Porros y cambio climático, o cómo las drogas destruyen el medioambiente

Desde la climatización y la iluminación para el cannabis a la deforestación del cultivo de coca, pasando por los residuos en el mar. Otra razón más para rechazarlas.
Un mosso revisa cultivos ilegales de cannabis en Martorell (Barcelona), en octubre de 2020.
Un mosso revisa cultivos ilegales de cannabis en Martorell (Barcelona), en octubre de 2020.
JOSEP LAGO via Getty Images

Fumarse un porro contribuye al cambio climático y esnifar una raya de coca en Londres contamina un riachuelo en el Amazonas, advierte el Informe Mundial sobre Drogas de 2022 publicado hoy por la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito (Onudd).

La destrucción medioambiental por la producción y el consumo de drogas es un fenómeno poco estudiado pero creciente, que afecta sobre todo a países vulnerables.

El informe de este año es el primer acercamiento en profundidad a cómo los estupefacientes no sólo afectan a la salud, la criminalidad y la economía, sino también a los ecosistemas.

Producir un kilo de cocaína, por ejemplo, genera 30 veces más CO2 que un kilo de granos de cacao. Cada año, la producción de cocaína lanza a la atmósfera 8,9 millones de toneladas de CO2, equivalentes a las emisiones de 1,9 millones de automóviles.

Cannabis y cambio climático

A esas emisiones de efecto invernadero contribuyen también los cultivos de cannabis en interior, que están ya sobrepasando a las plantaciones al aire libre, pues requieren de equipos de climatización y de iluminación que consumen mucha energía.

Con todo, el informe matiza que el efecto medioambiental de la industria de las drogas no tiene tanta relevancia a nivel global como el de la agricultura legal o la industria farmacéutica.

Pero el impacto sí es considerable en comunidades locales, en aspectos como la deforestación, la contaminación del agua, el suelo y el aire, especialmente en países con menos recursos.

Deforestación por la coca

Así, el cultivo de droga conlleva una deforestación acelerada de las reservas naturales, lejos del control gubernamental, en países como Colombia, donde cerca del 50 % de la tala de árboles de las regiones de Putumayo y Catatumbo se realiza para la plantación de arbustos de coca.

En Catatumbo, las hectáreas de cultivos en zonas montañosas han aumentado un 272 % entre 2015 y 2020, una muestra de la prosperidad de un negocio que genera por kilo de cocaína 590 kilos de dióxido de carbono, lo mismo que quemar 220 litros de gasolina.

En general, se estima que la mitad de los cultivos de coca en Colombia están en zonas con especial protección medioambiental.

También en Marruecos o Nigeria, el cultivo de cannabis ha provocado un impacto devastador en ecosistemas que ya de por sí son frágiles, afectando especialmente a la escasez de agua y la pérdida de biodiversidad.

Sensibilizar a los jóvenes

“Esperemos que esta información sea utilizada por los jóvenes aquí en Europa, que son muy sensibles al medio ambiente, para pensar que, cuando se fuman un porro, están afectando a alguien”, declara a Efe Angela Me, directora del departamento de investigación y estadística de la ONUDD, y coordinadora del informe.

La experta considera que las políticas medioambientales en países productores deberían incluir el factor droga en sus planes, y al desarrollo sostenible en las estrategias de eliminación de cultivos ilegales.

Según esta agencia de Naciones Unidas, mientras que el impacto medioambiental de drogas originadas en plantas, como el cannabis, la cocaína o la heroína, se da en países más vulnerables, el de las drogas sintéticas es más global, ya que pueden producirse en cualquier sitio.

Vertidos al mar

Según el informe, el volumen de los residuos de la fabricación de drogas sintéticas, que suelen acabar en los mares y los ríos de los países productores, es hasta 30 veces mayor que el del producto final, que se consume principalmente en Europa y Norteamérica.

Calculando sobre la cantidad de drogas sintéticas incautadas durante 2022, la ONU estima en hasta 4.300 toneladas el total de desechos mundiales por año producidos por el éxtasis, las anfetaminas y las metanfentaminas.

“Está claro que las drogas tienen un impacto importante en el medio ambiente en las comunidades donde se producen. Hay un claro impacto en el suelo, en el agua e incluso en la cadena alimentaria, en los productos agrícolas y ganaderos”, alerta Me.

En Bélgica y los Países Bajos se ha encontrado “la presencia de MDMA (éxtasis) en muestras tomadas de granos de maíz”, lo que se atribuye a la contaminación del suelo por residuos sintéticos, reseña el documento.

También se han encontrado graves daños de ecosistemas en Camboya y Myanmar causados por los disolventes usados para fabricar drogas sintéticas, un mercado de gran proliferación, con más de mil nuevas sustancias psicocativas en los últimos años.

En cantidades suficientes, los compuestos químicos arrojados al mar y a los ríos pueden matar el crecimiento de bacterias que proporcionan un tratamiento natural de las aguas y provocar dependencia de sustancias adictivas en los animales que las habitan y que acabamos comiendo, advierte la Onudd.

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