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09/07/2019 07:16 CEST | Actualizado 09/07/2019 07:16 CEST

Qué estúpida manía la del PP de meterse en guerras perdidas

Es un tic insuperable. Ir contracorriente, otra vez, de los vientos de la historia.

Getty Editorial
El alcalde de Madrid, Martínez Almeída. 

Lo vi de casualidad mientras zapeaba. Era el nuevo alcalde de Madrid, regidor de algo más de tres millones de habitantes, gozando como una perdiz antes de recibir los perdigones del cazador mientras una grúa municipal quitaba unos grandes macetones de plantas… puestos allí, en una calle, por su antecesora, la ya legendaria (y eso jode un montón) izquierdista Carmena. Aquella escena fue la chispa que encendió la bombilla de la idea de este artículo.

Es imposible olvidar cómo la derecha printed in Spain se agita en estas estúpidas gimnasias de dar saltitos de contento llevando la contraria a la historia. Recapitulemos empezando por la fase anti-divorcista, cuando, aún dividida entre una parte de la UCD y la Alianza Popular de Fraga, se opuso a la ley del divorcio. Algunos próceres aliancistas expusieron vivamente y con gran convicción en las Cortes y en la prensa sus argumentos contra la disolución del matrimonio que impulsaba el ministro de Suárez, Fernández Ordóñez, un socialdemócrata que luego, finiquitado el ‘partido instrumental’, pasó al PSOE. 

Imposible olvidar al férreo asturiano  Álvarez Cascos y sus artículos en La Nueva España de Oviedo, en los que sostenía la vigencia de que “hasta que la muerte nos separe” estaremos con la doña legítima. Luego, ya se vio. Aprobada la ley, fue uno de sus mayores practicantes: creo que llegó a casarse tres veces.

Y la ley del divorcio de 1981 fue mejorada con el ‘divorcio exprés’ en 1985 por Felipe González. Más tarde ya fue asumida por todos los españoles y todos los partidos como parte de la legislación indiscutible. Pasó a ser algo normal. Como el acueducto de Segovia o la Sagrada Familia de Barcelona, no la de los Pujol- Ferrusola, sino la iglesia diseñada por Gaudí. Algo que está ahí, y que cada día cambia un poco y tiene nuevas torres.

Después vino la ley del aborto y sus sucesivas modificaciones. Y el PP volvió a oponerse, y a tomar las calles, y a explicar, con fuerte convicción, que era una idea malévola, inadmisible, y que nunca, nunca, nunca, la aceptaría. Pero España es Europa. Es un nación sedienta de progreso después de tantos años de dictadura y nacionalcatolicismo hipócrita. 

Aunque, ‘moro viejo no aprende idiomas’, de vez en cuando algún católico integrista sacaba el muerto en procesión a ver si resucitaba. Lo intentó Alberto Ruiz Gallardón, con grandes alharacas callejeras, y la sociedad se le volvió en contra; incluso muchos de los dirigentes de su partido que dijeron ‘basta ya’ de mojigaterías. Dejemos el asunto. RIP. 

Hasta las hijas de la derecha de golpes de pecho que iban a Londres, dejaron de hacerlo. Y las chicas que, ayudadas por sus amigas y hermanos en medio de gran sigilo y disimulo, hacían lo mismo porque en España no se podía. De la noche a la mañana España se puso en la onda.

Y más de lo mismo con la ley de los matrimonios homosexuales, que sacó adelante el ministro Juan Fernando López Aguilar durante el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Otra vez la derecha se rasgó las vestiduras, con coros de plañideros y plañideras. Como en las protestas contra el aborto, obispos y secretarios generales y otras dignidades eclesiásticas y políticas afines al PP tomaron las calles de Madrid. Qué horror, qué aberración. “Dios nos va a castigar”. No pasarán, dijeron. Pero pasaron. Vaya si pasaron. Es más, el ‘enemigo’ también estaba dentro, y cuando por fin se aprobó la ley, destacados líderes del PP salieron del armario y fueron directamente al juzgado… para casarse y crear una familia nueva, pero distinta a la habitual. Fue enternecedor ver como Mariano Rajoy y otros gerifaltes y gerifaltas peperos asistieron al casorio de Maroto con su novio. Y se pasó página. 

Lo primero que hizo el nuevo alcalde fue eso: retroceder. Es un tic insuperable. Ir contracorriente, otra vez, de los vientos de la historia.

Otro episodio de guerra perdida fue la negación del cambio climático provocado por el hombre. La derecha mundial, hay que contextualizar, negó las evidencias científicas. Dirigidos por el Partido Republicano de EE UU, cada vez más echado al monte, los conservadores europeos, con algunas excepciones, tan honrosas como inteligentes y llenas de prudencia, consideraron las advertencias de la comunidad científica un invento. 

Por supuesto, en el PP hubo muchas voces –como las de Rajoy, que citó como fuente de autoridad a un desconocido primo suyo– que se alinearon con las tesis de unos pocos disidentes de la ciencia, bien engrasados por las multinacionales. Al Gore es una buena referencia sobre eso. Sin embargo la UE, en vista de la gravedad del problema de la contaminación de las ciudades, (impresiona la ‘boina’ gris-marrón sobre Madrid) decidió imponer severas restricciones para rebajar los índices de polución. La mayor parte de las ciudades, ya ha comenzado –hace tiempo, en realidad, incluso antes de la obligatoriedad– a tomar medidas coercitivas para liberar el centro de la urbes de la circulación. 

Sin coches no hay tubos de escape. El humo mata. El de un Winston o el de un Mercedes. Los medidores, todos dedicados a lo mismo en toda la Unión Europea, miden automáticamente (sin que puedan ser manipulados los datos por alcaldes frívolos, aunque algunos como el inolvidable Soria lo que hizo en Las Palmas de Gran Canaria fue quitar una estación de una avenida que le daba malos datos) los gases y partículas indicadores de contaminación antropogénica, industrial y de vehículos. 

En Madrid la situación es especialmente peligrosa para la salud pública. Tanto, que ya los anteriores alcaldes, Gallardón y Botella, empezaron a tomar medidas. Pero la medida estrella, la más difícil, la acometió Manuela Carmena: restringir el tráfico en la ‘almendra’ central de la capital de España.  

Los resultados han sido extraordinarios. La contaminación, por dióxidos de nitrógeno, monóxido de carbono, dióxido de azufre, partículas PM10 y PM 2.5 ha bajado al de hace una década, cuando el parque automovilístico era muy inferior. Madrid Central fue el mascarón de proa de un conjunto de acciones que han surtido efectos positivos. Decisiones. 

Como era de esperar, tanto las reformas de Gran Vía, o Atocha, etc., como las restricciones al tráfico más contaminante (o la colocación de jardineras) fueron enseguida rechazadas por la oposición popular. Tanto, que cuando las tres derechas dejaron en la oposición a la ganadora de las elecciones, Manuela Carmena, lo primero que hizo el nuevo alcalde fue eso: retroceder. Es un tic insuperable. Ir contracorriente, otra vez, de los vientos de la historia. 

Además, en la línea que más daño le ha hecho siempre a la derecha: reírse de la gente. El nuevo alcalde madrileño, Martínez-Almeida, defendió el viaje al pasado criticando a Pedro Sánchez: “que use menos el Falcon porque el Falcon contamina más que un coche”. 

Una insolencia envuelta en una demagogia adornada con un alambicado derecho a la libre circulación. Una concejala que añora el olor a gasolina en los atascos… Una manifestación de miles de madrileños, la opinión médica, un auto judicial que frenó la moratoria de las multas, avisos de Bruselas... son la antesala de otra guerra perdida. El esfuerzo estéril conduce a la melancolía. 

En unos meses el alcalde de Madrid olvidará lo dicho y recuperará, disimula disimulando, el proyecto Carmena.

Frente a la tontería de defender la contaminación como algo inherente a la libertad de circulación y a la obligación de los vecinos de la Villa de Madrid a contaminarse y a fastidiarse para no poner en peligro el ego envidioso de los retrógrados, y de camino la cuenta de resultados de las petroleras, está el derecho a la salud de todos los españoles. Una salud, una sanidad, que cada día pierde puntos en España.

Y eso por una circunstancia: el empeoramiento de la salud pública es consecuencia directa de una mala gestión política, bien batida con algunos peligrosos ingredientes, como la irresponsabilidad, la frivolidad y los intereses creados.

Pero en unos meses el alcalde de Madrid olvidará lo dicho, hará cambios superficiales para disimular el fracaso, empleará un dinero en una campaña de publicidad para surfear el ridículo, y recuperará, disimula disimulando, el proyecto Carmena. 

Los que se ríen de la gente corren el riesgo, como los que esconden tic machistas, de que los que tienen ‘orgullo’ exijan además de palabras, comportamientos y coherencias. La doble moral tiene efectos secundarios desagradables, pero inevitables. Cuando a la violencia de género se le llama doméstica, como en el franquismo, y se niega la mayor, que es el machismo, para millones de personas se enciende una señal de peligro.

 

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