Covid, modernización, energía...: lo que debe regular el semáforo del nuevo Gobierno alemán

Merkel se marcha tras 16 años dejando estabilidad pero, también, temas por abordar y una crisis insólita por la pandemia. Un reto que habrá que manejar a tres bandas.
Olaf Scholz preside la foto de familia con sus socios verdes y liberales, este martes, en Berlín, tras firmar el acuerdo final de legislatura.
Olaf Scholz preside la foto de familia con sus socios verdes y liberales, este martes, en Berlín, tras firmar el acuerdo final de legislatura.
Fabrizio Bensch via Reuters

Ahora sí, se ha acabado la era de Angela Merkel. Tras 16 años, la canciller conservadora deja el cargo, que ocupaba de forma interina desde las elecciones del pasado octubre, y da el testigo al socialdemócrata Olaf Scholz, quien fuera su ministro de Finanzas en la alianza CDU-SPD que gobernó el país en los pasados cuatro años. Scholz ha firmado ya su acuerdo de gobernabilidad con Los Verdes y los liberales del FPD y este miércoles cierra el proceso formal con la votación del Parlamento, el Bundestag. Llega el momento de que la coalición semáforo, como se la ha bautizado en función de los colores de cada formación, regule la realidad de un país estable y próspero pero necesitado de reformas profundas y, como todo el planeta, en jaque por el coronavirus.

Bajo el título Atreverse con más progreso, los tres partidos que han sumado esfuerzos para llevar el timón de Alemania han condensado 177 páginas de apuestas y propósitos, con los que prometen “enormes y decisivos esfuerzos” en la lucha contra la covid y el cambio climático, en la mejora de la economía y el sistema de salud, en la reducción de la brecha social y en las nuevas conquistas sociales.

Scholz habla de “gobernanza transformadora”, de un Ejecutivo “para las personas”, de la necesidad “de estar a la altura de la realidad social”. Pero también avisa, desde ya, que pretende presentarse a la reelección en 2025, porque hay materias que necesitan “largo aliento”, como el clima o las infraestructuras, más aún si ha habido que hacer concesiones por el camino a los socios para que las cuentas salgan y el gabinete se mantenga.

“Estamos ante un Gobierno inaudito en un país donde no suele haber grandes cambios políticos. Nunca se había dado una alianza de intereses tan diversa. Eso denota un empeño en hacer las cosas bien, sumando sobre la base de firmeza del tiempo de Merkel”, explica el analista germanobelga Matthias Poelmans. Recuerda que la alianza se ha forjado en ocho semanas de negociaciones -cuando había quien auguraba negociaciones tensas hasta primavera-, que han participado en ellas más de 300 expertos para hacer casar los intereses de unos y otros en una apuesta común y que, cosa rara, no ha habido ni una filtración. “No sabemos en qué han chocado o cuáles ha sido las cesiones más dolorosas para cada cual. Eso es un buen precedente”, señala.

Esa armonía, entiende, es un buen punto de partida, pero es que Alemania lo va a necesitar. Será el país con más habitantes de Europa y el motor económico del continente pero, también, “es un país que necesita una puesta a punto, que arrastra unos problemas de modernización incomprensibles, sobre todo en cuestiones de infraestructuras, de administración y de energía”, explica.

Por encima de todo se ha situado la urgencia del coronavirus. Será lo primero por atajar. Alemania salió relativamente bien parada de los primeros coletazos del virus, imponiendo una política de control estricta, pero de pronto ahora está batiendo récords de contagios desconocidos desde el inicio de la crisis. La incidencia acumulada va bajando lentamente, pero en el momento del cambio de cancillería sigue a un nivel elevado, con la incidencia en 432,2 nuevos contagios por cada 100.000 habitantes en siete días (era de 191,5 hace un mes), según datos del Instituto Robert Koch (RKI).

El 72% de la población (59,9 millones de personas) ha sido vacunado, pero no se logra convencer a los que aún no lo han hecho, de ahí que se esté planteado la posibilidad de ordenar la vacunación obligatoria en algunos sectores sensibles a partir de febrero. De momento, se aplican restricciones drásticas a las personas no vacunadas y el cerco se va estrechando. El rostro de cansancio de Merkel cuando apuntó estas noticias, consensuadas con el Gobierno entrante, dan cuenta de lo que les espera a Scholz y los suyos.

Los esfuerzos del nuevo Ejecutivo se tendrán que centrar en reducir los contagios, extender la vacunación y, también, reforzar un sistema sanitario con déficits crónicos de personal, sobre todo de enfermeros, lo que ha obligado incluso, por primera vez, al traslado de pacientes a hospitales de Italia y Bélgica ante la saturación de sus UCI.

Un país sano, con la pandemia a raya, puede afrontar ya otros retos, como la modernización de las infraestructuras, la administración o la energía. Alemania, dice el pacto de socialdemócratas, verdes y liberales, no puede permitirse más ser sólo un país de industria exportadora, sino que ha de rodar muy bien en otros ámbitos si quiere ser competitivo, empezando por la digitalización.

Parece mentira, pero sigue siendo una nación sostenida sobre el papel y la burocracia, lo que ralentiza la creación de empresas, complica procesos administrativos sencillos y hasta el acceso a derechos esenciales como la sanidad para los recién llegados. “Es la frase típica que se escucha a muchos españoles emigrados y no acostumbrados, de que tienes que llevar 30.000 papeles para cualquier gestión”, ironiza el analista afincado en Bruselas. Las vías rápidas y modernas también se necesitan en lo físico, en lo tangible, en comunicaciones del siglo XXI, duraderas y fiables, que incluyan ferrocarriles limpios y carreteras por las que puedan circular los 15 millones de coches eléctricos que se quieren tener para dentro de nueve años.

La energía, ese gran quebradero de cabeza

La energía, de la mano del cambio climático, es uno de los asuntos que se espera que tengan un mayor impulso, con Los Verdes como aliado más fuerte del canciller socialista. El país tiene como objetivo alcanzar la neutralidad en sus emisiones contaminantes antes de 2045 y los paneles de energía solar serán obligatorios en los techos de todos los edificios, tanto los que alberguen comercios como los residenciales y, sobre todo, está en proceso de acometer una transición energética que no se puede retrasar, porque en 2022 cierran todos los reactores nucleares y tiene que lidiar con el fin de ese tipo de energía.

En paralelo, tiene su controvertida dependencia del gas ruso -hace tres semanas, el regulador germano paralizó el polémico gasoducto Nord Stream 2- y la quema de carbón, un combustible fósil al que le hacen la guerra las conclusiones de todas las cumbres climáticas del planeta y que aún da dinero y empleo en no pocas regiones del país y, por eso, se ha mantenido como fuente de la industria y los hogares, alimentando una vía insostenible ambientalmente. En principio el abandono del carbón se fijó para 2038, pero se ha adelantado a 2030, fecha para la que además el 80% de la electricidad debe provenir de fuentes renovables.

Mucho por hacer para que ese escenario se cumpla y, más, con los malabares que supone poner freno a la deuda (ahora mismo suspendida por la pandemia) y mantener el compromiso de no subir impuestos, ambas exigencias de los liberales que limitan la inversión pública y atan de manos a Scholz.

“El parón nuclear fue decretado por Merkel en 2011 pero no se ha completado y Scholz será quien lo ejecute y asuma sus consecuencias. Esto supondrá un gran avance pero, a la vez, genera vulnerabilidad, es una seguridad con la que ya no cuenta. Aquello hizo que, por compensar, la canciller llamase a la puerta de Rusia para lograr gas y ahora eso le pesa, le resta independencia y condiciona su política exterior”, añade Poelmans, quien recuerda que, como cabeza del club comunitario, también acaba por arrastrar a Europa con sus decisiones domésticas.

Minijobs, pobreza y vivienda

En el plano social, Merkel hizo la vista gorda ante ciertos déficits, como la precariedad y la desigualdad, que ahora debería intentar amortiguar un Ejecutivo que se dice de centro-izquierda. En estos 16 años de CDU y Merkel, los ricos se han hecho más ricos y los pobres, más pobres, hay ocho millones de personas tienen un minijob, que es un empleo sin derechos que no cotiza, con los contratos temporales y parciales al alza, como el número de trabajadores pobres.

Se calcula que sólo en la capital uno de cada cinco ciudadanos necesita ayuda del estado para acabar el mes, el país acabó 2020 con un porcentaje de 18,5% de su población en riesgo de pobreza, un aumento de 3,7 puntos respecto a 2019. Las pensiones se enfrentan a un colapso recaudatorio -uno de cinco jubilados estará en peligro de caer en la pobreza en el 2036- y la brecha salarial entre hombres y mujeres es de las más altas de Europa, un 18%.

Scholz ha prometido ya subir el salario mínimo a 12 euros la hora y mejorar la cobertura de los empleos parciales, además de medidas en el mundo inmobiliario, una “alianza por la vivienda asequible” que no concreta aún la intervención de precios del alquiler pero sí la construcción de 400.000 viviendas al año (100.000 públicas) para abaratar la venta.

“Hay que ser realistas: Scholz es socialdemócrata, no socialistas, ha trabajado en la coalición con la CDU sin levantar mucho la voz a su socio y ha sido votado, en parte, por ser el candidato más parecido a Merkel. Por lo tanto, no se puede esperar tampoco una revolución en lo social y en lo económico. Los Verdes ayudan a la apertura progresista, sobre todo en el plano ecologista, pero si se estira la cuerda, quien se va es el FPD y la alianza se acaba. Habrá tensiones en materia de impuestos, mercados, regulaciones, clima... No será sencillo hacer una transición multicolor y en mitad de una crisis”, remarca el analista, quien recuerda que habrá que “mover muchas líneas de las actuales” y mantener además el equilibrio con los potentes gobiernos regionales.

La ultraderecha, añade, estará de fondo poniéndolo difícil, con su 10% de los votos. Por más que haya un cordón sanitario firme que le impide tocar poder y por más que haya perdido cierta fuerza, está en las instituciones y marcará agenda, sacando temas que a la nueva cancillería le resultarán espinosos pero que tendrá que abordar.

Europa, pendiente

La política exterior se trató poco en la campaña electoral y lo mismo pasa en el documento del pacto. Y, sin embargo, será un reto esencial del nuevo gabinete germano. Berlín ha sido en los últimos años, junto a Francia, el país que más ha intentado mantener unidos a los Veintisiete y apostar por una independencia mayor en lo político, lo diplomático y lo defensivo, incluso respecto de aliados como EEUU. Es la llamada autonomía estratégica.

Poelmans recuerda que “Alemania ha sido pegamento y punta de lanza en la pelea contra las autocracias y los iliberales europeos, los que corrompen sus pilares y violentan sus valores. Merkel ha sido muy firme a la hora de liderar el frente contra el grupo de Visegrado”, compuesto por Eslovaquia, Hungría, Polonia y República Checa, y “ahora habrá que mantenerse serios en ese punto, en la defensa de los principios fundacionales de la UE y ante amenazas de ruptura como la del Brexit”.

Señala que Scholz tendrá que ser igualmente duro con los nacionalismos crecientes, “en pos de la soberanía europea”, y que es factible que ahonde en la apuesta de Merkel por la apertura al este, obligando a reformas para que nuevas naciones entren en el espacio comunitario, en una jugada de enorme interés geoestratégico ante el poder e influencia, sobre todo, de Rusia.

“La necesidad de los votos de verdes y liberales puede romper con el pragmatismo de Merkel respecto a Moscú y respecto a Pekín, también. Que las alianzas económicas, pues hablamos de socios comerciales esenciales, no se impongan tanto sobre la política, sobre todo en la defensa de los derechos humanos, pero para eso hace falta un estado más fuerte y autónomo”, asume.

Los liberales consideran que ambos países juegan con cartas marcadas en el mercado internacional, mientras los verdes rechazan los abusos a las libertades y los derechos en ambos territorios. Todo esto, con el gas, como decíamos, de telón de fondo, una dependencia de la que cuelga el suministro, los precios... y el primer partido del Gobierno, pues el excanciller socialdemócrata Gerhard Schröder es hoy el presidente de Nord Stream 2 y el principal lobista de Vladimir Putin en Europa, por ejemplo. Por eso “un cambio de rumbo de Scholz puede cambiar las reglas desde lo energético de su país a lo defensivo o comercial en el mundo entero”.

En el caso de China, primer socio comercial de Alemania, Merkel viajó a la zona en 12 ocasiones durante sus mandatos y sabía que las principales empresas del país se juegan entre un 10 y un 15% de su facturación en el país asiático. Para mantener a flote las exportaciones, hizo un pacto con Pekín que ahora habrá que revisar.

También con EEUU. Se esperaba una vuelta a la mano tendida con la llegada de Joe Biden y el fin del tiempo de Donald Trump, que no hacía más que maltratar a sus aliados, pero el demócrata lleva un año en el cargo y ha metido la pata dos veces, enervando a Berlín con la salida nefasta de Afganistán, en agosto, y con el acuerdo defensivo Aukus, que dejó a Europa a un lado. Merkel quería más lealtad del socio del otro lado del charco, más claridad y menos órdenes. Scholz estuvo a su lado cuando era su ministro. Ahora está por ver cómo digiere todo esto, siendo el canciller.

“Quedan por delante cuatro años complejos pero la base parece seria. No queda otra, si se quiere garantizar la gobernabilidad, que trabajar en función de las necesidades nacionales. Será apasionante”, augura Poelmans.

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