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14/10/2019 18:10 CEST | Actualizado 14/10/2019 18:10 CEST

¿Qué pintamos las mujeres?

Las mujeres artistas sí existían, sí estaban pintando, esculpiendo, creando… aunque la historia canónica se olvidara de ellas.

María Gimeno, performance 'Queridas viejas'.

La historia del arte, esa que se escribe con mayúsculas y ha llenado páginas y páginas de libros, manuales y enciclopedias, ha considerado, a lo largo de los siglos, que el arte era una actividad exclusivamente masculina. Ellos eran pintores, escultores, arquitectos y, por supuesto, historiadores del arte, que son, al fin y al cabo, quienes se encargan de escribir el relato, de narrar la historia, de seleccionar quiénes sí entran en el canon y quiénes no. Porque las mujeres artistas sí existían, sí estaban pintando, esculpiendo, creando… aunque la historia canónica se olvidara de ellas.

Ya planteaba esto en 1971 la historiadora del arte Linda Nochlin cuando se preguntaba “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?” y analizaba detalladamente todos los condicionantes sociales y culturales que habían impedido a las mujeres estar presentes de manera equitativa en el relato histórico.

Sin embargo, ya en 1955 las mujeres eran más del 30% de alumnas en las facultades de Bellas Artes, superaron el 50% en torno a 1980, y desde los 2000 ya son más del 65%; es decir, ellas se lanzaron a formarse como artistas desde principios del siglo XX (incluso antes) y reclamaron su sitio como artistas. 

La nómina de creadoras, que parece crecer en visibilidad en los últimos años, es amplísima, y algunas iniciativas han forzado precisamente la importancia de releer la historia de manera correcta para no olvidarnos que la historia del arte está hecha precisamente de eso, de olvidos. 

La historia del arte ha considerado, a lo largo de los siglos, que el arte era una actividad exclusivamente masculina.

Así, la artista española Diana Larrea recupera cada día del año a una artista nacida #TalDíaComoHoy, poniendo sobre la mesa que si se quiere, se puede, que haberlas haylas, y que solamente hay que hacer el esfuerzo por no olvidar. Mirar con más atención, vamos.

Lo mismo ha hecho la artista María Gimeno con su obra “Queridas viejas”, una performance que ha realizado en distintos museos, salas y galerías, donde desacraliza la “Biblia” de la historia del arte, el libro de E. H. Gombrich, y la interviene con un cuchillo y añadiendo manualmente a todas las artistas que el historiador olvidó en su manual (muchas, por cierto).

Y es que lo importante es saber que cuando historiamos estamos clasificando, seleccionando, tomando posición. Que el relato histórico no es neutral ni inocente, que el supuesto concepto de “calidad” es absolutamente subjetivo y que, en más de cien años de mujeres en las academias, sería, como poco, grotesco, seguir apelando a esta supuesta calidad para justificar la ausencia de mujeres.

Esta semana se ha anunciado la lista de los 10 finalistas de la 34.º edición del Premio BMW de Pintura. Sin saber quién será el ganador una cosa es segura: será un hombre. Y es que el jurado ha considerado que entre las 2.500 obras admitidas (un 13% más que el año anterior), no había absolutamente ninguna realizada por una mujer artista digna de quedar entre los diez seleccionados finales.

Premio BWM de Pintura
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Sí que había una ligera presencia femenina entre los 30 de la preselección (6 de 30): Almudena Millán Nuez (Valencia, 1990), Belén Rodríguez González (Madrid, 1981), Cristina Megía Fernández (Granada 1977), Gabriela Bettini Loyarte (Madrid, 1977), Martina Rodríguez Moran (Madrid, 1987), y Nagore Amenabarro Irastorza (Guipúzcoa, 1986). Ninguna pasó a la selección final de 10.

La historia del arte está hecha precisamente de eso, de olvidos.

El debate que siempre surge en torno a estas selecciones, cuando se cuestiona la no presencia de mujeres, suele acabar siempre en un lugar común (y que me resulta particularmente aburrido, por reiterado) que es el de la calidad de las obras presentadas o de las artistas que aplicaron. Mi pregunta es ¿por qué cuestionamos siempre la “calidad” cuando denunciamos la no presencia de mujeres? ¿Acaso, entonces, todos los hombres artistas llevan la calidad “de serie”? ¿Se sobreentiende que ellos tienen esa capacidad de ser extraordinarios (genios) casi innata, que nunca son mediocres? Sin ánimo de entrar a debatir sobre esto, porque huele a naftalina el eterno debate sobre la calidad (que como digo es un concepto totalmente subjetivo y no neutral), dice muy poco en favor de cualquier premio de arte que olvide al 50% de la población humana (y al 70% de las graduadas en Bellas Artes). 

En pleno 2019, con una Ley Orgánica para la igualdad efectiva de mujeres y hombres (que tiene más de 10 años desde su aprobación) y que incluye lo relativo a la cultura en su artículo 26, seguir reproduciendo la desigualdad en las selecciones de premios, exposiciones y adquisiciones es, además de injusto, contrario a ley. Una ley que, sin embargo, no contempla sanciones y que recomienda más que impone, lo que deja al subjetivo criterio de quienes seleccionan el poder seguir aplicando las cuotas. Sí, las cuotas, las que siempre se cumplen…las masculinas.

 

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