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Qué tiene el Náutico de San Vicente do Mar para que todos los músicos quieran tocar en él

El local de O Grove (Pontevedra) lleva 25 años recibiendo artistas como Leiva, Iván Ferreiro, Coque Malla o Kiko Veneno. El que va repite.

En 1999 Leiva llegó por primera vez al Náutico de San Vicente do Mar. A bordo de una planeadora y junto a su compañero Rubén Pozo —era la época de Pereza—, el músico dio a la 1 de la mañana su primer concierto en el local de O Grove (Pontevedra). Este lunes 18 de agosto vuelve a tocar allí, será su actuación número 20 y lo hará junto a Iván Ferreiro, otro de los incondicionales del llamado Refugio de los músicos.

Así se titula el documental que Flooxer (Atresmedia) dedica a este chiringuito a pie de playa que este 2019 celebra su cuarto siglo de vida y por el que ha pasado lo más granado de la escena indie española. Aquí han tocado desde Coque Malla hasta Lori Meyers o Vetusta Morla pasando por Santiago Auserón, Marlango, Kiko Veneno e incluso Taburete. Y lo mejor no es eso, lo mejor es que todos los que tocan quieren repetir.

Un ejemplo es el de Leiva, cuyo concierto de 2018, también con Iván Ferreiro, es el punto de arranque del documental. La elección de esta actuación no parece casual: los dos tienen mucho que ver en el éxito del local.

Del concierto de Pereza en 1999 salió “el espíritu del Náutico, la mezcla”, cuenta Leiva, quien quedó prendado del espíritu de este espacio al estilo chiringuito californiano de los años 70 y que se lo contagió a otros músicos de Madrid. Aquella noche terminó tocando junto a Quique González y Xoel López. El de A Coruña, otro habitual de este escenario, lo define así: “Es una idea, un concepto, que va más allá del local. Tiene que ver con la idea de juntar música y vacaciones”.

Iván Ferreiro llegó allí tres años después que Leiva y lo hizo para quedarse y ayudar. “Es el artífice de esto”, dice Miguel de la Cierva, su propietario, sobre los grupos que el exlíder de Los Piratas ha llevado al municipio gallego. ”¡Qué va! Yo me aprovecho de ti!”, le responde el autor del Equilibrio es imposible, que sí presume de ser quien instauró los conciertos a las ocho de la tarde.

En lo que coinciden todos los que han tocado alguna vez en el Náutico, que no son pocos, es el papel del dueño. “Un mecenas loco, psicópata que hace confluir en un local de las Rías Baixas en un mes (agosto) a más de 50 artistas”, dice sobre él De Pedro, para el que es imposible estar un solo día allí, hay que pasar dos o tres. ”¿Esto por qué no pasa en Madrid? ¿En un pueblo de Segovia? Porque no hay un Miguel”, añade Leonor Watling, voz de Marlango.

De Miguel vive allí mismo. Invierte todo lo que tiene en cuidar a los músicos y deja parte de su éxito a la improvisación. Más que empresario es un emprendedor para el que su único secreto es “conocer bien el lugar y el público potencial”, contaba en una entrevista con El País en 2018.

También ha contribuido el trato que ha dado siempre a los artistas, a los que no paga su caché habitual ni ofrece una habitación en un gran hotel. Todos duermen en Casa María, un hostal de dos estrellas de O Grove, donde la dueña prepara bizcocho casero para que desayunen cada mañana. El precio de la habitación doble por noche es de 50 euros.

Con ese sueldo, esa familiaridad y un aforo de solo 400 personas, los artistas tienen una sensación de estar como en sus inicios. “Es trabajar disfrutando plenamente. Como volver a la esencia de cuando estabas empezando”, explica Xoel López. “Hace sentir a los músicos como en casa”, añade el uruguayo Jorge Drexler, quien llegó por primera vez al Náutico como espectador y no como artista.

El público del Náutico también cuenta con rostros conocidos. El periodista Gonzo lleva años pasando sus tardes y noches de verano allí. Este año hasta se subió al escenario junto a El Gran Wyoming y los Insolventes para tocar Miña terra galega de Siniestro Total. También lo han visitado Andreu Buenafuente y Silvia Abril, que no se perdieron el concierto de Coque Malla, en el que estuvo la conocida pediatra Lucía Galán.

El cantante de No puedo vivir sin ti descubrió este espacio hace 17 años y tiene claro por qué funciona y por qué vuelve. “Para que algo así se mantenga hace falta un anfitrión con un corazón como el de Miguel”, asegura.

La ubicación también ayuda. A pie de playa, los conciertos de las 20:00 horas transcurren mientras se ve la puesta de sol. Y la comida también contribuye. Aquí no hay marisco, ni sardinas, ni ensaladilla. “Nuestras paellas espontáneas son un obsequio para las tardes de concierto”, contó De La Cierva en una entrevista a El Mundo en 2016.

Lo que busca es hacerse rico, es “llegar sin deudas a septiembre” (en octubre cierra) mientras disfruta con lo que más le gusta: la música. Fue guitarrista del grupo Los Limones, de Ferrol y cuando se quedó con el local de su padre, hace 25 años, lo utilizaba como sala de ensayo en los inviernos. De ese amor nace la sincera petición que hace al público antes de los conciertos: “15 murmullos hacen ruido (...) Hagamos de esto un teatro, un auditorio”.

Miguel de la Cierva, en el documental de Flooxer.
Miguel de la Cierva, en el documental de Flooxer.

Quiere un público selecto, que disfrute,porque para él, “mejor no es más grande ni más publico ni más famoso”. Por eso, asegura, que si esto se desborda: “Mejor será recuperar las cosas perdidas. Normalizar esto”.

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