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28/10/2019 07:16 CET | Actualizado 28/10/2019 11:33 CET

Qué hacer con los profesores de religión en la escuela pública

Una propuesta respetuosa, pedagógica y realista para secularizar la escuela pública.

Marcelo del Pozo / Reuters
Imagen de archivos de niños vestidos de penitentes representando una procesión en un colegio de Andalucía. 

Los profesores de religión no son el problema de la educación, sino la solución

Primero mis credenciales: no estoy bautizado, siempre he estado en contra de las clases de religión en la escuela pública (me sumo a las frecuentes exigencias de organizaciones como Europa Laica) y reconozco que mi ateísmo ha sido poco respetuoso con el sentir religioso. Pero ahora estoy convencido de que los profesores de religión no son el grano en el culo de la educación pública, sino la pomada que puede aliviar nuestros males. Les cuento.

Pese a lo que digan algunos gurús de la educación que rara vez han pisado un aula, la ratio (el número de alumnos por profesor) es algo sagrado. Es obvio que la atención individualizada del alumnado será menos eficaz cuantos más alumnos haya por aula. El profesorado lleva toda la vida exigiendo la reducción del número de alumnos… y los sucesivos gobiernos han hecho poco por este pilar de la educación (bueno, el Partido Popular hizo mucho por aumentar el número de alumnos). Aceptemos la realidad: menos alumnos implica mucha más inversión. Vale.

Que la religión debería salir de la escuela me parece algo tan evidente que no voy a malgastar líneas de este artículo en argumentarlo. El caso es que la solución siempre es la misma: mandar al profesorado de religión a su iglesia, mezquita o sinagoga. Los profesores de religión, aunque no hayan aprobado unas oposiciones, llevan muchos años haciendo su trabajo, formando parte de los equipos educativos, con unos salarios de profesor… y si se les pone de patitas en la calle, el trauma es evidente. Hay muchos, muchísimos profesores de religión a nivel nacional y no se les puede dejar sin empleo de la noche a la mañana. Eso es no tener ninguna sensibilidad social. ¿Qué se hace, entonces? ¿Un periodo de transición que al final acabe igual? La Iglesia se opondría y sabemos que por mucho menos han provocado un inmenso ruido. He aquí una alternativa.

La propuesta que traigo, que como Dios, aún no ha comparecido

No echemos a los profesores de religión. Eliminemos las horas de religión (y su alternativa, que solo existe como un mal reflejo secular de la religión católica), sí, pero contratemos a sus profesores… como profesores de apoyo. Sí, profesores de apoyo o refuerzo: las aulas podrían tener no uno, sino dos profesores, y entonces la ratio de alumnos disminuiría automáticamente. Un profesor de apoyo es valiosísimo, sobre todo en los niveles más bajos de la ESO, y lo digo después de haber trabajado en tres centros de educación compensatoria y en otro dedicado a alumnos con necesidades educativas especiales. Es una de las propuestas avaladas en Escuela o Barbarie, un libro imprescindible para entender el desastre educativo en el que vivimos. Si un profesor de religión imparte unas dieciocho horas lectivas, imaginen lo útil que puede ser ese número de horas de apoyo sin apenas encarecer (o abaratar) la inversión en educación. El trastorno a nivel de plantillas y de horarios sería mínimo (cualquier orden educativa a nivel autonómica provoca más jaleo). ¿Tenemos bula papal para esta medida?

Benditos sean los profesores de religión… si se ponen al servicio de una escuela pública laica

Imaginación política (y no beatería o anticlericalismo) es lo que necesitamos para mejorar la educación pública. He tratado con muchos profesores de religión y todos harían un gran servicio público. Tengo fe en ellos.

¡Saquemos la religión de las aulas, pero no a los profesores, por el amor de dios!

 

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