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26/05/2020 10:05 CEST | Actualizado 26/05/2020 10:05 CEST

Que vienen los lobos… en serio

Ya están aquí, en realidad.

Pacific Press via Getty Images
Un asistente a la manifestación convocada por Vox contra el Gobierno, en Madrid. 

El sábado 2 de abril de 1977 se celebró en Las Palmas de Gran Canaria una manifestación unitaria de las fuerzas democráticas, una docena de  organizaciones, contra el terrorismo y por la libertad, la amnistía y la autonomía. La ultraderecha integrada por el franquismo residual y por nihilistas necesitados de cariño había asesinado a bocajarro el 24 de enero a cinco abogados laboralistas mientras trabajaban en su despacho de Atocha. 

Fue una más, pero la más significativa acaso de las muchas marchas y concentraciones de  aquellos meses convulsos en los que ETA, la extrema izquierda y la extrema derecha tenían una estrategia coincidente. Sobre todo la ‘banda’ y los lobeznos de FN y su galaxia bien situada en las cloacas eran los grandes crispadores del país. Los unos asesinando y los otros desestabilizando, agrediendo, asesinando y maquinando pronunciamientos militares salvadores de la patria y AOE. 

Fuerza Nueva, el partido postfranquista cuyo jefe era el furibundo notario Blas Piñar, ya había advertido en un comunicado –no había Twitter entonces, claro– que los partidos convocantes de la manifestación iban a hacer “propaganda electorera”. Fíjense qué barbaridad.

En la crónica política de ese día anotaba: “Primer dato: ya, por lo visto, las manifestaciones no son como ‘las de antes’, las de antes eran distintas, y las de ‘después’ solo sirven ‘para propaganda partidaria’. A continuación se explica el segundo comunicado de aquellos celosos vigilantes del palo y tente tieso y las buenas pero dolorosas costumbres de la dictadura: “El segundo comunicado parece hecho por una agencia de detectives. O mejor, por inquisidores profesionales defensores de los valores eternos de la España inmortal. Así, por ejemplo, denuncia Fuerza Nueva que “se desplegaban numerosas banderas rojas, mientras que solamente se podían observar dos nacionales”, y ‘ponen en claro’ que los que tiraron piedras lucían hasta ese momentos brazaletes rojos –tremendo color–  con las siglas de los partidos convocantes e inscripciones tales como “policía del pueblo”, “policía comunista”, etc. 

Como yo cubría la manifestación como reportero de La Provincia pude acreditar que eso era incierto. Un antecedente de las fake news’. Lo que había pasado era que los franquistas y un grupo de cachorros de la extrema izquierda del PUCC, Partido de Unificación (dime de lo qué presumes…) Comunista de Canarias) se habían insultado y agredido mutuamente. 

El PUCC pidió público perdón de inmediato y anunció mano dura contra los alborotadores que llevados de su ímpetu juvenil, metieron la pata hasta la ingle. FN, naturalmente, no. Estaba preparando ese maratón de relevos, ese futuro, que está estallando en Madrid.

No es cierto lo que proclama Vox y muchos de los conservadores que proceden en línea directa de descendencia de los admiradores del caudillo de que son ‘constitucionalistas’. Eso es un bulo.

Los fascistas  –aquellos lo eran claramente– no comprendían, y sus herederos edulcorados siguen sin hacerlo, lo que son los partidos en una democracia: su columna vertebral. No entendían y siguen sin entender sus voluntarios albaceas testamentarios, que los procesos electorales son la arteria aorta del Sistema democrático. Naturalmente, protestar contra el terrorismo en tiempo de terroristas tiene una evidente intencionalidad política. Estaban los que se manifestaban contra los terroristas y los que no se manifestaban porque en el fondo los comprendían. 

Cierto es que la izquierda democrática, en aquellos momentos, recién salidos del ‘molimiento nacional’, (como decía mi padre que recibió palos a mansalva en sus siete años en los campos de concentración de La Isleta, Gando y Guanarteme, sobre todo reas un intento frustrado de fuga) estaba confusa. Los militares aún hacían declaraciones típicamente franquistas-africanistas; de un ejército diseñado y distribuido estratégicamente para controlar al pueblo y no para repeler una invasión extranjera; excepto en el sur después de la apresurada retirada de AOE con la ‘marcha verde’ en el llamado ‘eje Baleares-Estrecho-Canarias’.

Las banderas nacionales no eran aún verdaderamente nacionales, sino las de una parte, la vencedora de la guerra civil. ¿Cómo iban a enarbolarla los perdedores?, ¿los perseguidos cómo iban a compartir los símbolos de los perseguidores? Incluso, es sano decirlo, aún había en el ámbito de la izquierda algunos que creían que ETA combatía a la dictadura. Se fueron cayendo del guindo cuando comprobaron que los etarras, abuelos por edad y genética de EH Bildu, aumentaron su furia asesina cuando los españoles se estaban fortaleciendo como Estado elaborando una Constitución moderna, avanzada, europea, que hacía de la reconciliación uno de los pilares de la paz y el progreso.

El comportamiento actual de la extrema derecha y de la derecha extrema, que quizás no sean gemelos que nacen de un mismo óvulo, pero sí mellizos que nacen de dos óvulos pero son muy parecidos, es heredero de Fuerza Nueva y de la sección más neofranquista de Alianza Popular; de aquellos que votaron NO o se abstuvieron en la Constitución de 1978, o que abandonaron el buque nodriza llamado Alianza Popular inventado por Fraga entre otras cosas para embarcar y controlar a los que muerto Franco seguían siendo franquistas irreductibles.

No es cierto lo que proclama Vox y muchos de los conservadores que proceden en línea directa de descendencia de los admiradores del caudillo de que son ‘constitucionalistas’. Eso es un bulo. Como mucho son constitucionales forzosos. Pero de ninguna manera constitucionalistas. Los ingleses del Brexit son europeos, sí, pero no europeístas; lo mismo que los nacionalistas vascos y catalanes son españoles, qué remedio, lo dice el DNI, las pensiones, los viajes del IMSERSO, pero no son en absoluto españolistas. 

Tampoco son sinceramente constitucionalistas aquellos conservadores que quieren conservar a mayores la propiedad franquista del país y que, huérfanos tras la derrota, gritan cegados por el resentimiento ‘Márchese señor González’, ‘vete Zapatero’, ‘Gobierno dimisión’ y ‘Sánchez okupa’. 

Las caceroladas organizadas por Vox contra el Gobierno, y secundadas efusivamente por dirigentes del PP, y las marchas ‘nacionales’ motorizadas y el desafío a las restricciones del estado de alarma y sus gritos farisaicos de ‘libertad, libertad’ para contagiarse y ser contagiados y que pague la Seguridad Social, son la mejor prueba de la incapacidad de la ultraderecha y de la derecha intransigente de asumir sin mácula ni condicionamiento alguno las reglas de la democracia española. 

Este griterío falsamente libertario me recuerda a la despedida de este mundo de madame Roland de la Platiere, destacada partidaria de la Revolución francesa que fue guillotinada durante el Terror. Sus últimas palabras aquél 8 de diciembre de 1793 fueron: “¡Oh, Libertad!¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”. En la España de hoy el equivalente es cómo se jura en vano la Constitución y cómo a su sombra, agazapados en la hojarasca, se fomenta el odio con la manipulación, la mentira y el engaño.

A estos acosos que recordaban a la kale borroka que sufrían los demócratas en las Vascongadas los defendía el líder podemita como ‘jarabe democrático’.

Pero a esta derecha presta a echarse al monte de El Pardo la alimenta también el populismo simplón y trasnochado de una extrema izquierda que ha jugado al escondite con Podemos como caballo de Troya. La extrema derecha tiene un abrevadero que es el franquismo y un paraíso que en realidad fue infierno y purgatorio que fue una dictadura de casi 40 años. Pablo Iglesias tiene su historia también, y esa historia, como todas, se basa en hechos. Los hechos si al cabo del tiempo saben amargos pueden azucararse, y si empalagan mucho edulcorarse con sacarina, pero los hechos son los hechos. YouTube recuerda en un bucle infinito las declaraciones de amor de Pablo Iglesias a Hugo Chávez, su comprensión hacia Nicolás Maduro, su embeleso con la revolución bolchevique, su amor inmarchitable al comunismo, a ese comunismo real que secuestró tanques mediante a media Europa, que aún tiembla de miedo. 

A propósito, decía el ensayista H.L. Mencken, citado por Moisés Naín en El País: “El demagogo es quien predica doctrinas que sabe que son falsas a personas que sabe que son idiotas”.

También rulan y rulan en las redes los escraches del grupo fundador de Podemos en la Complutense contra Rosa Díez o contra políticos de la derecha. A estos acosos que recordaban a la kale borroka que sufrían los demócratas en las Vascongadas los defendía el líder podemita como ‘jarabe democrático’, con irresponsable olvido del principio enunciado por Jesús en los Evangelios de que quien a hierro mata a hierro muere. O sea, que el que escracha será escrachado con toda probabilidad. 

Es cínico quejarse de que se le pague con la misma moneda. Es un síntoma de que no ha madurado lo suficiente para ser un vicepresidente democrático. Resumiendo: cuidado, que vienen los lobos. Ya están aquí, en realidad.