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30/06/2019 09:52 CEST | Actualizado 30/06/2019 09:52 CEST

'Sansón y Dalila', el deseo como nuestro talón de Aquiles

Jero Morales

La inauguración de la 65 edición del Festival de Mérida ha tenido todos los elementos con los que se suele relacionar el estreno de una ópera. Esta vez el estreno de un nuevo montaje de Sansón y Dalila de Camille Saint-Saëns. Un escenario mítico, en este caso el Teatro Romano de Mérida, aunque no operístico. El poder y los poderosos mostrándose. Puesto que el estreno ha coincidido con el nombramiento del socialista Guillermo Fernández Vara como presidente de Extremadura por lo que en las butacas del teatro se pudo a ver a la presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet, y a la presidenta del Consejo de Estado, María Teresa Fernández Vega. Todo ello acompañado del escándalo que ha surgido por el concurso en marcha para gestionar las dos próximas temporadas del festival. Y a lo que no puedo añadir los siempre jugosos cotilleos de parejas, enamoramientos, separaciones, engaños y pequeñas traiciones amorosas al desconocer el quién es quién de las celebridades locales (pero es que de Extremadura se desconoce casi todo). Una versión actualizada de lo que se cuenta en las novelas del XIX y de principios del XX, que después recogieron las películas y más tarde las teleseries, sobre el ambiente de lujo y exceso que acompañaban, en el imaginario popular, a la ópera. 

A todo lo anterior hay que añadir que un montaje como este es poco frecuente por estos pagos. Una propuesta con un claro mensaje político. No obstante, el nombre de Israel, en letras de molde inmensas, blancas llenas de manchas de sangre, preside gran parte de la producción. Incluso hay un momento que está cubierta de cadáveres. Un país que no deja de tener interés informativo cuasi 24 horas al día en cualquier canal de noticias. Tan popular ahora por esa reunión de donantes que ha organizado Jared Kushner, el yernísimo de Trump, para regar de millones un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos. Acuerdo del que se han quedado descolgados los europeos, cada vez más desvinculados de lo que pasa en Medio Oriente.

Pues bien, Sansón y Dalila cuenta la historia bíblica de un héroe, líder del pueblo perseguido de los israelitas, dotado de una fuerza increíble para mantener al profano a raya y conquistar la tierra prometida por Dios. Un hombre con una misión en la vida, como se diría hoy en el siglo XXI, al que se le cruza una mujer por la que siente un deseo que no puede controlar. Una mujer que le conmueve tanto o más que la Palabra de Dios. Mujer que pertenece al grupo de los otros. A la que no le gustó ser rechazada en un primer instante y, por eso y porque Sansón es de los otros, busca venganza. Busca su talón de Aquiles y derrotarlo, y junto a él derrotar al enemigo.

Una metáfora del odio entre pueblos. De guerras que ya no se recuerdan por qué empezaron, que se mantienen única y exclusivamente por costumbre. El odio porque tú eres tú y yo soy yo.

Para montar esta historia se ha contado con una orquesta local, la Orquesta de Extremadura, que suena bien bajo la batuta de Álvaro Albiach, con algún pero con los metales o la percusión. Con una reconocida mezzosoprano, María José Montiel, que demuestra lo que vale. Un tenor, Noah Stewart, que dejaba que desear en lo vocal, pero, sobre todo, en lo actoral. Y un coro colaborativo e inclusivo, lo mejor de la función, al que Paco Azorín ha sabido sacar partido como elemento escénico y dramático, haciendo pensar cuando se ve que en habiendo cuerpos y voz ¿para qué se necesitan otros elementos escénicos? 

Una historia que Azorín ha querido contar como metáfora del odio entre pueblos. De guerras que ya no se recuerdan por qué empezaron, que se mantienen única y exclusivamente por costumbre. El odio porque tú eres tú y yo soy yo, de no reconocerse en el otro como el ser humano que se es y que somos. Pocas razones más. De lo que solo se puede tener imágenes, inmediatas y puntuales, de lo que pasa pero no de lo que les pasa (frase de Lorca, siempre Lorca). Por lo que la prensa, el periodismo televisivo, pocas veces puede construir un relato verdadero, cumplir su compromiso profesional socialmente responsable, como señalan las palabras de Margaret Atwood al final de esta representación. 

Una representación llena de proyecciones, masas de gentes, caballos, antidisturbios, sacerdotes, personas simulando bacanales, y toda una serie de acciones y composiciones de imágenes bien medidas para el grandioso espacio en el que se representa y recalará en noviembre el Teatro de la Maestranza con Gregory Kunde y Nancy Fabiola Herrera. Un buen ejemplo de las capacidades y la calidad del director de escena de esta producción. Sin duda, gran responsable de los muchos y largos aplausos que recibe todo el equipo artístico al final del espectáculo. El problema está en que se quedan en ilustraciones de una música y en el ambiente que rodea a esta desgraciada y falsa historia de amor. Donde se muestra cómo el deseo nos pierde y pierde todo lo que somos y a todos los que queremos. Cómo la satisfacción de los mismos pierde a los seres humanos.

No hubiera sido mal mensaje, de haberse focalizado la propuesta escénica en ello, el haberlo mostrado en una sociedad, como la actual, a la que el poder político, económico y social quiere satisfecha. Una sociedad a la que primero se le incentiva el deseo o los deseos, pues hay muchos, entre otros el sexual, el rey como ya señalase Freud, y luego se le ofrece como satisfacerlos, legal o ilegalmente. Una sociedad satisfactoriamente insatisfecha de forma individual. Siempre deseosa, que pierde su fuerza y su capacidad en la misión imposible de que cada uno de sus miembros a título personal satisfaga sus más íntimos deseos. Se pierda por y en ellos, y en esa perdida, pierda su colectiva humanidad.

 

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