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20/02/2019 07:29 CET | Actualizado 20/02/2019 07:29 CET

Primer capítulo de 'Aprende a resolver lo que te hace sufrir'

Lee la primera parte del libro de Jesús Jiménez y María Ibáñez.

Getty Images

El viento que llegaba desde la Antártida era muy frío y a pesar de ello nadie se iba de la pedregosa costa. En la gran bahía de Hermanus, en la costa sur de Sudáfrica, contemplábamos cómo se aproximaban las ballenas francas, con sus cerca de 30 toneladas de peso.

Era un especial encuentro al borde de los acantilados, en el que humanos y cetáceos se observaban mutuamente con curiosidad. En el lado de los humanos se respiraba un ambiente de hermandad sin palabras, una intensa alegría, como si al observar a los colosos del mar que nos miraban surgiera la conciencia de pertenecer a una misma especie, la humana. Y a su vez vinculados con aquella otra extraordinaria especie que se acercaba surcando el agua hacia la costa.

Durante nuestra estancia en Sudáfrica conversamos con los dueños de una cadena hotelera de origen bóer, con empleados de la limpieza de etnia xhosa en Maropeng, con un atento taxista zulú en Durban y con el amable y cosmopolita dueño de una tienda en Ciudad del Cabo. Charlamos sobre la situación del país, los años bajo el protectorado británico, la posterior y terrible época del apartheid y la actual etapa, en la que aún existen grandes desigualdades sociales. También hablamos de sus temores, sus emociones, preocupaciones, anhelos... Y constatamos lo que hemos observado en otros países, y también en la vida cotidiana: lo parecidas que son psicológicamente todas las personas del mundo.

También vivimos durante varios meses en una apartada región del Himalaya Central, entre Nepal y el Tíbet. En aquel lugar no había carreteras, ni bicicletas, ni ningún otro medio de transporte. Solo se podía ir caminando por los agrestes senderos de las montañas. Tampoco había luz eléctrica, ni televisión, ni teléfonos o radios... El plástico era algo casi desconocido allí en aquella época. Los escasos habitantes vivían aislados del mundo y, sin embargo, sus preocupaciones, sus deseos, sus emociones y pensamientos eran similares a cualquier otra persona del planeta. Su miedo no era a quedarse sin trabajo, su miedo era a que la cosecha de cebada no fuera buena y a pasar penalidades aquel año. Había inquietud con respecto al sustento y las necesidades diarias. Circunstancias externas diferentes pero el mismo miedo al futuro.

En El Salvador, Centroamérica, tras la cruenta guerra civil que padeció el país, convivimos durante dos años con excombatientes de ambos bandos, asentados muy cerca los unos de los otros. La casa donde vivíamos era una choza hecha con maleza, integrada en una pequeña comunidad en mitad de la selva. Allí operaban diferentes organismos humanitarios, nacionales e internacionales, laicos y religiosos, políticos y no gubernamentales. Todos convivían con los graves conflictos de la región, la inestabilidad política, los restos de violencia de la posguerra y los traumas del pasado reciente.

A pesar de tan extremas dificultades, era esclarecedor constatar que todos los bandos tenían similares inquietudes, similares virtudes y defectos. El dolor por lo vivido, el rencor, el odio, los ratos de alegría a pesar de las dificultades, la solidaridad, el miedo, el hábito de culpar a otros, las ganas de comenzar una nueva etapa...

En Estados Unidos, en el sur de California, observamos el menosprecio a los hispanos, y cómo estos se tornaban sumisos externamente por miedo a no tener trabajo. También advertimos la lucha de poder que se desarrollaba en el seno de una organización internacional cuyo objetivo era, supuestamente, la paz interior.

Exploramos la búsqueda del éxito de muchos habitantes de Los Ángeles y el glamur inexistente del Paseo de la Fama en Hollywood. En Nueva York pudimos examinar el individualismo y la competitividad más extremos y, simultáneamente, un compañerismo solidario entre gentes de muy diferentes clases sociales, orígenes y culturas.

En India, lugar en el que residimos durante más de un año, entablamos amistad con escritores, políticos, dirigentes espirituales, sanyasis, ascetas, buscadores de la verdad, artistas... Cada uno de ellos con actitudes externas diferentes, con vivencias distintas, pero con similares temores, parecidas creencias erróneas, equiparables complejos e inseguridades inconscientes.

En Marruecos, en Noruega, en Túnez, en Suecia, en Tailandia, en Alemania, en Argentina, en Inglaterra, en Suiza, en Bolivia, en Italia... en todos los lugares observamos circunstancias externas diferentes. Comportamientos con peculiaridades propias de la región, de la clase social, pero similares reacciones psicológicas basadas en los mismos temores sin resolver.

Diferencias sociales y miedos comunes

Entre personas con diferentes circunstancias personales ocurre algo similar. Hablamos con Marcos (los nombres son figurados), que vive en Galicia; de aspecto desaliñado, dedicado a la agricultura, le gusta escalar, lleva rastas en el pelo y conduce una furgoneta. O con Alfredo, que vive entre Madrid y Zaragoza, viste siempre los mismos trajes, tiene un alto cargo en el Gobierno, va en coche oficial y no tiene tiempo para su familia. Hablamos con Juana, ama de casa jubilada, de Barcelona; no conduce, y vive pendiente de sus hijos y nietos. Con Juan José, un empresario andaluz con un nutrido grupo de empleados a su cargo, de aspecto cuidado; conduce un vehículo de alta gama y tiene mentalidad de ejecutivo. Con Erika, una joven sueca, estudiante de formación profesional, vestida con estilo alternativo, que se desplaza en transporte público, le gusta salir con las amigas; está acomplejada por haberse criado en una apartada granja en su pueblo natal... Y con Mónica, directiva de una empresa multinacional, de Madrid, que pasa gran parte de su tiempo subida en un avión, meticulosamente arreglada...

A todos ellos, un abismo de ideas les separa. Sin embargo, más allá de los conflictos psicológicos personales, todos tienen preocupaciones similares: temor por no sentirse capaces de salir adelante económicamente, o a perder lo que tienen; miedo al futuro, a no sentirse valorados, a la soledad, a la opinión de los otros, al fracaso...Todos ellos tienen ira reprimida, anhelo por relacionarse mejor con los demás y por sentirse queridos. Todos reaccionan al menosprecio. Todos son mentalmente críticos con los demás y consigo mismos. Todos son competitivos y tratan de sentirse superiores. A ninguno le gusta reconocer que siente odio. A todos les cuesta mostrar sus debilidades. Han olvidado sucesos dolorosos y lloran cuando los recuerdan... Tienen todas estas particularidades, entre otras muchas.

Una y otra vez, observamos que son infinitamente más las similitudes que las diferencias. Todos ellos quieren ser únicos, especiales, sin saber que ya lo son, y hasta en eso son similares.

El ser humano no está terminado

El ser humano no está acabado, está inmerso en un proceso evolutivo. Está aprendiendo de sus errores en la vida cotidiana, de sus conflictos en la relación con los demás y consigo mismo.

La vida es un proceso de aprendizaje, la mayoría del tiempo mediante ensayo y error. Y puesto que cada ser humano está sumido en su proceso de evolución, continúa aprendiendo de los problemas que surgen en su vida diaria. Y aunque a veces no lo parezca, aprender es inevitable.

Pretender ser perfecto, no equivocarse, hacerlo todo bien, es una distorsión de la mente que produce frustración, sufrimiento. Es un error nacido del miedo a la crítica de los demás, del miedo a sentirse torpes y menospreciados. Es un error originado en la necesidad de sentirse superiores, por temor a sentirse inferiores.

Perjudicará su mente, su estado de ánimo, que centre el interés en hacerlo todo bien, porque se exigirá, aumentará su orgullo si cree que lo consigue, se enfadará si no alcanza sus objetivos. El interés debe enfocarse en continuar su propio proceso de aprendizaje, con sus errores, aciertos, fallos, equívocos y dudas, aprendiendo de todo ello, con paciencia y humildad. Disfrutando de los aciertos y asimilando lo que no saben, podrán ir avanzando en entendimiento y, poco a poco, sabrán resolver sus problemas de forma satisfactoria.

Actuando así, inevitablemente, cada vez serán más inteligentes y se sentirán cada vez mejor.

RESPONSABLEMENTE