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27/04/2019 11:23 CEST | Actualizado 27/04/2019 11:23 CEST

Reflexión a golpe de tambor y trampantojo

Alberto Manuel Urosa Toledano via Getty Images
Congreso de los Diputados. 

El día anterior a las votaciones es, legalmente, ‘jornada de reflexión’, una cosa sin duda muy interesante en un país en el que eso, reflexionar, pensar, ensimismarse en las ideas, filosofar, suele ser motivo de burla y desdén; y algo que se mira de reojo y con desconfianza. Así pues, durante 24 horas cesan técnicamente, o legalmente, hablando (y escribiendo) los actos de campaña. Prohibición de pedir el voto para fulano o mengano, prohibición de publicidad política, prohibición de mítines… y naturalmente, y esto rige durante toda la campaña, de ‘inauguraciones’ y primeras, segundas o terceras piedras.

Pero las cosas no son tan fáciles; y además “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, como decía Don Hilarión en la Verbena de la Paloma. Las redes sociales y la ‘nube’ trampean esta prohibición. Solo con encender el móvil, la tableta o el ordenador, tenemos a golpe de clic, sea con ratón o directamente con el dedo, la zarabanda con toda su crudeza. Y es que las leyes quedan pronto desfasadas. Todavía se piensa en modo era del papel, los carteles pegados en las paredes a brocha, los anuncios en prensa, radio y televisión ‘tradicionales’… Incluso las universidades, que supuestamente son la luz que ilumina el camino hacia el futuro, siguiendo con la metáfora, utilizan la bombilla de Edison y no las leds. Por ejemplo, en una liga de debates la pregunta formulada fue si la Universidad tal está preparada, o no, “para el siglo XXI”. Error. Hay ámbitos de conocimiento, casi todos, en que el horizonte es el año siguiente.

Tenemos pues que los tiempos de las fake news, o sea, de las trolas de toda la vida, de la intoxicación, de la manipulación de las noticias, se cuela a través de las redes sociales y de ese gran congelador que es el universo digital. Los partidos, pero sobre todo los militantes fanáticos, aprovechan las últimas horas antes del voto para martillear los cerebros de los lectores, o mejor, ‘visualizadores’, de sus arrebatos en tuiter, Instagram, wassap… Todo el mundo canalla rellena de odio precocinado esas horas que en principio deberían ser un oasis de tranquilidad para aclarar las ideas, contrastar las ofertas, analizar los pros y los contras de las distintas alternativas, sin opresiones exteriores. Este es el sentido, y el objeto. Lo mismo que las cabinas acortinadas donde el ciudadano puede elegir, sin testigos ni amenazas, incluso gestuales, la opción que ha elegido quizás en el último segundo. La ley trata de garantizar que el voto sea, efectivamente libre y secreto. Que represente, de verdad, la voluntad soberana del elector.

Pero cualquier reflexión sobre este tema, elegir a los gobernantes, sean concejales o senadores, alcaldes o presidentes del Gobierno, diputados o parlamentarios en Estrasburgo, tiene que partir de dos circunstancias: que haya habido programas y que estos se hayan expuesto y entendido, en línea con el espíritu de Jefferson; y que en los debates y en los mítines haya habido argumentos, se hayan dado razones y se hayan expuesto datos veraces. Sin razonamientos difícilmente puede haber reflexión. Los discursos tradicionales, se han ido sustituyendo, empujados por el modelo paticorto de tuiter o los wassap, por frases. Y a veces ni eso, por dos o tres palabras mal juntadas que son como destilerías de ponzoña en vasijas de estiércol. El insulto, la mala educación, la injuria, la calumnia, la amenaza, la mentira y la trola dominan el verbo electoral. Los líderes arengan a la tropilla de fieles, que se desparrama en círculos concéntricos en los que la fe sustituye a la razón. Mark Twain se rebelaba ante la consigna, durante la guerra de Cuba, de que “con la patria, con razón o sin ella”. No quiero, ni puedo, resistirme a citar a Winston Churchill, en un dueto. “Cuando tienes que matar a un hombre, no cuesta nada ser educado”, dijo una vez. “Todo el mundo está a favor de la libertad de expresión (…) Pero para algunos la idea de libertad de expresión es que ellos son libres de decir lo que quieran, pero si otro les responde, eso es un atropello”.

Vienen muchas curvas, para España, claro, y para Europa, que en estos tiempos la misma cosa son.

El cambio de opinión en las masas, o colectividades, es un proceso muy lento, y tiene que haber un acelerante que actúe como en los artefactos explosivos. Quien vota a una opción determinada se amarra desde la primera vez que lo hace a esa opción por ese hilo tan complejo lleno de misterios psicológicos que es la ‘fidelización’ a la marca. La misma que hace que a pesar de los precios, o la calidad, o la atención, quien compra en un supermercado se mantenga leal como se mantiene fan de su equipo de fútbol… por lo menos hasta que haya una disculpa que justifique, para sí o para los demás, la mudanza, o la ‘traición’.

Lo hemos visto, como  nunca, en esta interminable campaña, dividida en dos o tres batallas, que ya dura años, desde que el impávido Mariano Rajoy fue superado por las circunstancias, por las suyas propias, por las del partido, y por las demás, que venían a ser una Trinidad, aunque nada Santísima.

Cada día es más visible la intoxicación organizada de las redes y la sofisticación de los recursos dialécticos y escenográficos que se emplean. Vengan de Rusia, o de las brigadas siniestras de la V Columna de casa.  Hoy, la impertinencia, la interrupción, el insulto en vivo y en directo, la acusación sin juicio, jurado ni derecho a defensa, de mentiroso o traidor a la patria y a los ferrocarriles de vía estrecha, los ‘momentazos’ o ‘ minutos de oro’ que son meros fuegos artificiales que terminan con olor a pólvora quemada, una foto sacada de contexto, una frase... no dan ocasión para que la gente pueda reflexionar sobre el fondo de la cuestión.

Pero, por el contrario, sí que se puede reflexionar sobre las únicas evidencias que son los hechos que se han presenciado a través de las pantallas: ¿puede uno fiarse de un mentiroso que miente más que a quien acusa de mentiroso? ¿Es confiable un político que no deja hablar al contrario y que coarta con mañas de tahúr del Missisipi el ámbito de la libertad de expresión de los demás? ¿Queremos para esta España que está entrando en una fase de desesperación, en una especie de pesimismo de nuevo ‘98’, en el que la esperanza y la ilusión se baten duramente contra el desánimo y la frustración, una escalada incesante de la tensión y una pelea de corral? ¿No hay alguien ahí fuera con suficiente determinación para convocar un gran pacto de Estado para acometer los grandes problemas pendientes, entre otros el conflicto catalán y en general el modelo territorial, además de la educación, el fomento de la investigación para no perder el tren de la era líquida en constante movimiento en la que estamos, determinar y ‘blindar’ el Estado de bienestar que queremos, y necesitamos…?

Los tambores, los estandartes y las consignas son aves de mal agüero. Reflexionemos, ¡coño!

Hay que reflexionar sobre todo ello. Con serenidad. ¿Queremos un país como el que se nos asomó en el teatro de los debates, con líderes que no se ponen de acuerdo ni en la ley de la gravedad? ¿No es acaso un suicidio, asistido, eso sí, apostar por la intransigencia frente a la conciliación, por el insulto frente al diálogo respetuoso, por la chulería frente a la buena educación, por el radicalismo frente al pragmatismo, por los efectos especiales, la demagogia y el populismo  frente a la realidad…?

Vienen muchas curvas, para España, claro, y para Europa, que en estos tiempos la misma cosa son. Son muchas las amenazas que se ciernen sobre el ‘estilo de vida’ europeo, que durante medio siglo ha gozado de un consenso general, pero que ahora los fantasmas del pasado discuten y enmiendan a la totalidad. Los nacionalismos y los populismos, de campanario o de naciones, aparecieron primero tímidamente, pero luego han ido quitándose el disfraz. Vuelve el diálogo de las pistolas que Vox pone encima de la mesa; la revisión de las libertades civiles, la persecución a las feministas de ahora que son las sufragistas de antes; la añoranza por los fascismos puros y duros, a los que solo les falta sacar los correajes, que están siendo como una epidemia de sarampión en las democracias europeas. Todos estos riesgos forman esa tamborrada que cada vez suena más fuerte. Los tambores, los estandartes y las consignas son aves de mal agüero. Reflexionemos, ¡coño!

 

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