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30/07/2019 07:18 CEST | Actualizado 30/07/2019 13:46 CEST

Rivera a estribor

La ruptura del bipartidismo que se ofreció como el no va más de la democracia ha sido una frustración. Un espejismo.

Agencia EFE
Albert Rivera. 

Para muchos –y, francamente, para mí– no hubo sorpresas en las sesiones del pleno de investidura. “Dios hace milagros, pero no imposibles”, me dijo un día un cura claretiano del Inmaculado Corazón de María.  Eso se tradujo en un inevitable (y muy merecido) suspenso en matemáticas. Pero si hasta lo habían anunciado todos los archipámpanos de Indias, como decía Gabrielillo, entrañable personaje de Benito Pérez Galdós. Todo se concibió por Pedro Sánchez, a quien se le han retorcido los colmillos en tiempo récord, como un trámite que estaba condenado a acabar como ha acabado; salvo imprevistos.

Esa incógnita de la ecuación, me parece que la única, era que Albert Rivera volviera a la situación de 2016 cuando firmó aquél verdadero pacto de Estado con el líder socialista, con toda solemnidad y en los salones del Congreso de los Diputados. No podía haber más simbolismo. La realidad es que los ciento y pico acuerdos plasmados en el documento siguen siendo un punto de encuentro; y encima, son más necesarios que en aquel momento. 

Pero entre aquel ayer y este hoy se ha producido un gran cambio en la política  española: el desplazamiento de Albert Rivera desde la socialdemocracia al ‘baño maría’, primero, y el centrismo más o menos puro, parecido al de los partidos liberales europeos, que unas veces gobiernas con los socialistas y otras con los conservadores, actuando como ‘correctores de pruebas’ o moderadores, después, hasta su altanero corrimiento a la derecha dura.

Eso se produjo en dos fases, pero tan vertiginosas que parecen una sola: Primero al campo de juego tradicional del PP, a quien le quería dar el sorpasso, y luego, porque ese fuerte estaba impensablemente bien defendido a pesar de las apariencias, compitiendo con la extrema derecha encarnada en Vox para rapiñar esos votos huidos del Partido Popular.  

No hay nada como hablar con los taxistas, sean de Madrid, Coruña, Las Palmas de Gran Canaria, de donde sea, o estar atento a las conversaciones en el Cercanías de la T-4 hasta Atocha, o prestar atención a las chácharas en el bar… o atender a los wassaps enviados por históricos del PSOE cabreados con el sanchismo, a veces con argumentos muy razonables y a veces porque sí, para adelantarnos al próximo barómetro del CIS. 

Muchos, pero muchos votantes de la izquierda socialdemócrata desencantados con la palabrería de Pedro Sánchez que juzgaban extremista y rupturista con la línea del PSOE de la Transición, y que motivó la dolorosa ruptura al borde de una escisión, con la expulsión de Sánchez y la creación de una gestora, que capitaneó ‘por razón de Estado’ la abstención socialista en la investidura de Rajoy… se habían ilusionado con Rivera. Les gustaba el chaval. Tenía pico, ideas que parecían sensatas y claras, era aire fresco en una política asirocada.

Para esa gente, sociológicamente de izquierdas, pero que huían del populismo bolchevique y tropical de Podemos, por otra parte convertido en una jaula de grillos, y en un colador, la alternativa era abstenerse, votar en blanco, o probar la carta de Rivera. 

La ruptura del bipartidismo que se ofreció como el no va más de la democracia ha sido una frustración. Un espejismo.

Pero el repentino rumbo a estribor (derecha en términos náuticos) los desencantó tan rápidamente cómo los había encandilado. “Mire usted –me dijo uno de estos socialistas de los de antes– ya no me fío de este chaval, al final más vale malo conocido que aventurero por conocer…”. Razones.

En semanas, después de la desilusión electoral, un batacazo sin paliativos,  Albert Rivera basculó tanto a la derecha que le dejó a Pablo Casado el centro que había abandonado cuando, entronizado como nuevo presidente, quiso ser una especie de Aznar bis. ‘La derecha valiente’ y sin complejos y no la derecha cobardica de que les acusa Abascal, ‘cuña de la misma madera’.

Pero el nuevo líder de la derecha de marca moderó su lenguaje, cesaron los insultos toscos, la malcriadez dio paso a la compostura, y adquirió, abracadabra pata de cabra, una imagen de moderno, aunque bisoño, gobernante.

Tenemos, entonces a Rivera, compitiendo con Abascal, a pesar de los remilgos y disimulos, es decir, yéndose a un extremo; Casado, aguantando la posición con una doble táctica: no perder más votos y a ganar espacios de poder mediante pactos para endulzar la derrota con sacarina, y Pedro Sánchez lanzando señales a Ciudadanos, y hasta a los populares, para no depender ni del rojerío antisistema podemita ni de los nacionalistas, separatistas, etarras y ‘gentes de mal vivir’, constitucionalmente hablando.

Podemos y Ciudadanos viven, ambos, una fortísima crisis interna, que no se puede borrar con el procedimiento de negar la mayor. “Gota a gota se desangra el más obeso”, sentenciaba un alcalde de pueblo cuando la UCD. El goteo que está sufriendo Podemos, que ha perdido a la mayor parte de sus fundadores, y el que también padece Ciudadanos, con fugas de mucho renombre, peso y postín, son una mala señal. No es que acaben como la Unión de Centro Democrático, el partido instrumental creado por Adolfo Suárez, pero tan lleno de contradicciones  internas y de ambiciones encontradas que acabó explotando, como un Big Bang, sin que el CDS fundado aprisa para recoger los restos náufragos del suarismo pudiera navegar en aquellas mares encrespadas.

El discurso de Albert Rivera en la investidura fallida, eso de hablar de ‘la banda de Sánchez’, repugnó, por lo que se está viendo día a día, a la mayor parte de los simpatizantes y de sus cargos, orgánicos o públicos. ‘Algunos bastantes’ han abandonado el barco sin esperar la llegada al puerto prometido. Si se van los que fundaron Ciudadanos creyendo que construían un partido centrista, liberal, con una perfecta transparencia y una sincera democracia interna, y no una jefatura gilroblediana… ¿qué queda?

Pues la casi nada. El mar ignoto. 

Entre tanto, y como el orvallo gallego, que no moja pero empapa, va calando el relato de que Pedro Sánchez le ha pedido muchas veces a Rivera llegar a un acuerdo, aunque sea para una abstención que permita la investidura; la idea ha sido incluso reiterada dentro del PP por el influyente barón gallego Núñez Feijóo, que lanza, como quien no quiere la cosa, que si Sánchez lanza alguna oferta, un programa, por lo menos habría que estudiarlo. 

También aprendí en el colegio de curas una frase imprescindible como palanca metafórica para adentrarse en los misterios de la vida: “Dios escribe derecho con renglones torcidos”. 

Los sondeos mantienen una tendencia al alza del PSOE, con los habituales altibajos en medio, y del PP; y un estancamiento, con querencia a la baja, de Ciudadanos, Vox y Podemos. La ruptura del bipartidismo que se ofreció como el no va más de la democracia ha sido una frustración. Un espejismo. Los nuevos, en el fondo, son más viejunos que los viejos. Se extiende la añoranza de aquel bipartidismo imperfecto, cuyo único peligro era, y sigue siendo, que el separatismo catalán y el vasco aprovechan la debilidad de los gobiernos de la nación para, a cambio de sus votos para la estabilidad, aumentar la fuerza del soberanismo. 

¿Y si unas nuevas elecciones, a pesar de todos los pesares, dieran un Gobierno más fuerte y estable para afrontar el que será a plazo fijo uno de los mayores desafíos de la democracia?

Mientras no hay, al menos con una mínima certeza basada en la realidad y no en los sueños, una posibilidad para una investidura cercana, y sí crece la sensación de que el estado mayor de Sánchez (y en especial su brujo de cámara, Iván Redondo) previó desde el principio la repetición de las elecciones, porque a pesar del presumible hartazgo de los electores por tantas citas seguidas con las urnas, una buena e imaginativa publicidad (eso sí, combinada con el BOE) puede tener efectos sorprendentes. 

Se acerca imparablemente el día en que el Tribunal Supremo haga pública la sentencia del procés a los golpistas acusados de rebelión, que será un instante de gran crispación en Cataluña. Esa es otra de las razones por las que los socialistas no quieren que se sienten a su lado en el Consejo de Ministros unos aliados que, por su trayectoria y declaraciones recientes, se pondrían del lado de los condenados y no del Estado.

La pregunta es: ¿y si unas nuevas elecciones, a pesar de todos los pesares, dieran un Gobierno más fuerte y estable para afrontar el que será a plazo fijo uno de los mayores desafíos de la democracia? Para empezar, revalorizar la degradada Constitución y revalidar la Transición. Que son los 40 años de paz, de verdad.

 

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