Prefiero llorar dos minutos y estar cómoda el resto del día

Lo fácil sería adaptarse, amoldarse, pero Lola ha optado por la vía difícil, que es la que le permitirá ser siempre ella.
Imagen de archivo de una joven mirando hacia arriba en medio de una multitud. 
Imagen de archivo de una joven mirando hacia arriba en medio de una multitud. 

Hace dos días leí la frase de arriba en Facebook. Son las palabras de Lola, la hija de mi amiga Inma Liñana y Óliver Johnson. Va al colegio con pantalones en vez de la falda preceptiva y los niños se han reído de ella. Ha vuelto a casa llorando tres veces. Esto, en otra época, se despacharía con un “los críos son unos cabrones” y ya está, pero los tiempos nos hablan de otra forma.

La paternidad nos pasa a todos por encima como un tren de mercancías, eso es cierto pero que sea complicado no es una excusa. Solemos descargar la educación en el colegio sin pensar en dos cuestiones importantes. La primera es que en el colegio dan formación, la educación la damos en casa los padres o tutores. Si no educamos a los niños nosotros no podemos luego reclamar al centro por no haber leído el tácito acuerdo que firmamos cuando entregamos a los niños cada mañana. La segunda es que la educación que damos es consciente e inconsciente. La consciente es enseñarlos a que coman con cuchillo y tenedor, la inconsciente es lo que aprenden en los resquicios, en nuestros tiempos muertos, cuando no estamos pensando en educarlos.

Solemos ser eficientes riñendo para que se laven los dientes o digan buenos días pero al mismo tiempo exhibimos nuestra peor cara en las conversaciones, cuando algo de la tele nos irrita o, simplemente porque siempre somos unos racistas, unos clasistas o unos idiotas.

Todo eso lo serán los críos, esas máquinas perfectas de imitar y perpetuar lo mejor y lo peor que tenemos los padres. El colegio les habrá enseñado a leer perfectamente en francés y nosotros les habremos enseñado que los gabachos son una gentuza porque nos caen mal o, simplemente, porque así lo dictan los complejos que llevamos dentro.

Es una cuestión muy difícil porque nosotros no vemos nuestro propio machismo ni nuestra dosis de xenofobia, por lo tanto no lo vamos a corregir. Nos consideramos un buen modelo para nuestros hijos sin hacer demasiada autocrítica, sin pensar en que un padre es padre 24 horas al día (o una madre) y que, con demasiada frecuencia, hablamos de más. Unas veces nos arrepentimos, otras no, pero ellos siempre están ahí y nos oyen decir que “no tenemos nada contra los moros PERO” y en ese “pero” viaja el demonio. Están ahí cuando hablamos de feminismo, de política, de economía. Y nuestras palabras no son las de otro, quien habla es algo parecido a la divinidad, al menos hasta que en la adolescencia nos vean como un obstáculo para todo. Si las llamamos cerdas ellos las llamarán cerdas.

“Lo fácil sería adaptarse, amoldarse, pero ella ha optado por la vía difícil, que es la que le permitirá ser siempre ella.”

Esa seguridad con la que hablamos de todo siempre es algo que para ellos supone un escalón que buscan saltar y para saltar un escalón hay que estar por encima. La forma natural en que muchos niños se ponen por encima de otros es el abuso. En una pirueta psicológica el bullying puede venir de la inferioridad frente a padres demasiado seguros. La fanfarronería del que crece oyendo a un fanfarrón, la repetición el “a ese le daba yo una hostia que le saltaba los dientes”

No es esa la única razón, de hecho estoy obviando la principal, y es que los acosados se vuelven demasiadas veces acosadores, pero estamos aquí en máximos y hablo de una sorda violencia que no llega a lo físico, hablo de ese acoso no denunciable, del acoso cultural en el que todos hemos crecido.

Lola resiste las burlas de niños educados en la convencional, en un esquema mental delimitado cuando ella está educada muy de otra manera. Sus padres son artistas, gente con una visión del mundo en el que no cabe el bullying ni la fanfarronería frente a la tele, lo cual quizá la haga singular en un mundo al que da miedo la singularidad.

Todo esto es demasiado frecuente como para que se publique un artículo, pero es que Lola prefiere llorar los tres minutos e ir el resto del día cómoda. Lo fácil sería adaptarse, amoldarse. Mimetizarse con la mediocridad del entorno y evitar los tres minutos de llanto pero ella ha optado por la vía difícil, que es la que le permitirá ser siempre ella, sean como sean los demás. Admiro a quien huye de la mímesis calmante, a todos aquellos que dibujan su camino sin importarle cuántos imbéciles tenga alrededor y cómo sean de imbéciles.

Admiro a Lola.