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22/06/2019 09:35 CEST | Actualizado 22/06/2019 09:35 CEST

Pornografía y violación

Los chicos de La Manada piensan que el sexo es como en las películas.

Europa Press News via Getty Images
La Manada: Ángel Boza, Antonio Jesús Cabezuelo, José Ángel Prenda, Antonio Manuel Guerrero, y Jesús Escudero.

Mientras un país aparentemente sensato y moderno celebra la condena a La Manada por violación, una práctica preocupante se filtra entre los adolescentes: el sexo grupal. Podemos pensar que los sevillanos son unos monstruos perversos, pero estaremos mintiéndonos: tal y como se ha explicado, son hijos sanos del heteropatriarcado, o buenos chicos, como siempre se entendió. Soldados, policías, deportistas y varias virtudes más. Gamberros, graciosos, juerguistas y varios defectos tolerables hasta el momento en el que drogan a chicas y las someten a sexo grupal. Está claro que no son inteligentes, hasta su abogado lo dijo, pero corresponden a un estereotipo de su generación que es desgraciadamente frecuente en discotecas y campos de deporte. Son un reflejo de Mujeres, hombres y viceversa pero no por ello son malos, aunque a algunos no nos guste ese estilo. 

Los chicos de La Manada piensan que el sexo es como en las películas, creen que los actores porno disfrutan, no distinguen entre realidad y ficción así que practican sexo en grupo casi porque creen que es tendencia. Han crecido con acceso ilimitado a la pornografía en Internet y han formado su imaginario sexual siguiendo lo que la red les ofrece. No seamos fariseos, en las generaciones nacidas hasta los años 80 el acceso a la pornografía era casi igual de fácil a través de las revistas primero y del vídeo después. Esa pornografía que consumíamos evolucionó con los tiempos y a cada época corresponden unas prácticas y unos términos. Si hacemos memoria, veremos cómo hace 30 años el término “orgía” remitía a un grupo de gente practicando sexo en un espacio común, cambiando parejas y montando tríos. Existía un porno duro en el que el sexo grupal era más agresivo, recuerdo la revista Private, pero entre los modelos de la época el hoy obsoleto menage a trois era como muy tremendo, así que términos como bukake ni se esperaban.

La pornografía, con su generalización y abaratamiento, se volvió cada vez más competitiva y las productoras clásicas desaparecieron. Cualquiera con un cámara podía petarlo en el circuito porno. De hecho, las cintas amateurs eran las más buscadas. La dureza empezó a ser mayor y figuras como Nacho Vidal recurrían a la violencia física con frecuencia, marcando una distancia con iconos anteriores como Rocco Siffredi. Para sintetizar, en las películas de los 80 el momento álgido era un trío y la sodomía era un plus que no siempre se ofrecía. En las actuales no existe escena que no incluya una o ambas prácticas y el sexo “deportivo” grupal está presente en la casi totalidad de las cintas, que ya no son cintas.

Los chicos de La Manada piensan que el sexo es como en las películas, que los actores porno disfrutan, no distinguen entre realidad y ficción: practican sexo en grupo casi porque creen que es tendencia.

Si está usted alejado de la pornografía actual visite alguna de las miles de webs gratuitas y entenderá rápidamente por dónde va esto. Eso es lo que consumen los adolescentes actuales. No pretendo censurarlos, cada generación consume el porno de su tiempo, pero el que se les propone a ellos ha derivado en una competición erótico atlética colectiva en la que los fluidos de desconocidos parecen ser ambrosía y en el que la mujer es un mueble blandito.

Ante esta realidad la inmensa mayoría de jóvenes se limita a masturbarse, esconder en el ordenador descargas selectas y fantasear, pero no todos los chicos son sanos. Cuando el bajo coeficiente intelectual se suma a una formación machista en la que se entiende a la mujer como objeto y se remata con años de visionado de pornografía en la que ella es casi un sumidero, surgen abominaciones como lo de estos chicos. Uso el término abominación en un doble sentido. El hecho de la violación es espantoso, pero el que ellos, junto a una parte de la sociedad que los defiende, entiendan que es aceptable penetrar simultáneamente a una niña de 18 años, intercambiando orificios con penes que transportan heces, es que algo va realmente mal.

Ni se debe ni se puede prohibir la pornografía, pero es necesaria una pedagogía actualizada de lo que está entrando en las casas a través de los ordenadores. Sin alarmismos, sin censuras, pero con una cierta celeridad.

Y explicar a los nuevos usuarios, a los más jóvenes, que no todo el sexo es sano.

 

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