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CARLOS PINA
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TENDENCIAS
23/06/2019 09:04 CEST

Una reunión de Alcohólicos Anónimos, desde dentro: "Pensaba que la única solución era morirme"

Miembros de A.A. narran su paso por los infiernos y su salida a la luz: "No somos unos depravados".

“Pasad, pasad, que hoy estamos todos vacunados”, bromea Pepe mientras da la bienvenida a El HuffPost a una reunión de Alcohólicos Anónimos celebrada un miércoles por la mañana en un centro cultural del barrio de Usera, en Madrid.

Mujeres, hombres, funcionarios, exdirectivos, periodistas, padres… el grupo está nutrido por una quincena de miembros perfectamente “normales”, dicen, que podrían ser tu vecina, tu compañero de trabajo, o incluso tu madre.

Lo que les trajo hasta aquí no fue lo mismo en todos los casos —“el miedo a volverme loca”, “la desesperación”, “la esperanza de que aquí me enseñaran a beber”— y sus expectativas tampoco se correspondían con lo que encontraron en las reuniones —“creía que esto era como una secta”, “pensaba que me iba a encontrar una panda de borrachos desesperados”—; pero si hay algo en lo que están de acuerdo es que Alcohólicos Anónimos (A.A.) les salvó la vida. “Ahora me quiero”; “desde que estoy aquí, he aprendido a vivir con alegría”.

Después de 84 años en activo, esta asociación sin ánimo de lucro se mantiene en pie con los mismos principios con los que la crearon en 1935 los estadounidenses William Griffith Wilson y Bob Smith, que también fueron alcohólicos. Lo único distinto es que las reuniones ya no se celebran en sus casas, sino en locales de 180 países, que acogen a más de dos millones de miembros (10.000 sólo en España) repartidos en unos 116.000 grupos en todo el mundo.

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A España llegó en 1955, cuando se formó el primer grupo de Alcohólicos Anónimos en Madrid. Ahora son 616 las agrupaciones vigentes en nuestro país y una de ellas, perteneciente al Área 7 —que abarca las provincias de Madrid, Ciudad Real, Toledo y Guadalajara—, es la que se reúne a diario en este centro de Usera y la que no pone ninguna pega a abrir sus puertas a la prensa, como en este caso, o a cualquier persona de fuera, siempre y cuando se respete su anonimato.

Entre termos de café y jarras de agua, da comienzo la reunión con los miembros sentados alrededor de una mesa alargada. Como en una junta al uso, antes de dar la palabra a los participantes, se leen las 12 tradiciones y los 12 pasos de A.A., además de un fragmento del libro Viviendo sobrio, una de las obras publicadas por Alcohólicos Anónimos en los años 70 que el grupo sigue utilizando a día de hoy. 

Nadie te mira mal cuando dices que tienes diabetes, pero sí cuando cuentas que eres alcohólico

Vicio, alergia, culpa y estigma son cuatro de las palabras que más se repiten. ‘Vicio’, porque el alcoholismo se confunde con eso, mientras que en realidad es una enfermedad “crónica e incurable”: “No somos unos depravados. No tenemos una adicción por gusto”. ‘Alergia’, porque el alcoholismo es comparable con una intolerancia alimentaria o una “reacción anormal a una sustancia”: “Si descubres que las fresas o las ostras te dan alergia y te sientan mal, aprendes que no tienes que comerlas”. ‘Culpa’, por la carga que los miembros llevaban años acarreando y de la que se liberaron en A.A. al comprender que ellos no han elegido tener esa enfermedad: “No entendía por qué, si cada mañana me repetía que no iba a volver a beber, por la noche me emborrachaba como si nada”; “yo no quería ser alcohólica, no lo busqué”. Y ‘estigma’: “Nadie te mira mal cuando dices que tienes diabetes, pero sí cuando cuentas que eres alcohólico”.

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“Tenemos un programa de recomposición de 12 pasos que escribieron los 100 primeros alcohólicos, entre 1935 y 1939, y todavía nos sirve”, explica Andrés, uno de los miembros de Alcohólicos Anónimos que participa en esta reunión, a modo de introducción. “No consiste en tapar la botella, sino en aprender a vivir de otra manera”, asegura. En A.A. no se pagan honorarios ni cuotas, ni se aceptan contribuciones ajenas, pero la tradición dice que el grupo contribuya con lo que pueda para los gastos de la asociación. Las reuniones suelen durar dos horas, con una breve pausa en medio, antes de la cual se pasa una canasta y cada uno aporta una cantidad anónima.

Somos una comunidad muy pobre. No tenemos jefe, ni subvenciones, ni las aceptamos, porque el que paga pone la música”, sostiene Andrés. “El dinero que recogemos va destinado al alquiler del local. Y aunque nos lo den gratis, nosotros pagamos algo a cambio a la comunidad, dando charlas en colegios, en empresas o en cuarteles”, añade Pedro* (nombre ficticio).

Vivir “un infierno”

Pepe toma la palabra y su testimonio estremece. “Yo fui muy precoz en todo. Mi primera borrachera fue con 7 años, me bebí una botella entera”, afirma con la mirada seria. “Doy gracias de que las lentejas estaban frías, porque acabé con la cabeza metida en una olla”, prosigue, como si hubiera memorizado ese arranque. “Desde entonces, no volví a probar las lentejas”.

Su caso es particular, no sólo por la precocidad y el entorno desestructurado —“con 6 años me tocaba ir a buscar a mi padre a los bares y a los prostíbulos”—, sino porque un día de repente sintió que el que tenía entre las manos sería el último whisky con Coca-Cola que se tomaría. Y así fue. Sin recaídas, algo que no suele ocurrir. 

Mis últimos meses de consumo fueron en la cama, con una botella en la mano. Ahí quieres morirte, es estar en el infierno, una locura

Gema empezó a beber “tarde, con 29 años”. “En esa época era bebedora social. Al principio buscas gente que beba más o menos como tú, luego se te van quedando pequeños y al final acabas bebiendo tú sola, en casa, guardando alcohol, escondiéndolo. Mis últimos meses de consumo fueron en la cama, con una botella en la mano. Ahí quieres morirte, es estar en el infierno, una locura”, describe. 

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Andrés, funcionario jubilado, también recuerda su época de alcoholismo como “un infierno”. Aun así, lo agradece, porque lo que vivió le ha hecho valorar más lo que tiene ahora: “Si no hubiera sido alcohólico, jamás habría aprendido a vivir como hoy”. Frente a ese infierno, la voz de su mujer le suena ahora “a música celestial” cada vez que ella se ríe o se pone a cantar.

Muchos de los miembros de Alcohólicos Anónimos pasaron por otras terapias antes de aterrizar aquí. “Mi psiquiatra nunca me dijo que era alcohólica, eso lo descubrí al entrar por esta puerta y escuchar las historias de mis compañeros”, explica Gema. “Aquí puedo contar cómo me siento y la gente me entiende. Fuera no, porque no son alcohólicos, por suerte”.

Gabriel Rubio tampoco es alcohólico, pero, como jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital Doce de Octubre de Madrid, acude habitualmente a estas reuniones para “respaldar el mensaje de Alcohólicos Anónimos”. Aunque en su centro “siempre ha habido buena relación con asociaciones de exalcohólicos”, el doctor es consciente de que hay personas más reacias a seguir ciertas terapias. Según explica Rubio, el formar parte de una asociación como Alcohólicos Anónimos es “fundamental” y “complementario” al tratamiento médico que ofrecen en el Hospital, que incluye programas de desintoxicación, terapia individual y en grupo, de prevención, de manejo de emociones y de consolidación de hábitos.

El alcohol como anestesia

Precisamente el manejo de emociones es uno de los puntos flacos de los alcohólicos y uno de los puntos que más refuerzan las “asociaciones de ayuda mutua”, como las describe el doctor.

“Empecé a beber con 19 años porque necesitaba anestesiarme. Todo me dolía mucho, todo era demasiado intenso. Y crees que el alcohol es una solución, porque cuando bebía, se me olvidaba”, cuenta Rosa. Por aquel entonces a ella le sorprendía mucho “la gente que bebía en los bares, que se lo pasaba bien, que jugaba al mus”. “Mi rutina consistía en empezar a beber en casa, ponerme a llorar y quedarme dormida, borracha y llorando. Un juergazo”, ironiza.

Mi rutina consistía en empezar a beber en casa, ponerme a llorar y quedarme dormida borracha y llorando, un juergazo

Rosa (nombre ficticio) no es la única que habla del alcohol como “anestesia”. Sara confiesa que entró a Alcohólicos Anónimos “derrotada”: “Aceptando que mi vida era ingobernable y que soy alcohólica”. Hoy agradece que el programa le haya enseñado “a vivir, a ser feliz sin el alcohol o las drogas, sin necesidad de esa anestesia”. “Si no aprendes eso, puedes dejar de beber y ser infeliz. Es lo que llamamos la borrachera seca: no estás bebiendo, pero estás como una cabra”, reflexiona.

“Esta vez está funcionando. Llevo 11 meses y creo que he venido para quedarme. Menos mal que el único requisito para entrar es querer dejar de beber, porque, si no, en otro sitio me habrían dado una patada”, bromea, en alusión a que es transexual y tiene experiencia en discriminación y rechazos.

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“El anonimato nos iguala a todos”, resume Andrés. “En A.A. no hay jefes, esto es una anarquía”, describe. Nadie obliga a nadie a acudir a las reuniones ni se piden explicaciones si hay ausencias o recaídas. Porque las hay.

“Después de cuatro años de tratamiento, mi psiquiatra se cansó de mis recaídas. Y en realidad recaía porque no sabía vivir, no sabía enfrentarme a la vida diaria”, relata Gema. “Cualquier cosa se me hace un mundo: yo no quiero sufrir, quiero esconderme del dolor. Había un tiempo que estaba bien y, cuando aparecía algo malo en mi vida, volvía a refugiarme en el alcohol”. Por eso los profesionales insisten en lo importante que es acudir a una asociación cuando el tratamiento médico ha finalizado. “El alcoholismo no se soluciona solo. En la dinámica de grupo se enseñan estrategias complementarias, soluciones que a unos les han funcionado y pueden funcionarte a ti también a la larga”, sostiene el psiquiatra Gabriel Rubio.  

“Por 24 horas”

“Sólo por hoy, no voy a beber” es lo que se prometen los miembros de Alcohólicos Anónimos cada mañana al levantarse, haciendo honor al mantra de la asociación: “Por 24 horas”. De ahí que, antes de contar su testimonio en la reunión, se presenten con la coletilla “y hoy no he bebido” seguida de su nombre y al terminar se despidan con un “felices 24 horas”. “Aprendes a dejar pasar esa copa, sólo por 24 horas”, señalan.

“Yo me había jurado y perjurado mil veces que no iba a volver a beber, pero al final caía y me sentía una fracasada. Cuando vine aquí y me explicaron que sólo durante las siguientes 24 horas no iba a beber esa primera copa, me permitió no estar pensando todo el tiempo en el pasado ni morirme de miedo por el futuro. Así se me hizo más fácil”, reconoce María. 

Antes tenía una dificultad y me la bebía. Aquí he aprendido a gestionarlas

Su testimonio es uno de los muchos en los que la inseguridad y los miedos resultan recurrentes, y tal vez estos se encuentren en la base de su alcoholismo. “Empecé muy joven a beber. Con 14 años tenía una depresión profundísima, una anorexia muy fuerte, y el primer día que bebí, me pareció la bomba. Estaba hecha polvo y los compañeros me dijeron: ‘No vamos al instituto, nos vamos a la bodega’. Uno de mis grandes problemas era gustar a los demás y probar esas cervezas fue para mí como una varita mágica: ya me daban igual los exámenes, los problemas, todo. Fue tan poderoso para mí que ya no me imaginaba poder vivir sin esa sensación. Y no paré, hasta el punto de que empecé a consumir otras sustancias porque me permitían seguir bebiendo”.  

María narra que al poco tiempo entró en centros de desintoxicación que le “salvaron la vida”. “Pero dejaba de consumir y cuando salía a la calle, me volvían todos los miedos. Al final acababa consumiendo y bebiendo, porque no sabía gestionar todo eso”, puntualiza. “Aquí me explicaron que era yo quien tenía que cambiar. Era la parte espiritual, un profundo cambio interior, lo que necesitaba. La María de entonces no sabía vivir en esta sociedad. Con el programa de 12 pasos me daban las pautas para ese cambio, como una cartilla. Fue una maravilla, como si me lo hubieran dado todo el bandeja”, recuerda. “Antes tenía una dificultad y me la bebía. Aquí he aprendido a gestionarlas”.

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Algo parecido le ocurría a Pedro, ahora su pareja. “Como era tímido, al beber se me abría el mundo. Era una forma de huir de mi yo introvertido. Al alcohol le tengo que dar las gracias en muchos aspectos de mi vida: gracias a él, ganaba locuacidad, hablaba con la gente, hasta conseguí trabajos y prestigio cuando era capaz de parar después de un par de copas”. Lo malo es que esas copas empezaron a multiplicarse. “Antes tenía borracheras y al día siguiente, con la resaca, me tomaba una copa y me iba al trabajo para estar más bravucón. Pero luego cruzas la línea y si te tomas esa por la mañana, no puedes parar. Me llegaron a ingresar siete veces en un psiquiátrico”.

Directivo de una multinacional, empezó a faltar en su trabajo y, “para taparlo, cuando volvía, trabajaba a saco, al 300%”. Llegó un momento en el que no fue capaz de “tapar” el alcohol. “Todo lo que el alcohol me ha dado también me lo ha quitado. Un viernes me comunicaron que me habían concedido un ascenso, diciéndome que el lunes nos reuníamos, pero me fui al bar de abajo y aparecí a los 7, 10, 15 días, no sé, ingresado en un psiquiátrico… Obviamente, perdí el puesto”.

Cualquier excusa era buena para beber

“Yo soy del Osasuna, pero si jugaba el Madrid veía un buen momento para emborracharme”, bromea Pedro, aunque en realidad habla en serio. La victoria o la derrota de un equipo, la muerte de un pariente, la sensación de haber tenido un buen día… cualquier motivo es bueno para que un alcohólico se beba esa primera copa a la que luego seguirán tantas otras. 

“Un día la grúa se llevó mi coche y lo celebré en el bar”, ratifica Andrés. Él lleva ocho años sobrio, pero asiste sin falta a su cita diaria con Alcohólicos Anónimos para dar esperanza a otros y para recordarse que el alcoholismo es una enfermedad “crónica”, porque “las emociones vienen siempre y cualquier cosa justifica en mi cerebro la necesidad de beber”. “Así son las adicciones”, zanja.

Pedro lamenta que el alcohol siga siendo “un producto alimenticio en este país”. De hecho, muchos de los miembros de Alcohólicos Anónimos en un momento fueron bebedores sociales.

Cuando bebía con los amigos, se me hacía lento, y enseguida quería dejarlos a un lado e irme por mi cuenta

“Cuando iba de cañas con amigos, automáticamente pedíamos la primera ronda y me bebía el botellín de un trago”, cuenta Andrés. “La mayoría de la gente va a su ritmo, hablando, bebiendo, pero yo me quedaba mirándolos ansioso por que acabaran para poder pedir otra”. Lo mismo le ocurría a Pedro: “Cuando bebía con los amigos, se me hacía lento, y enseguida quería dejarlos a un lado e irme por mi cuenta. Al final los dejaba en un sitio e iba cerrando bares por la ciudad”. “En eso acaba el alcoholismo. En la soledad”, reflexiona.

El entorno no siempre lo pone fácil

Todos ellos comparten la comprensión que encontraron en A.A. y lo difícil que les ha resultado sentirse entendidos fuera del grupo. “Antes pensaba que estaba loca y aquí empecé a ver que no soy un marciano. Te identificas con todas las historias de los compañeros”, cuenta María. 

“Con gente de fuera no suelo hablar de mi alcoholismo porque, aunque lo intenten, no lo entienden”, coincide Rosa. “Incluso mis padres. Según ellos, no soy alcohólica”, añade. “De hecho, cuando empecé a venir aquí, soltaron: ‘Otra cosa rara que le ha dado a la niña’. Y en Navidad, me dicen: ‘¿No te tomas una copita de cava?’. Ya me he cansado de explicarlo, así que sólo respondo: ’No, gracias”.

Antes pensaba que estaba loca y aquí empecé a ver que no soy un marciano. Te identificas con todas las historias de los compañeros

El fenómeno de los amigos que te animan a beber cuando lo has dejado también es habitual. “Es muy típico que te digan: Bueno, si ya llevas no sé cuánto tiempo sin beber, seguro que te puedes tomar una. No entienden que es una enfermedad. Pero yo, como alcohólica, sí sé que es una enfermedad, y sé que cuando entro en contacto con el alcohol, no voy a saber parar”, explica Ana. “Ahora salgo con mis amigos, ellos beben y yo no tomo absolutamente nada. Soy feliz sin el alcohol”.

“Además, llegas a la conclusión de que esos amigos que tanto insisten realmente lo que quieren es que tú bebas para beber ellos también”, apostilla Pedro. 

Fuera culpas

Antes de dejar de beber, Rosa sentía repulsión cada vez que se miraba al espejo por las mañanas. “Me daba tanto asco mi cara que en un momento tapé el espejo del baño con folios; me insultaba, me decía ‘eres gilipollas’. Era una tortura. Pero luego, volvía de trabajar, y me ponía a beber”, cuenta. “Cada vez bebía más cosas y más cantidad. Primero bebía cuando mi hija no estaba conmigo, luego bebía cuando sí estaba, ya me daba lo mismo”. 

Me daba tanto asco mi cara que tapé el espejo del baño con folios; me insultaba, me decía ‘eres gilipollas’. Era una tortura

“No entendía por qué me estaba autodestruyendo de esa manera, creía que me estaba volviendo loca”. Por eso cuando en A.A. le explicaron que el alcoholismo es una enfermedad, “me quitaron kilos y kilos de culpa”. “Cuando otras personas me decían: ‘Pues no bebas’, yo pensaba: ‘Ojalá fuera tan fácil’. Nadie te culpa por ser diabético, y sí por ser alcohólico”.

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Pepe, que se emborrachó de forma habitual desde los 7 hasta los 37 años, ya no se echa la culpa “de haber bebido, de ser alcohólico o, simplemente, de ser”. “Hice lo que pude cuando pude porque no tenía otra opción. Era lo que había visto”, relata.

Llegó a Alcohólicos Anónimos habiendo dejado ya la bebida, pero “derrotado”. Y se quedó por el amor y la comprensión de sus compañeros.

Como él, muchos siguen yendo a las reuniones para recordarse que el alcoholismo es crónico. “Además de ser una enfermedad mental, física y espiritual, es astuta, desconcertante y poderosa, y me va a estar esperando siempre”, afirma Ana. “Me uno a las reuniones para que no se me olvide de dónde vengo, para que no se me olvide a dónde no quiero ir, y para reconocer en cada momento mi enfermedad”.

“Antes de venir pensaba que la única solución era morirme. Pero no tenía valor para matarme. Y menos mal”, afirma aliviado Andrés. Para él, “la alegría de los compañeros” es lo que le hace no beber.

Gema también llegó creyendo que lo había perdido todo: la alegría, el trabajo y a su hijo. “Ahora lo he recuperado todo menos el trabajo, pero eso me da igual”, ríe. “Quiero estar aquí todos los años que me queden de vida, que espero sean muchos”.

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* La mayoría de los nombres que aparecen en este reportaje son ficticios para proteger el anonimato de los protagonistas.

Si te has sentido identificado al leer este artículo o crees que alguien a tu alrededor puede estar sufriendo por el alcohol, llama al 91 341 82 82 o visita www.alcoholicos-anonimos.org

 

¿Es Alcohólicos Anónimos para mí?

Estas 12 preguntas sirven como indicador de un posible problema con la bebida. Según Alcohólicos Anónimos, si se responde ‘Sí’ a cuatro o más, puede ser señal de que alguien tiene un problema con el alcohol.

 

1. ¿Ha intentado alguna vez dejar de beber durante una semana o más, sin haberlo conseguido?

2. ¿Le fastidian los consejos de otras personas respecto a su forma de beber?

3. ¿Ha pasado de una clase de bebida a otra con ánimo de evitar las borracheras?

4. ¿Durante el pasado año ha tomado alguna copa al levantarse por la mañana?

5. ¿Tiene envidia de las personas que pueden beber sin meterse en líos?

6. ¿Ha tenido algún problema relacionado con la bebida durante el año pasado?

7. ¿Ha causado su forma de beber dificultades en casa?

8. ¿En reuniones sociales, trata usted de conseguir tragos “extras” por temor a no tener suficiente?

9. ¿Sigue usted diciendo que puede dejar de beber en el momento que quiera, a pesar de que se sigue emborrachando cuando no quiere?

10. ¿Ha faltado a su trabajo o a la escuela a causa de la bebida?

11. ¿Ha tenido “lagunas mentales”?

12. ¿Ha pensado que llevaría una vida mejor si no bebiera?