos dependientes emocionalmente

“Lo que te jode es que prefiera a otro de sus amigos”. La frase sale disparada como una navaja en medio de una discusión. La escena deja claro uno de los problemas de la generación millennial: el sentimiento de posesión, también entre amigos.

Somos incapaces de relativizar

Ocho años viviendo juntos en paz y armonía (supuestamente), sin roces ni conflictos, y todo se echa a perder por un juego de niños. La despedida acaba de la peor manera.

Nos pasamos la vida diciendo lo que vamos a hacer... y no hacemos nada

Se insiste en la idea de la falta de iniciativa. De que, aunque insistamos en que somos la generación más formada de España, no sacamos provecho de ello. De que a lo mejor no tenemos tanto talento como creemos. Y al final solo estamos “tranquilos” cuando acabamos “resignados”.

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