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09/06/2020 08:27 CEST | Actualizado 12/06/2020 19:47 CEST

Rápido, un psiquiatra

Casado, al competir en astracanadas con Vox y dejar de lado la ponderación y la responsabilidad, está apagando el incendio con gasolina…

Sergio Perez / Reuters
Imagen de archivo del líder del PP, Pablo Casado, en el Congreso.

Una jueza de Madrid decidió echarse al monte en pleno estado de alarma e iniciar un procedimiento de alta velocidad para determinar si el delegado del Gobierno incurrió en responsabilidad penal por haber autorizado la marcha del 8-M. Y como las prisas no suelen ser buenas, ayer la Fiscalía de Madrid le dio un buen revolcón. Del texto de su recurso se desprende que si hubo razones para ese movimiento, estas no fueron jurídicas. El auto de incoación de diligencias era, y es, una chapuza. Resulta que, entre otros varios argumentos,  José Manuel Franco no dictó ninguna resolución, y si no hay resolución sino una mera comunicación de los convocantes, pues no hay prevaricación administrativa. 

Puede que no por casualidad la instrucción de esta causa sin causa haya tenido antes de empezar a recorrer el primer tramo sus primeros efectos secundarios: al encargar la señora magistrada la averiguación de lo que por lo visto no había que averiguar a agentes concretos de la Guardia Civil, y proceder a la carrera sin ser un asunto de urgencia, no funcionó correctamente el engranaje y se produjo la colisión con el también magistrado y ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska. Pura y castiza teoría del caos.  

Este asunto es ciertamente resbaladizo, y de extenderse –que ya no parece  posible– podría descabezar políticamente a toda Europa y parte del extranjero, incluso con efectos retroactivos en España. Ya puestos a endiosar al surrealismo… La jurisprudencia está llena de procedimientos con arrancada de caballo que se vacían de contenido porque es imposible establecer la relación directa causa-efecto. 

La relación causal tiene sus reglas. No se puede basar en sensaciones y presentimientos ni en principios generales de supuesto sentido común. ¿Cómo pensaba sú señoría que podía establecerse que uno o una de los asistentes a la marcha feminista se contagió en la concentración y no en el metro o en el taxi?

Más fácil sería incluso demostrar una causalidad directa entre las medidas de recortes llevadas a cabo por el Gobierno de Rajoy y los suicidios o los incendios provocados por braseros por no poder afrontar el pago de la factura de la luz.

Hay, por otra parte, otra circunstancia fundamental: muchas decisiones de los gobiernos se toman teniendo en cuenta a la vez diversas circunstancias: la economía no es la menor. Es el principio de precaución. 

Puede haber una responsabilidad política en alguna vertiente de la gestión de la pandemia que se dirima exclusivamente en las urnas, pero de ninguna manera una penal. Los brutales tijeretazos que se afrontaron por el Gobierno del PP tuvieron esas consecuencias electorales, o no, pero jurídicamente fueron decisiones legítimas. 

Puede haber una responsabilidad política en alguna vertiente de la gestión de la pandemia que se dirima exclusivamente en las urnas, pero de ninguna manera una penal.

Gobernar es elegir entre distintas opciones y establecer los momentos de respuesta teniendo en cuenta los varios intereses en juego y los diversos informes, a veces contradictorios entre sí, porque “una cosa piensa el borracho y otra el bodeguero”. Diferente es que haya mala fe en la toma de decisiones. Un dolo (en derecho, voluntad deliberada de cometer un delito a sabiendas de su carácter delictivo y del daño que puede causar) clamoroso, irrefutable y público.

Mientras España sigue siendo el asombro de Europa, pero por el huracán de estupidez que parece azotarla y que provoca una desunión barriobajera en momentos que en otras naciones son motivo de unidad y solidaridad, hay un hecho que no ha tenido en la opinión pública, ni en la publicada: la reunión en Génova del jefe conservador Pablo Casado con diez asociaciones profesionales de la Guardia Civil, en una ‘cumbre’ extraordinaria e insólita. 

La reunión con los partidos políticos para tratar asuntos estrictamente profesionales y laborales son una cosa, pero un encuentro diseñado para interferir en la gestión del Gobierno fuera del canal adecuado, el Parlamento, que podría incluso ser interpretada como fomento o amparo de la insubordinación en un cuerpo militarizado, es un gravísimo error. Como mínimo.

El momento elegido no es cualquier momento. No hay antecedentes. Cuando Fernández Díaz (ministro del Interior con el PP) destituyó a tres comisarios generales de la Policía en dos años, coincidiendo con las investigaciones sobre corrupción en su partido, la oposición actuó en el marco parlamentario. 

Y los guardias civiles debido a su profesión deberían saber cuál es el objetivo de los bulos y de la desinformación: la preparación de un ambiente propicio para la exaltación emocional y el populismo mesiánico engañabobos. La receta de la extrema derecha es la misma que han utilizado los separatistas catalanes.

Casado está entrando en un terreno minado. Al competir en astracanadas con Vox y dejar de lado la ponderación y la responsabilidad al haber elegido el camino del TOC (trastorno obsesivo compulsivo) está apagando el incendio con gasolina… 

Los que vimos y vivimos el difícil camino de la Transición encontramos algunas similitudes procedimentales entre las maniobras de los herederos del franquismo, que preparaban golpes de Estado con el acompañamiento de una prensa forofa sin ninguna vergüenza ni complejo… y el actual panorama artificialmente enfurecido y encrespado. 

La crispación administrada en dosis crecientes oculta simplemente la estrategia de una derecha impaciente que no ha querido asentar la moderación democrática que se le supone al centro derecha europeísta acordando, por ejemplo, con el PSOE el gran pacto de Estado que demanda la sociedad, sino que, al contrario, ha hecho todo lo posible por llevar a Podemos al Gobierno manejando ‘diestra-mente’ a Ciudadanos a través de sus submarinos azules. 

Antes del 23-F los recortes de los periódicos ultraderechistas colocados sobre un enorme tablero reflejaban un clima extremo de crispación, agresividad y odio y la paralela exaltación de una ‘respuesta’ militar frente a una imaginada ‘conjura’ en una Transición que los nostálgicos del ‘palo y tente tieso’ veían como madriguera de traidores y rojos. Hoy este ambiente comienza a dibujarse en las redes sociales, y a abrirse paso con el voxiferio en Twitter, Facebook, Instagram, Whatsapp… La iconografía, los insultos, la simplonería argumental, las banderas utilizadas como armas arrojadizas, la Nación como cortijo… son un mal síntoma. Viejos fantasmas que vuelven a cabalgar en el Viejo Continente. Retroalimentándose mutuamente los de signo contrario. A los dos, les molesta la democracia. Y ya no lo disimulan.

Casado está entrando en un terreno minado. Al competir en astracanadas con Vox y dejar de lado la ponderación y la responsabilidad está apagando el incendio con gasolina…

En el reportaje Después del virus emitido el 13 de mayo pasado en la televisión canaria, dirigido por el periodista Carlos Sosa, director asimismo del digital Canarias Ahora, el psiquiatra Rafael Inglott pone un curioso ejemplo de cómo entiende la actual situación de enfrentamiento del PP y Vox con el Gobierno central a cuenta del estado de alarma y de las restricciones para frenar los contagios de la covid-19. Me pareció muy pedagógico y de fácil comprensión hasta por los cerebros más catatónicos.

“En Bolivia –dijo– hay una carretera que se llama ‘carretera de la Muerte’, que salva un desnivel, me parece que de 1.600 metros, y que durante 80 kilómetros todo son curvas y más curvas muy pronunciadas donde sólo cabe un vehículo, en un terreno pedregoso, sin quitamiedos... y bueno, imaginemos que va un autobús cargado de gente muerta de miedo por esa vía; pero vamos a dar por bueno lo que están diciendo esos mentirosos en las redes, vamos a dar por bueno que el conductor de ese autobús es un inexperto, incluso una persona incompetente, si quieren, que ya ha tenido accidentes, vamos a admitir esa posibilidad, supongamos que le están asesorando personas que sí conocen el diseño de esa carretera pero no conocen con qué curvas se van a encontrar, y entonces en esa situación, aparece un grupo de camorristas que se dedican a armar jaleo entre el pasaje que va en ese autobús, a insultar al conductor, a desprestigiar a quienes intentan asesorarle, y a dar algún que otro… capón. ¿Quién se beneficia de esa situación? ¡Pues se benefician los buitres!”.

El doctor Inglott es un prestigioso médico, uno de los grandes defensores de la reforma psiquiátrica, hombre educado, humanista, tolerante, progresista y un demócrata avant la lettre siempre comprometido con causas nobles, y que sabe muy bien de lo que habla. Está acostumbrado a tratar con gente trastornada y poco cuerda.

Los buitres ya revolotean inquietos en las redes sociales; son los que a falta de tambores ensayaron tocando calderos y cacerolas y hasta cáscaras de lapas por el barrio de Salamanca, y aunque los ruidos fueron extinguiéndose porque el virus se hace respetar en una capital de alto riesgo sanitario, los ecos resuenan en Youtube.

Siempre es conveniente llamar a un psiquiatra cuando los problemas nos superan y no los entendemos con la mera aplicación de la razón. 

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