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23/07/2019 07:15 CEST | Actualizado 23/07/2019 07:15 CEST

Pues Macron diría: “Son gilipollés…”

El HuffPost

El Súper Quinto —me acuerdo cuando hablo de este personaje del famoso Súper López, que acabó volatilizado— como no podía faltar en ejecutivo tan engreído y encumbrado, ha querido devolverle la pelota al presidente francés, el socio liberal y reformista Emmanuel Macron, que criticó duramente la alianza fáctica de Ciudadanos con la representación española de la ultraderecha que trota por la llanura europea encarnada en VOX, ese batiburrillo neofranquista, neoliberal y neoanarquista nacido de la placenta de la derecha fraguista.

“¿Dirá algo Macron al respecto?”, se pregunta Marcos de Quinto, ex jefe de Coca Cola, ante la posibilidad de que termine fraguándose el acuerdo entre Podemos y el PSOE para la investidura de Pedro Sánchez. La pregunta es además de retórica, estúpida, porque la contestación es evidente: Macron le diría a Albert Rivera con toda probabilidad algo así como “mira que eres gilipollas” (o gilipollé, en franchute coloquial).

Porque hay un hilo —como se dice ahora, antes era una cadena de hechos— que no conviene olvidar. Hubo un tiempo en que Albert Rivera era socialdemócrata y liberal, y fue por esa condición, además de por su arrojo contra los separatistas catalanes en el campo de batalla defendiendo la unidad nacional y el Estado Constitucional, como subió tal que la espuma en el aprecio de un amplio sector centrista a ambas amuras de la población. 

Pero, ojo con la espuma, que cuando se agita bien el cava sale con estruendo, tapón en plan proyectil, pero desaparece pronto; es una sensación eufórica pero engañosa. A los que no les toca El Gordo se conforman con la simulación delante de los estancos de la suerte. 

 

Hubo un tiempo en que Albert Rivera era socialdemócrata y liberal, y fue por esa condición, además de por su arrojo contra los separatistas, como subió tal que la espuma.

 

Muchos votantes socialistas desencantados les vieron como una alternativa. También, es verdad, muchos populares de centro izquierda, que haberlos, haylos, como las meigas en Galicia, aunque no se hagan notar. Cada pensionista, cada mujer que cobre una pensión no contributiva, cada uno que necesite atención médica de calidad y gratuita, cada estudiante sin recursos, desde la niñez a la universidad, le da gracias cada día al Estado de Bienestar. 

Por eso, por ese gen socialdemócrata, por ese bienestar social que depende de la distribución de los impuestos, la derecha no dice claramente a los mayores y/ o dependientes: nuestro proyecto es privatizar las pensiones, hacer inviable la sanidad pública, acosar a la universidad pública, que las familias se ocupen de los familiares aunque no puedan…. Y buena suerte.

Con la victoria de Pedro Sánchez, El Renacido, el secretario general socialista aprovechó para corregir los muchos errores de su vida anterior y diseñar un nuevo hombre de Estado. No perdió ocasión para tener una fuerte presencia internacional, para colarse en el ámbito de poder de la Unión Europea, por ejemplo, estrechando relaciones con el eje franco-alemán, para enviar al interior un mensaje europeísta y, sobre todo, de moderación y credibilidad. 

Se acabaron las ocurrencias de la plurinacionalidad ‘recontrafederalizante’ y se tendió la mano a Ciudadanos para recuperar el solemne “acuerdo para un gobierno reformista y de progreso” de febrero de 2016.  

 

Pero Rivera ya no era reformista, liberal y socialdemócrata. Había virado a estribor y ahora era netamente conservador. Ya su objetivo no era cambiar la vieja política, la regeneración ética y moral, y la vía progresista, sino simplemente disputarle el espacio electoral al PP.

 

Cortemos, o separemos, las ramas de los árboles que no dejan ver ni el bosque ni el árbol. La idea, concreta y reiterada, no fue atendida. Rivera ya no era reformista, liberal y socialdemócrata. Había virado a estribor y ahora era netamente conservador. Ya su objetivo no era cambiar la vieja política, la regeneración ética y moral, y la vía progresista, sino simplemente disputarle el espacio electoral al PP.

Veía más fácil y cercano, se supone, llegar a la Moncloa como inquilino pasando por encima de Pablo Casado (el famoso sorpasso), que compitiendo con Pedro Sánchez. Esa deriva le llevó a hacerse la foto de Colón, con el PP… y con VOX.  Manuel Valls, catalán, exprimer ministro francés con Hollande y el fichaje estrella de Rivera para Cataluña, fue a Colón, pero cuando se dio cuenta de la magnitud del error y de la encerrona, se negó a salir en la instantánea. Desde ese momento, comenzó su alejamiento de Ciudadanos.

O sea, que Albert Rivera y Pablo Casado han basado toda su estrategia en empujar a Pedro Sánchez hacía un indeseado pacto con Pablo Iglesias, para poder demonizarle mejor. 

 

Sabe Macron que hubiera sido factible que durante cuatro años hubiera habido un gobierno sólido asentado en una mayoría suficiente formada por el PSOE y Ciudadanos, con otros apoyos parlamentarios puntuales. Un gobierno que pudiera llegar a agrupar respaldos suficientes para esos deseados pactos de Estado y que se consideran inaplazables.

 

Eso lo sabe perfectamente Emmanuel Macron.  Sabe que Ciudadanos ha escogido como compañeros de viaje, si bien con disimulo vergonzante, a un grupo cercano a los apestados a quienes los partidos democráticos europeos han impuesto un cordón sanitario. En cambio, Rivera pone ese cordón sanitario al PSOE, un partido constitucionalista y europeísta que tiene toda la confianza – y la esperanza— de los partidos democráticos europeos.  

Sabe Macron que hubiera sido factible que durante cuatro años hubiera habido un gobierno sólido asentado en una mayoría suficiente formada por el PSOE y Ciudadanos, con otros apoyos parlamentarios puntuales. Un gobierno que pudiera llegar a agrupar respaldos suficientes para esos deseados pactos de Estado y que se consideran inaplazables; y para afrontar tanto el conflicto catalán, como otras derivas separatistas por simpatía en gestación, así como esa nueva gran crisis económica que detectan todos los expertos en el capitalismo que se ha auto-desregulado.

Ante estas circunstancias, Pedro Sánchez ha insistido en un mensaje: un acuerdo con Podemos no puede incluir ni a Pablo Iglesias ni a otros jerarcas podemitas en el Consejo de Ministros. A los ministros los nombra él, el presidente del Gobierno, y puede elegir a personalidades independientes no radicales. Hay ministerios sensibles –Interior, Exteriores, Defensa….— que estarán vedados al mal menor, a los novios de conveniencia... No habrá, se dice desde el PSOE, lugar a salidas de tono que agrieten la cuaderna maestra: la Constitución de 1978, la unidad nacional, el europeísmo y un proyecto de más y mejor Europa, la OTAN y los compromisos internacionales en materia de seguridad y defensa, y una política  económica que aprenda de los errores de Zapatero y de los de Rajoy. 

Ni lo uno, ni lo otro. No se puede poner en peligro la estabilidad económica, pero tampoco se puede mantener la injusta y altamente explosiva brecha social cuya gravedad ha suscitado las advertencias de diversos organismos internacionales nada sospechosos de izquierdismo. Hay que mantener la unidad en la OTAN y en la UE, pero hay que evitar repetir el error de Aznar en la guerra de Irak con el seguidismo a Donald Trump en su irresponsable proyecto de incendiar todo Oriente Medio ara quemar las barbas de los ayatolás iraníes, y de paso aumentar el precio del petróleo por aquello de America First.

 

Desde distintos sectores, nacionales e internacionales, se sigue aconsejando o bien un gobierno de Sánchez con Ciudadanos, o una abstención técnica del PP y Ciudadanos, o de uno de los dos, para investir al secretario general del PSOE, al fin y al cabo, la lista más votada.

 

Como a las investiduras las carga el diablo, nada está seguro hasta el recuento de los votos en el Congreso. Nada puede darse por descontado. Como decía un político canario de la UCD, en medio de las cíclicas crisis de las baronía ucedistas: “Lo más seguro es que cualquiera sabe”.

A pesar del quintismo irónico, lo cierto es que desde distintos sectores, nacionales e internacionales, se sigue aconsejando o bien un gobierno de Sánchez con Ciudadanos, o una abstención técnica del PP y Ciudadanos, o de uno de los dos, para investir al secretario general del PSOE —al fin y al cabo, la lista más votada—.

Esto, por otra parte, también tiene efectos secundarios adversos: facilitaría una moción de censura a medio plazo. El problema es que aún ni Casado ni Rivera saben a ciencia cierta cuál de los dos sería el ‘califa en lugar del califa’ del cuento de Las mil y una noches.

Porque como muy bien ha dicho Inés Arrimadas: aquí lo que se juega es el sillón. “El baile del sillón”, dijo. Ella se refería al conflicto entre Sánchez e Iglesias, quien ha tenido que cortarse la coleta y renunciar a entrar en el Consejo de Ministros para que entre alguien de su partido, o cercano. Pero la realidad es que hay otro baile paralelo, en el salón de al lado, el de Casado y Rivera, que precisan imperiosamente a Abascal y su VOX. 

En los tiempos de la mítica La Codorniz se daba por cierto que un día, tras el secuestro gubernativo de una edición, sacaron un titular que más o menos decía: “Sillín es a sillón, como cojín es a X, y nos importa dos equis, que nos cierren la edición”. 

Sustituyan ustedes edición por nación y tendrán una esclarecedora ecuación aplicable al caso que nos (pre) ocupa.

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