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26/08/2018 10:52 CEST | Actualizado 26/08/2018 14:29 CEST

Que podamos caminar sin pisar muertos

Getty Images

Qué razonable sería si los valedores de la democracia en España dedicasen tanto esfuerzo a defenderla como a combatir a los que la destrozaron.

Qué coherente sería que, aquellos que con tanta profusión utilizan palabras como unidad y consenso, practicasen con seriedad la unidad y el consenso.

Qué lógico sería si los que cargan contra los que "sólo pretenden abrir heridas" no metieran los dedos en esa herida para hacerla más y más profunda.

Qué enriquecedor sería, en fin, que todos aquellos que menosprecian a "los que quieren remover el pasado" hicieran el esfuerzo de leer algún libro de Historia.

Cualquier demócrata que se precie, sea del partido que sea, no puede poner ni un solo 'pero' a esta frase: Franco fue un dictador. Menos aún puede poner reparos a esta otra: el régimen franquista asesinó a miles de personas concluida la Guerra Civil, desde 1939 a 1975. Ni siquiera debería emitir una sola enmienda a este tercera sentencia: las víctimas del bando golpista fueron honrados, homenajeados y reparados durante 40 largos años. Los muertos del bando republicano, que defendían un Gobierno legalmente constituido, fueron ignorados, humillados y despreciados. Es la diferencia entre ganar y perder una guerra.

Reclamar justicia a Franco, a un dictador que actuó con tanta vesania, carece del más mínimo sentido. Pero sí es un ejercicio de responsabilidad democrática exigir a los 350 diputados del Congreso que, 40 años después de la muerte del dictador, cierren con palabras y hechos esas heridas que nunca terminaron de cicatrizar. Ningún partido con un mínimo de sentido democrático puede ponerse de perfil a la hora de evaluar un régimen que, a partir de 1939, fusiló a 50.000 personas y encarceló a 270.000.

La determinación con la que ha actuado Pedro Sánchez es la que espera de él cualquier persona de buena fe y un mínimo sentido democrático

No es revanchismo ni reabrir heridas ni un subterfugio "para no hablar de lo que realmente importa". Es cumplir con la obligación moral de que los miles de restos de víctimas de las Guerra Civil que aún yacen en cunetas puedan descansar de una vez donde sus familiares deseen. Se trata también de que los restos de un asesino que maltrató a su país no descansen en un edificio que es Patrimonio del Estado y que nos cuesta 340.000 euros anuales. La pregunta es sencilla: ¿Seguir alimentado la gloria de un dictador o ayudar a los familiares de los asesinados? Elijan si están de lado de las víctimas o del verdugo.

La decisión de Pedro Sánchez de exhumar el cadáver del dictador Franco ha sido menospreciada, criticada y combatida desde todos los ámbitos de la derecha española. No es nada nuevo: el líder del PP, partido nacido de las cenizas del franquismo, ya se mofó en 2009 de los "carcas de la izquierda" que están "todo el día con la fosa de no sé quién". Y Albert Rivera no considera "obsoleto" que haya un mausoleo construído a mayor gloria de un dictador, sino el debate que se ha abierto al respecto. Incluso la lucha por el voto de la derecha debería tener líneas rojas.

La determinación con la que ha actuado Pedro Sánchez en esta cuestión es la que podría esperar de él cualquier persona de buena fe y un mínimo sentido democrático. Nada se le puede reprochar a quien ha dado el paso necesario para que esta España de la que tanto se enorgullecen los políticos del PP y de Ciudadanos sea de una vez por todas un país por el que se pueda caminar sin pisar muertos. Y en el que se asuma, sin la más mínima duda ni balbuceo, que Franco fue un dictador al que nada se debe.

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