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11/05/2019 11:49 CEST | Actualizado 11/05/2019 11:49 CEST

Sansa no es una víctima: El estereotipo de la superviviente y otros miedos culturales

HBO

En una de las escenas del capítulo cuatro de la última temporada de Game of Thrones, Sandor Clegane ( Rory McCann) se encuentra sentado a solas en medio de las celebraciones de la victoria de Winterfell contra el ejército blanco. Como siempre, El Perro parece huraño, afligido e incómodo, mucho más en mitad de un jolgorio ruidoso en que no tiene mucho que celebrar. Para el más joven de los Clegane, el triunfo sabe a poco. En realidad, fue más un asunto de supervivencia que cualquier otro ideal caballeroso. De manera que hunde la cabeza en el plato y come sin mirar a nadie.

Entonces, una figura esbelta y oscura se sienta frente a él en la mesa. La dama de Winterfell parece tan incómoda como él en medio del coro de risas y las conversaciones en voz alta. Pálida, fría y tensa, Lady Sansa tampoco tiene mucho que celebrar. El norte triunfó pero a costa de la muerte de sus mejores caballeros y soldados. En medio del gran número de bajas, la región parece desolada. Y la mujer que gobierna — o intenta hacerlo — el árido bastión, está abrumada, cansada por el peso de la responsabilidad y preocupada por el futuro. Sentada frente a Clegane, tiene el aspecto exhausto de una superviviente.

Entonces ocurre entre ambos quizás una de las conversaciones más significativas del capítulo: Sansa recuerda cuánto ha cambiado de la chica que fue — la pequeña ave Stark, se llama a sí misma, recordando la manera en que Sandor solía llamarle — y luego, admite que, a pesar de su sufrimiento, se ha hecho más sabia, fuerte y competente. “De haber venido conmigo, nunca habría ocurrido nada con Joffrey ni con Bolton”, murmura Sandor. Sansa suspira, se inclina y en un gesto singular en un personaje tan contenido, le toma del brazo. “No sería yo, sin todas esas experiencias”, comenta y lo hace en voz baja, firme. Le mira a la cara a Sandor, quien ya se ha extrañado pudiera hacerlo. “He visto cosas peores”, le responde Sansa, con rara tranquilidad.

Toda la escena anterior, podría resumirse en la durísima conversación entre dos sobrevivientes a hechos muy violentos, dolorosos y deshumanizantes: Sandor fue quemado por su propio hermano y la mayor parte de su vida, ha vivido con cicatrices terribles que no sólo deforman su aspecto, sino que le condenan al miedo y al trauma. Por otro lado, Sansa fue entregada en manos de un sádico como Ramsay Bolton que no sólo le agredió sexualmente, sino que la sometió a torturas inimaginables que la dama del norte jamás menciona, pero recuerda. Uno y otra, son consecuencias de la vida dura y violenta del continente, de la dolorosa forma de vida de una época violenta sin miramientos y que utiliza el abuso como una herramienta de poder. La conversación — que culmina con Clegane mencionando que “debe terminar algunos asuntos” — deja claro que ambos personajes han llegado a la conclusión que deben lidiar con sus demonios lo mejor que puedan. Que deben hacerlo, no sólo como una forma de hacerse más fuertes, sino para cerrar las puertas al pasado.

No obstante, esa sutil reflexión sobre la violencia — la forma en que se analiza, se asume y se traduce — de inmediato provocó la polémica en las redes sociales. La actriz Jessica Chastain escribió en Twitter, al día siguiente del programa, que encontraba reprobable y preocupante que se relacionara “el empoderamiento de Sansa con la violencia sexual que debió sufrir”. Para Chastain, activista feminista muy visible, el corto diálogo entre ambos personajes es una forma de insistir en que la violación puede “fortalecer a los personajes”, lo cual le parece inaceptable. “Una mujer no necesita ser victimizada para convertirse en una mariposa. La frágil ave siempre fue un fénix. Su notoria fuerza es sólo gracias a ella”.

La reflexión de Chastain se hizo viral de inmediato, por lo que la conversación sobre el tema terminó por hacerse inevitable. Cuando leí sobre el tema, me preocupó no sólo la interpretación que se estaba brindando a una conversación entre víctimas (parece muy sencillo olvidar que Sandor Clegane también lo es), sino la convicción mutua que, a pesar del dolor vivido por ambos, se han hecho más fuertes. En ninguna parte del diálogo, Sansa (o mejor dicho, los guionistas) intentan revalorizar la violación — o quemar el rostro de Sandor — como una forma de hacer más fuerte a los personajes. De hecho, tanto para Sandor como para Sansa, la violencia fue el hecho que marcó y distorsionó el rumbo de sus vidas. Una situación que les sobrepasó, les destruyó y tuvo el poder para devastar la vida como hasta entonces la conocían. Sandor se convirtió en un renegado, un hombre marcado en cientos de formas. Y Sansa en una mujer que tuvo que abandonar su mirada sobre la vida para comprenderse más allá de la víctima en que se convirtió. Reflejados el uno en el otro, la percepción de la tragedia se hace amplia, trascendental y de enorme importancia.

Sansa fue entregada en manos de un sádico como Ramsay Bolton que no sólo le agredió sexualmente, sino que la sometió a torturas inimaginables que la dama del norte jamás menciona, pero recuerda.

Game of Thrones ha sido criticada por mucho tiempo por su manejo del sexo y los personajes femeninos, sobre todo la forma en que la gran mayoría parecen responder a estereotipos poco creíbles y en ocasiones, incluso denigrantes. Durante la temporada cinco de la serie, Sansa fue agredida sexualmente por Ramsay Bolton la noche de su boda. La escena fue muy criticada, pero sobre todo, demostró que aún había un largo trecho que recorrer sobre el hecho de la violación más allá de su cualidad de efecto destructor. La serie utilizó la violación para sustentar la idea de la maldad irredimible de Ramsay (un psicópata capaz de asesinar víctimas inocentes en una cacería privada en el bosque rodea su propiedad), y también el sufrimiento de Theon Greyjoy, testigo involuntario de lo que ocurrió y en cuyo rostro la cámara se enfoca mientras se escucha a Sansa gritar y llorar. El hecho que los guionistas decidieran no mostrar a Sansa sino utilizar su dolor como una provocación y sobre todo, un reflejo de la personalidad de terceros personajes, levantó la inquietud de activistas y también de grupos de ayuda para víctimas de violencia sexual. ¿Hasta qué punto la serie es incapaz de analizar la violencia devastadora de la violación, convirtiéndola en un simple un giro argumental sin otro valor que su dramatismo? ¿Los arcos argumentales del guion utilizan la violencia como puntualización de la historia, socavando la real profundidad de un hecho deshumanizante y cruento?

Más tarde, converso con mi amiga Luisa (no es su nombre real). Hace doce años, un desconocido la violó, golpeó, mantuvo secuestrada por casi seis horas y después la abandonó de madrugada semidesnuda y herida, en una avenida solitaria del oeste de Caracas, donde finalmente la policía la socorrió. Para ella, la percepción sobre la violencia es un elemento descarnado y crudo con el que debe lidiar a diario y además, es una percepción sobre sí misma que se relaciona con la forma en que contempla la violencia y también, su vida actual. Pero se trata de una concepción ideal sobre quién es y, más allá de eso, en quién se convirtió debido a una experiencia traumática. Le pregunté qué pensaba sobre la escena entre Sandor y Sansa.

— Sansa habla de violencia, no de violencia sexual — me dice en voz baja. El rostro pálido — entre quienes le hicieron daño, toca a Littlefinger, que ejerció violencia sobre ella y control, además de traicionarla de una manera trágica. Así que sobre lo que habla Sansa es acerca de la supervivencia, no del hecho de ser más fuerte gracias a lo que le ocurrió. Sino a pesar de eso.

Una sutileza de considerable importancia. Luisa no se considera una víctima. Tampoco cree que las heridas — psiquiátricas e intelectuales — de la agresión no han curado. Más de una vez, me ha repetido que se piensa a sí misma como “sobreviviente”, alguien con los recursos y el poder real para enfrentar el miedo y convertirlo en algo más. Desde hace más tres años, Luisa participa en sesiones de terapia en que escucha con paciencia a víctimas de maltrato y violencia sexual. Lo hace desde la perspectiva de comprender la fortaleza de contar, admitir y reconstruir a pesar de un hecho de semejante impacto y capacidad destructiva. De una u otra manera, Luisa está convencida que sobrevivir es un acto de voluntad y que ese trayecto, atraviesa necesariamente la violencia sexual que sufrió.

— Sansa no asumió que, gracias al hecho de haber sido violada, es más fuerte. Es fuerte a pesar de haber sido violada — insiste cuando le cuento acerca del tuit de Jessica Chastain y la discusión sobre el tema — .En muchas ocasiones, quienes rodean a un sobreviviente, creen que la mejor forma de comprender lo que viviste es olvidarlo, nombrarlo de forma muy concreta y permitir que el trauma forme parte de tu vida — suspira — pero es algo más. Nunca sabrás quién pudiste ser de no haber sufrido algo semejante. Pero debes lidiar con la persona en que convertiste debido a eso. No puedes borrarlo, menospreciarlo, indagar sobre cómo te sientes bajo la convicción que eres una víctima que no ha evolucionado desde el momento de la agresión.

Sansa habla acerca de la supervivencia, no del hecho de ser más fuerte gracias a lo que le ocurrió. Sino a pesar de eso.

Sansa, claro está, representa esa evolución. No obstante, a diferencia de las habituales heroínas del subgénero y otras tantas en la historia de la cultura pop, Sansa ha recorrido un largo trecho desde la niña tímida que fue, hasta la mujer poderosa que puede gobernar una región hosca y levantisca como la imaginaria Winterfell. En su pequeño diálogo con Sandor (también roto y herido por la violencia) reconoce que la violencia le cambió — un hecho inevitable — pero que, además, ella pudo sobrellevar sus consecuencias. No se trata de desvirtuar y convertir la violación en una punta de lanza de la capacidad de la mujer — o el hombre — para hacerse más poderosa, sino del hecho de que un hecho violento de una envergadura semejante deja heridas con las cuales todos los sobrevivientes deben de de lidiar. Algo de lo que casi nadie habla y de hecho, se analiza muy poco.

En Game of Thrones la violencia es un elemento que forma parte intrínseca de la historia. Cada personaje la ha sufrido de alguna u otra manera y la serie — lo mismo que los libros — asimila la convicción sobre el dolor y el miedo remanente desde la forma en que cambió a sus personajes. Theon Greyjoy fue castrado (también un tipo de violencia sexual) y sometido a toda clase de torturas. El sufrimiento añadido a la tragedia convirtió a Theon en un hombre nuevo. Pero la serie deja muy claro que no fue gracias a las torturas de Ramsay que el pupilo de Ned Stark encontró la redención, sino que sobrevivir le obligó a encontrar un tipo de fortaleza interior que le volvió un buen hombre, al menos desde los parámetros de la serie.

Sandor Clegane está desfigurado, herido y destrozado (además de traumatizado) y Sansa, rota y afligida, intenta consolarlo con su propia experiencia. Entre ambos, nace una fugaz conexión de comprensión, de la misma forma en que ocurrió cuando Theon regresó a Winterfell para batallar junto al ejército de los clanes del Norte. Y ese quizás, es un elemento sutil que sostiene en más de una forma, el trayecto interior de su personaje y su eventual redención.

 

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