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16/08/2020 10:27 CEST | Actualizado 16/08/2020 10:27 CEST

Rastreadores psicológicos

Necesitamos rastrear el coronavirus, pero también hay que rastrear la irresponsabilidad.

CESAR MANSO via Getty Images
Una mujer sometiéndose a una prueba PCR. 

Además de los rastreadores médicos que buscan trazar la secuencia de cada caso de covid, necesitamos rastreadores psicológicos que intenten reconstruir la cadena de pésimas influencias sociales que han llevado al positivo a aquellos casos en donde el contagio es fruto de conductas imprudentes.

La primera clase de rastreadores hace preguntas del tipo “¿con quiénes estuvo usted comiendo en esa reunión de antiguos alumnos de la promoción del ’75?” o “¿sabe si alguno de los asistentes presentaba algún síntoma como fiebre o dificultad respiratoria?”. La segunda clase de rastreadores hace preguntas del tipo “pero, alma de cántaro, ¿quién le convenció a usted de que hiciera semejante despropósito?” o “aparte de haber hecho usted tamaña gilipollez, ¿ha animado también a otras personas a hacer gilipolleces por el estilo?”.

La psicología tiene muchísimo que aportar a la lucha contra la epidemia de la covid. No me refiero sólo a la asistencia ante la ansiedad o la depresión que puede acompañar a los enfermos o a los grupos de riesgo, ni a la ayuda que cabría ofrecer a personas especialmente vulnerables ante situaciones de confinamiento y soledad.

La traza del virus corre paralela a la traza de la ignorancia, y ésta puede ser rastreada igual que aquél.

Hablo de algo mucho más central: la detención de la expansión del virus pasa necesariamente por un cambio de conductas, tanto microconductas casi inconscientes -algunos de los mejores psicólogos del mundo están trabajando en técnicas para reducir la cantidad de veces que nos tocamos inadvertidamente la cara- como conductas interpersonales de alto valor social -fiestas veraniegas, botellones, conciertos, reuniones familiares…-. Y el cambio conductual no es el campo de estudio ni de virólogos, ni de internistas, ni de urgenciólogos. Es el campo de trabajo de los psicólogos.

Un amiguete descerebrado, un promotor de eventos descerebrado o un influencer -no añado en este caso “descerebrado” por aquello de evitar la redundancia- pueden hacer algo igual de grave que contagiar el coronavirus a los que le rodean: puede influirles, de forma directa o indirecta, para que practiquen conductas de riesgo, para que no respeten las distancias de seguridad o no utilicen las mascarillas.

Y si, desgraciadamente, el promotor de estas conductas cuenta con un altavoz público mediático, aunque sea un tiktok de chichinabo o un canal de Youtube que no llega a la categoría de canalillo, puede convertirse en un supercontagiador psicológico con un efecto más devastador que el disc-jockey más neurodiscapacitado escupiendo jägermeister sobre su audiencia en la noche malagueña más loca.

Necesitamos rastrear el coronavirus, pero también hay que rastrear la irresponsabilidad.

La traza del virus corre paralela a la traza de la ignorancia, y ésta puede ser rastreada igual que aquél. Mientras sigamos entendiendo que los aspectos microbiológicos de la pandemia pertenecen a la ciencia dura, mientras que sus aspectos psicológicos pertenecen al sentido común, seguiremos luchando por aplanar las puñeteras curvas con una mano atada a la espalda. España está presentando durante estas semanas cifras especialmente malas de contagios, y casi todo apunta a que el comportamiento de los españoles tiene algo que ver en este asunto.

Salir en televisión exhortando muy intensamente a la ciudadanía a que cumpla las recomendaciones sanitarias tiene tanta eficacia como salir en televisión exhortando muy intensamente al virus para que no salte de un organismo a otro. Necesitamos rastrear el coronavirus, pero también hay que rastrear la irresponsabilidad, que no brota mágicamente del interior de nadie, sino que se transmite de una a otra persona de forma muy potente, aunque ambas se encuentren separadas más de metro y medio.