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24/05/2020 09:18 CEST | Actualizado 24/05/2020 09:18 CEST

'Sánchez é mobile qual piuma al vento'

Aceptémoslo, tener un presidente sin palabra es un problema.

Europa Press News via Getty Images
Una movilización contra el Gobierno junto a la sede socialista de Ferraz, en cuya fachada se expone una imagen del presidente, Pedro Sánchez. 

Aceptémoslo, tener un presidente sin palabra es un problema. Lo digo desde un punto de vista estrictamente lógico: el lenguaje ha de tener una sólida relación con la realidad si quiere ser algo más que un ruido hecho con la boca. Y en el caso de Pedro Sánchez simplemente no la tiene. Le hemos visto en televisión ofrecerse a decir veinte veces que jamás pactaría con Bildu. Y esta semana pactó con Bildu. No entro a juzgar la bondad o maldad del acuerdo -al menos, no en este párrafo-. Me limito a señalar, casi como lo haría un técnico informático, que Sánchez no utiliza el lenguaje para transmitir información. Es ésta una característica bastante extendida entre la clase política, y no es el actual el primer presidente que la presenta. Pero es tal la flagrancia, -la caradura, vamos-, con la que el líder socialista la practica, que en la confrontación parlamentaria, en donde con frecuencia se utiliza el juego tramposo del “y tú más”, Sánchez sólo puede jugar al “y tú menos”.

Todos comprendemos que en el acto de dar la palabra queda sobreentendido el supuesto de que las circunstancias no cambiarán de forma inesperada y radical. En efecto, si Sánchez se hubiera caracterizado en el pasado por vincularse a la palabra dada -al menos con el bajo nivel medio al que nos tienen acostumbrados los políticos-, podríamos interpretar que la mentira que supone su reciente pacto con Bildu es una excepción justificable por una coyuntura excepcional. Pero en el marco de la actuación de un político cuya consistencia está inspirada en la del pulpo Paul, querer creer -a lo Simancas- que lo ocurrido se explica por razones puntuales es como escuchar un despropósito de Díaz Ayuso y atribuirlo a que ese día no desayunó.

¿Quién podrá apreciar algo más que ruidos hechos con la boca cuando Sánchez se comprometa a hacer tal cosa o a no hacer tal otra?

Sánchez pasó de ser el candidato más oficialista del aparato a ser el maverick más outsider. Negó la importancia de las primarias para defender después su carácter innegociable. Ya sé que Rajoy blablablá, pero ¿hay en la política mundial un autozasca más brutal que lo de no dormir si pactara con quien nombró vicepresidente en la misma noche electoral? ¿Sánchez es incoherente? Sí, si nos referimos a los principios, el juicio político y esas cosas por las que uno no se imagina a Lastra demasiado preocupada. Pero no, si nos referimos a su puritito interés cortoplacista; ahí pocas veces se ha visto tan monolítica cohesión. El único axioma de la teoría del lenguaje de Pedro Sánchez afirma que las palabras son cosas que se dicen para conseguir cosas, por ejemplo, que no te bloquee el grupo más indeseable de la cámara -sí, hay que decirlo claramente, el apestosísimo nacionalismo etnicista de Bildu es aún más violento y nauseabundo que el apestoso ultraliberalismo nacional-católico de Vox, por más que esto le chirríe a esa parte de la izquierda que está tan cocida como su empanada ideológica-.

¿Qué va a pasar en la próxima campaña electoral? ¿Quién podrá apreciar algo más que ruidos hechos con la boca cuando Sánchez se comprometa a hacer tal cosa o a no hacer tal otra? Estamos hablando de alguien que no ve necesario que haya mayor vínculo entre lo que dijo ayer y lo que dice hoy que entre lo que comió ayer y lo que come hoy. Una vez más, basará toda su credibilidad en su presencia, su prosodia y ese irritante hiperesdrujulismo –“réconstrucción”, “crécimiento”, “pédanteria”- que heredó de Zapatero. Sánchez è mobile qual piuma al vento. Muta d’accento e di pensiero. No deberían poder aplicarse las chanzas del duque de Mantua a la palabra de un presidente.