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25/10/2021 07:19 CEST | Actualizado 25/10/2021 07:19 CEST

Rubalcaba frente a su icono

Su papel fue fundamental como uno de los dirigentes políticos más comprometidos y decisivos en la estrategia para la consecución del final de ETA.

EFE
Alfredo Pérez Rubalcaba.

Fue Rubalcaba el que, poco después de dimitir a raíz de un mal resultado electoral y de ser despedido con los elogios de propios y extraños, dijo con acierto y un punto de socarronería que en España se entierra muy bien. Otra cosa bien distinta es en qué medida se reconocen las virtudes, el buen hacer y sobre todo se recuerda el legado del finado, más allá de los habituales tópicos de circunstancias.

Por eso, después de una década del anuncio de cese de la actividad armada terrorista por parte de ETA, era lógica la celebración, y con ella el recuerdo en particular de las víctimas del terrorismo, de su derecho a la verdad y a la investigación de los casos aún por resolver, pero también la reivindicación de los funcionarios públicos, de los políticos y los ciudadanos que, con mayor o menor protagonismo público, contribuyeron primero a la resistencia frente al terror y luego a la derrota de ETA.

Por eso, aparte del lógico objetivo de la reconciliación interna del Congreso del PSOE y por ello del protagonismo de la imagen de unidad en el abrazo de sus secretarios generales, me he alegrado en especial del emocionado y justo homenaje al insigne colega (en un término acuñado por Manolo Marín) Alfredo Pérez Rubalcaba, no solo en su bien conocida faceta de político sólido y leal a su partido, de excelente parlamentario y de riguroso servidor público, sino también en su papel fundamental como uno de los dirigentes políticos más comprometidos y decisivos en la estrategia para la consecución del final de ETA, todo ello sin contrapartida política alguna, por mucho que eso todavía le duela a la derecha.

Me sumo por tanto a su más que merecido homenaje, desde la cercanía de haber recibido siempre de él información puntual y de haberme hecho partícipe de la estrategia antiterrorista y en correspondencia de haber apoyado los contactos con la banda terrorista dirigidos desde su responsabilidad como ministro del interior, a pesar de que como Izquierda Unida habíamos acordado no integrarnos dentro de los límites del pacto antiterrorista. Sabía que no éramos imprescindibles, pero que en momentos tan decisivos todos éramos necesarios y por es por eso que contaba con nosotros.

Más adelante en el tiempo, ya como portavoz del grupo parlamentario socialista, también puedo dar fe de su capacidad política para crear un clima de confianza con el que facilitar el diálogo entre diferentes, así como de su habilidad negociadora que llegaba hasta el límite del agotamiento de la contraparte. Hasta el punto de denominarla en nuestro grupo como la ‘estrategia Rubalcaba’.

Lo que no se ha correspondido con la altura del personaje ha sido el busto descubierto en el congreso del PSOE, aunque eso tampoco sea tan importante, aún más cuando así se lo ha parecido al ahora converso senador Rafael Hernando Fraile. No es sólo que físicamente la imagen representada provocaste la estupefacción de sus compañeros, ya que no se le parecía en absoluto ( no es tarea del arte copiar ni atenerse a la realidad ) es que ni las trabajadas arrugas, tan características de su rostro y de su frente, ni la aguda expresión de sus ojos se representan en el busto ni se intuye su carácter inteligente, amable y socarrón que, al menos a mí, me ha trasmitido siempre Rubalcaba’.

Materia aparte es el tono de su voz y su palabra precisa, que siempre me ha parecido uno de sus principales valores en la política española, donde ante todo se debería tratar de convencer y de entender, como premisas imprescindibles del diálogo y el acuerdo consustanciales a la política. Ejemplo de ello es la frase de ‘balas o votos’ tuvo un efecto demoledor en el mundo abertzale, al igual que la de ′ los españoles no se merecen un gobierno que les mienta’,  que después del atentado del 11M, tuvo un efecto electoral indudable.

Muy lejos queda el supuesto maquiavelismo que sus adversarios políticos trataron inútilmente de atribuirle, a veces con encono, a lo largo de los años. Casi tan lejos de Alfredo como del rostro inexpresivo de su escultura.
Ya en los días del décimo aniversario del final definitivo del terrorismo se han sucedido las declaraciones de Arnaldo Otegi, primero lamentando el daño causado y al mismo tiempo reconociendo que el terrorismo nunca debió ocurrir y en todo caso cesar mucho antes, un paso importante pero insuficiente en el camino ineludible de la condena radical de la violencia como arma política y de la reparación a las víctimas; para a continuación, en una reunión interna de partido, poner precio a los presupuestos en doscientas excarcelaciones de etarras, algo que va en el sentido contrario de la negociación del fin de ETA y que ha sido inmediatamente descartado por el presidente del gobierno.

Las reacciones a la declaración inicial de Otegi de los gobiernos nacional y vasco han sido en este sentido de nuevo coincidentes, también en la línea de coordinación entre ambos por la que trabajó Rubalcaba. Sin embargo, en sentido contrario, se ha acentuado aún más si cabe la confrontación y la polémica entre los partidos de la oposición, que han aprovechado el aniversario para pasar una factura preventiva al gobierno de la coalición progresista por sus contactos y posibles coincidencias presupuestarias tácticas con la izquierda abertzale, cuando saben que las estratégicas y de gobierno quedan descartadas hasta que no salden su deuda con la verdad y con las víctimas.

Tampoco es de extrañar este encono, en particular el del partido popular, después de haberse conocido en estos días su conocimiento detallado y más en concreto el papel poco edificante de Rajoy como portavoz de la oposición en los últimos contactos entre el gobierno y ETA, en que tan pronto acusaba al presidente José Luis Rodríguez Zapatero de traicionar a las víctimas del terrorismo en público, mientras en privado los conservadores reconocían estar informados al dedillo y por si eso fuera poco, el propio Mariano Rajoy animaba al entonces Presidente Zapatero a hacer lo que tuviera que hacer en los temas objeto del proceso de negociación en marcha para el fin del terrorismo.  Un sindiós.

El verdadero peligro pues, no es sólo que te entierren bien, después de vapulearte en vida, es que además te conviertan en un icono inaccesible a los mortales para esterilizar con ello tus ideas. Algo que, a tenor de lo ocurrido en estas fechas, a Rubalcaba no le ocurrirá.