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29/05/2021 11:26 CEST | Actualizado 29/05/2021 11:26 CEST

Qué es más de izquierdas, ¿un festival de música o una romería?

¿Qué nos queda si abandonamos nuestras tradiciones de más raíces hondas? Nos queda lo importado, lo de otras culturas.

EFE
La escritora Ana Iris Simón, autora de 'Feria' en la presentación 'Pueblos con futuro'.

El pasado martes, en uno de los grupos de Whatsapp que tengo con mis amigos y compañeros de profesión, alguien escribió: “La que está liando Ana Iris Simón”. Yo, que no tenía ni idea de la cuestión, busqué el vídeo. Me encantó. Y lo subí a Facebook. Sin más. Pero a los pocos minutos lo borré.

Lo borré porque, acto seguido, en el mismo grupo pusieron este artículo: La izquierda lepenista y la nostalgia de un ensueño, un análisis del discurso de Simón, escrito por el tertuliano Antonio Maestre en el que, básicamente, dice que ese discurso es falangista, lepenista y nazi. Y me digo, ¡¡¡ a ver si voy a estar compartiendo cosas de nazis!!! Tras una primera lectura se me quedó la última frase: “una izquierda tradicionalista que exige volver a un pasado idílico inventado y le roba la memoria del sacrificio a su padre y a su madre nunca puede ser vanguardia”. Luego hablaremos sobre esto porque ¿qué pasa, que no había cosas de antes que eran, sencillamente, mejores, que daban más calidad de vida? ¿Todo lo mejor antes es inventado?

Pero, acto seguido, leí otro artículo sobre el mismo discurso. ¿Qué hay detrás de Ana Iris Simón?, de Elizabeth Duval. Un texto y análisis mucho más profundo, que parte de la lectura del libro Feria de la escritora manchega y de la que extrajo sus palabras ante el presidente Pedro Sánchez. Entonces decidí colgar definitivamente el vídeo en mi muro de Facebook. ¿Por qué? Básicamente porque me llegó y porque estoy de acuerdo. Sin ser yo falangista ni nada de eso.

También porque el segundo artículo, escrito por una mujer, dejó patente que Maestre lo que volvía a hacer era sacarse de nuevo el nabo sin ni tan siquiera haberse leído el libro de Simón. De esto último no tengo certezas, pero tampoco dudas. Porque si no Maestre, que no sale de lo mismo, nos lo hubiera hecho saber. Pero vamos a lo que vamos.

Escribe Maestre: “Ese es el problema fundamental del discurso de Ana Iris Simón y de quienes lo alaban. Tradición y revolución. Un discurso que apela a los valores de la familia, la natalidad, lo rural y bucólico, la nostalgia de un pasado idealizado...”

¿Es reaccionario defender el modelo de familia, como argumenta Maestre? Pues no, no lo es. Porque no hay un único modelo de familia. “Esta es mi familia de sangre y esta es mi familia elegida”, se repite entre mis amistades. Gente que no solo tenemos una familia, tenemos dos: de sangre y elegida.

Familia, en sus dos términos, no deja de ser una red de apoyo mutuo. Porque solos no se puede andar en esta vida. Y no solo me refiero al famoso colchón económico. Me refiero a tener gente que te eche de menos si un día te quedas pajarito en tu casa. Y es que vivo solo, cosa que no me parece idílica, en la ciudad de Sevilla. Igual que no me parece idílico compartir vivienda. Todo tiene sus pros y sus contras. Todo. Y nada es lo ideal.

Eso, que vivo en Sevilla, pero que soy de pueblo. En concreto de Benamejí. En el sur de Córdoba. 5.000 habitantes. Y me molesta profundamente ese discurso que ve a lo rural con lejanía y como con pena, como algo de lo que hay que escapar. Con condescendencia. Igual que me parecería absurdo que me hablaran de lo urbano como algo meramente negativo. Es que, simplemente, ¿no podemos aspirar a que, vivas donde vivas, lo hagas en condiciones? Con trabajo bien pagado, servicios públicos de calidad y sin miedo.

Me molesta profundamente ese discurso que ve a lo rural con lejanía y como con pena

Pero ¿por qué se nos ve a los pueblos como algo negativo y bucólico? Esto lo dice gente que, posiblemente, no sepa lo que es vivir en un pueblo. Como se desprende de lo que dice Maestre, que desprende un tufo de superioridad ante lo que podríamos llamar vida de pueblo.

¿Qué añoro de la vida de antes, en el pueblo, y me gustaría que volviera? Cosas sencillas. Y muy importantes. Como el hecho de que se vivía con las puertas abiertas. Prácticamente nadie las cerraba en la calle de mi abuela: podías ir de casa en casa tan solo empujando puerta. ¿Hay algo más maravilloso? Porque no había miedo a que nadie entrara a robarte. Porque la casa de tu vecina era también tu casa.

La arquitectura también la echo de menos, la forma inteligente en la que se construía antes. Casas hechas de tal forma que en verano se podía vivir sin aire acondicionado. ¿Por qué no se construyen ahora las casas teniendo en cuenta estos factores? Y hablo de casas humildes.

¿Hay algo hoy en día más vanguardista que disfrutar de las tradicciones populares?

Dice Maestre que “una izquierda tradicionalista que exige volver a un pasado idílico inventado y le roba la memoria del sacrificio a su padre y a su madre nunca puede ser vanguardia”. ¿Pasado inventado? Supongo que el tertuliano parte de su propia experiencia para hacer tal afirmación.

Me parece descabellada esta última frase del artículo porque, sinceramente, creo que no hay nada en día más vanguardista que abrazar las tradiciones, que es diferente a abrazar la tradición. Y mezclar esas tradiciones con aquello que hemos aprendido de otras culturas o tiempos: como hace Califato ¾ con la música. Qué alegría me dio este grupo con su nacimiento, mezclando mi infancia y juventud pubertaria en el grupo coros y danzas con mi juventud más tardía ravera. Por cierto, que los grupos de coros y danzas fue el invento franquista para apropiarse de todos los bailes populares y controlarlos, pero, no olvidemos, que el baile es del pueblo.

¿Qué nos queda si abandonamos nuestras tradiciones de más raíces hondas? Nos queda lo importado, lo de otras culturas. Oye, que no está mal, pero cada uno tiene que encontrar lo que le hace feliz. Y abandonar nuestra cultura propia y tradiciones, tanto en alimentación, cultura, costumbres... nos lleva a un mundo tan global y similar que, a mí, me aterra.

Yo, como tantos, me alejé un tiempo de mis costumbres y tradiciones. Por ejemplo, me ocurrió con la Semana Santa, en la que he participado desde pequeño. Llegó un momento en el que la contradicción de ser ateo, de izquierdas, maricón y participar de la Semana Santa se me hacía un tanto insoportable.

Intentando buscar respuestas realicé este reportaje para el diario Público: La Semana Santa que no va a misa. Así conocí al antropólogo Isidoro Moreno que me explicó que esta fiesta tiene muchas aristas, no solo una. Que es como mirar por un caleidoscopio. Y es imposible de entender solo desde el punto de vista religioso obviando lo cultura, folklórico, identidad familiar y de barrio…

Llegó un momento en el que la contradicción de ser ateo, de izquierdas, maricón y participar de la Semana Santa se me hacía un tanto insoportable

Es lo mismo que les pasa a los ultracatólicos que ven en la Semana Santa andaluza un hecho demasiado festivo, demasiado folclórico y alejado de dios. Ahí se encuentran lo que son incapaces de mirar la realidad con unas gafas de amplitud y precisas para ver el mundo de forma diversa. Con todas sus aristas. Por suerte, esto lo entiende mucha gente, pero los hay que piensan que la semana santa es una cosa de derechas, carca y, a ser posible, eliminar. Unos pesados, lo siento, pero son unos pesados.

Pongo otro ejemplo: los festivales de música. Me encantan. El Viñarock, el Cabo de Plata... Y también me encantan las romerías. Tanto gente festivalera como gente romera, al final, de lo que más disfrutan no es de la virgen ni de la música. Lo que recuerdan con una sonrisa de oreja a oreja es la convivencia y esa sensación de hermandad que han vivido. Pero parece aquí que para ser de izquierdas tienes que ir un festival y no a una romería. Y ambas cosas son completamente compatibles. Pero, una pregunta. ¿Qué es más de izquierdas, un festival de música en el que hay que pagar entrada y está gestionado por una empresa privada o una romería, donde el acceso y disfrute es público y gratuito

Más cosas del pasado que echo de menos: la seguridad de que, cuando te jubiles, vas a tener una pensión. Y, además, me gusta que, a diferencia de antes, en mi pueblo haya, como hay ahora, una residencia de la tercera edad. Y que haya servicio a la dependencia.

Sobre la inmigración, que es lo que están utilizando principalmente para tachar el discurso de Simón de reaccionario. Pues qué queréis que os diga, tengo mucha gente, amigos y familia, que ha tenido que emigrar. Y quiero lo mejor para ellos y que sus derechos como trabajadores estén garantizados. Pero, sobre todo, lo que me hubiera gustado es que nunca hubieran tenido que emigrar.

Tener que irte de tu tierra es, para mucha gente que no ha tenido la opción de quedarse, un hecho traumático. Violento. De desarraigo Y de nuevo ahí comparto el discurso de Simón: que ojalá solo se tengan que ir de su tierra la gente que lo quiera hacer libremente, sin estar obligados por causas mayores como la falta de trabajo y, por tanto, de pan.

Tener que irte de tu tierra es, para mucha gente que no ha tenido la opción de quedarse, un hecho traumático

¿Qué hay de malo en decir que ojalá la gente no tenga que emigrar? Es que, de verdad, no lo entiendo.

Tampoco entiendo a esa izquierda maestril que reparte los carnets de falangistas con total impunidad. Porque lo que ha hecho Maestre, que es un hombre con poder, con poder de influencia en la opinión pública, es pegar cuatro brochazos gordo, pareciendo ignorar todo el terror que para un pueblo hay detrás de la palabra falangista y que él usa tan alegremente y con tan poco conocimiento.

Y ese es el problema de los que se creen que tienen la verdad en su mano y parece que dudan poco: que hacen mucho ruido, se envalentonan demasiado. Pero envalentonarse no en plan valiente, si no en, con demasiada rapidez, sentar cátedra sin darle una pensadita e ir más allá. Y están copando el debate, los partidos y la opinión pública. En la izquierda y en la derecha. Ah. También echo eso de menos, tomar el fresco en la puerta en verano sin ver la tele, sin redes sociales ni móviles. Tan solo, hablando con la vecindad. Sin tanto ruido, tanto grito y tanto ego.

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor.

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