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29/12/2020 07:09 CET | Actualizado 29/12/2020 07:09 CET

¿Quién se fía ahora del Partido Republicano?

El daño a la credibilidad exterior de Estados Unidos es enorme con estos episodios de república bananera.

SAUL LOEB via Getty Images
Donald Trump. 

A poco de entrar en la Casa Blanca cientos de expertos en psiquiatría, psicología y sentido común avisaron de que el presidente Trump estaba como una cabra. En lenguaje técnico forense, tenía síntomas evidentes de un trastorno narcisista de la personalidad, de otro obsesivo compulsivo y diversos síndromes igualmente preocupantes. 

En diciembre de 2017 una docena de miembros del Congreso de Estados Unidos, todos demócratas menos un senador republicano, se reunieron con un famoso psiquiatra, el profesor de Yale Bandy X. Lee,  “para dilucidar si Trump estaba capacitado para ejercer su cargo”.  Su respuesta fue contundente y premonitoria: La necesidad del presidente de expresarse constantemente y sin filtro a través de su cuenta de Twitter “es una indicación de que se está viniendo abajo debido al estrés. Y va a ponerse peor, y se volverá incontenible debido a la presión de la presidencia”, dijo el psiquiatra a Político. Lo reprodujeron numerosos medios en todo el mundo.

En los meses anteriores grupos de firmantes escribieron cartas a los periódicos y sacaron manifiestos llenos de datos y predicciones. En el mes de febrero 35 psiquiatras y psicólogos enviaron una carta al The New York Times preocupados por “la inestabilidad emocional” del inquilino de la Casa Blanca que le incapacitaría “para servir de manera segura”. Con posterioridad, otros destacados expertos han manifestado su acuerdo con los diagnósticos. 

Todos los datos eran ciertos y todos los pronósticos se han ido cumpliendo. Pero en el caso de este millonario liante de toda la vida, una verdadera fábrica de pleitos y un especialista en daños, todo lo que puede empeorar, como señalan las leyes de Murphy, empeora sin remedio. Lo malo, inevitablemente, se convierte en peor. Sin embargo el problema se agrava porque los engaños, las trolas morrocotudas, la desvergüenza, el utilizar la Casa Blanca como sede de facto de sus negocios, el descarado nepotismo… todo eso se lo han tragado sin el previo proceso de digestión mental 72.654.155 norteamericanos, casi diez millones más de los que consiguió en su primera elección. 

Tanto Trump como algunos colaboradores civiles y unos pocos, poquísimos militares, han fantaseado con utilizar la ‘ley de insurrección’

Esto sí que es un dato preocupante. Hemos visto en las televisiones españolas cóimo los corresponsales en Washington o Nueva York, y los que se adentraban en la ‘América profunda’ de las Grandes Llanuras o del Sur racista preguntaban a los fieles trumpistas si estaban satisfechos con la atención sanitaria y con los seguros médicos, y por lo general todos contestaban que no; y sin embargo, cuando se les recordaba que fue Donald Trump quien trató de aniquilar el Obamacare que los protegía y que incluso trató de rebajar otras prestaciones… respondían que ellos se fiaban de su palabra, de sus tuit, de lo que decía. “Nos gusta su mensaje”, decía un obeso obesísimo con barba castaña que ondeaba una banderita y llevaba la gorra roja de de la trumpimanía MAGA (Make America Great Again, en español “Haz América Grande Otra Vez”). 

Aparte de convertir el oxímoron en un método normalizado de su dialéctica, política el Gobierno de Trump ha logrado reducir los argumentos a un lenguaje combinado de mayúsculas y minúsculas que ni siquiera necesitan los 140 caracteres básicos de Twitter. Ha convertido el razonamiento, la tesis, la antítesis y la síntesis… en el rezo del rosario o en las letanías. En consignas que valen para una cosa y para su exacta contraria. Aplica la ‘fe del carbonero’ de los fieles cristianos. No hay que pensar; hay que seguir al jefe. Por eso su empeño en repetir hasta el exceso que él es el comandante en jefe. 

El miércoles 5 de febrero de 2020 la bancada republicana en el Senado absolvió al presidente de Estados Unidos de todos los cargos presentados por los demócratas. El mecanismo constitucional previsto para la destitución comenzó cuando un ‘informante’ denunció ante el Congreso que el presidente Trump y otros altos funcionarios de su Gobierno habían presionado a líderes de Ucrania para que investigaran al entonces precandidato del Partido Demócrata, Joe Biden (el ahora presidente electo), y a su hijo Hunter en relación con los negocios del segundo en ese país. 

El Partido Republicano no vio nada. No escuchó nada. Como tampoco había visto nada, ni escuchado nada, ni sospechado nada sobre la ‘trama rusa’ que habría interferido en las elecciones de 2016 para favorecer a Donald Trump.

Con las encuestas en contra y mientras marcaban distancias, incluso físicas, destacados miembros de su equipo, el presidente acorralado utilizó la técnica marrullera de ‘curarse en salud’ y denunció sin la menor prueba una gran confabulación ‘socialista’ en su contra para llevar a cabo un gigantesco pucherazo a través del voto por correo y la manipulación de los sistemas de recuento electoral.

Pero Trump solamente ha sido el mal, no ‘la causa de la causa del mal causado’

Con el ambiente ‘caldeado’ así artificialmente, antes de terminar el conteo ya Trump tuiteó que se habían amañado ‘definitivamente’ las elecciones, a pesar de las evidencias en contrario. Las denuncias de su equipo de abogados se estrellaron contra la realidad; los jueces y fiscales no le dieron crédito por inconsistentes; los propios responsables electorales  de los estados republicanos garantizaron la limpieza de los comicios. 

Entonces el presidente intentó lo que vendría a equivaler a una especie de golpe de Estado en tres fases: la primera, evitar la confirmación de la victoria de Biden por el Colegio Electoral, presionando a los delegados para que traicionaran el voto popular, y a los tribunales para anular indiscriminadamente millones de papeletas; la segunda, presionar al Congreso para que no reconozca como ganador a Joe Biden. La tercera: en las últimas semanas, y fracasados todos los intentos, tanto Trump como algunos colaboradores civiles y unos pocos, poquísimos militares, han fantaseado con utilizar la ‘ley de insurrección’ para que el Ejército intervenga en los estados que le dieron la victoria a su oponente. 

Por supuesto, los mandos militares en ejercicio y destacados dirigentes republicanos han descalificado tajantemente esta posibilidad. Pero el mal está hecho: una parte de sus millones de votantes, muchos de ellos amantes del rifle y nostálgicos del Far West, creerán que “cuando el río suena…”. El número de estúpidos, como decía Albert Einstein, es infinito. 

Pero Trump solamente ha sido el mal, no ‘la causa de la causa del mal causado’. El verdadero responsable es el Partido Republicano dirigido por el senador Mitch McConnell,  artífice de la estrategia del bloqueo sistemático desde el Senado a todas las iniciativas legislativas del Partido Demócrata, que unió sus fuerzas con Trump, por ejemplo, para abandonar el acuerdo sobre el cambio climático de París. Y aunque a última hora se ha desmarcado del insensato juego y ha reconocido la victoria de Biden, sobre todo para no hacer el ridículo, no podrá borrar de los libros de historia cómo sacaron al genio maléfico de la botella, ni tampoco como consintieron la ‘trama rusa’ y como ignoraron los indicios de una coincidencia estratégica, y puede que táctica, entre Trump y Putin.

Yuri Gripas / Reuters
Mitch McConnell y Donald Trump. 

“A confesión de parte, ausencia de prueba”, dice un aforismo jurídico. La cadena de indultos que ha concedido Donald Trump como fin de fiesta desde noviembre ha beneficiado a varios condenados por sus conexiones con la interferencia de Moscú en las elecciones que le dieron la victoria en 2016… y otras corruptelas: Paul Manafort, jefe de campaña y Roger Stone, amigo y consejero. Antes había perdonado a George Papadopoulos y Alex van der Zwaan condenados por mentir al FBI asimismo sobre la conexión rusa y a su exasesor de Seguridad Nacional Michael Flynn, quien  también se había  declarado culpable de mentir sobre el mismo asunto. Etc.

El daño a la credibilidad exterior de Estados Unidos es enorme con estos episodios de república bananera. Dirigentes europeos como Angela Merkel y Emmanuel Macron han reiterado, tras las rabietas y amenazas de Trump, que ya no se puede confiar en EEUU y que la UE tiene que avanzar en la senda de reforzar su condición de potencia que quiere ser protagonista en vez de mero actor en el concierto internacional. 

Biden intentará recomponer el prestigio de la ‘marca USA’ y rehacer el puzle con las piezas tiradas al suelo. Pero las políticas a largo plazo de la UE, de China, de India… y de otras potencias regionales no podrán olvidar que quien no es de fiar es el Partido Republicano que ha permitido esta ‘era oscura’ y la ruptura de todos los consensos con sus amigos y aliados. 

¿Quién en su sano juicio se fiaría de quien amamantó, apadrinó, le rió las ‘gracias’ y se benefició del trumpismo y bailó con él una alocada conga de Galufa?