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20/10/2021 07:32 CEST | Actualizado 20/10/2021 07:32 CEST

Se fue ETA, pero no la violencia ‘blanda’

A veces, los ojos se empañan y no dejan ver todo el escenario y la subida y bajada de los telones de la tramoya.

EFE
Arnaldo Otegi.

Cada vez que llega a su pueblo en el País Vasco un preso de ETA, o sea, un terrorista, su cuadrilla lo recibe como si fuera una víctima y no un verdugo, juzgado y condenado por sus crímenes. Esta es parte de la ‘violencia blanda’ o de ‘baja intensidad’ pero con picos peligrosos, cuando las hordas de matones derrotados se envalentonan como una manada de lobos. 

Sigue habiendo ‘acoso social’ a los no nacionalistas, miradas de ‘aquí a la vuelta te espero’, de noche, naturalmente; acoso a guardias civiles, que no pueden pasear tranquilos con sus novias o mujeres, y que siempre han de estar vigilantes. Claro que desde hace hoy 10 años ya no se mata o a bocajarro y a traición o con una bomba lapa. 

En este aniversario, la primera década en paz, Arnaldo Otegui, jefe de la izquierda abertzale y dirigente de EH-Bildu, leyó el pasado lunes 18 una ‘declaración solemne’ en San Sebastián: “Queremos trasladarles (a las víctimas) que sentimos su dolor y afirmamos que nunca debería haberse producido. A nadie puede satisfacer que aquello sucediera. No se debería  haber prolongado tanto en el tiempo (…) Desgraciadamente el pasado no tiene remedio. Nada de lo que digamos puede deshacer el daño causado. Pero estamos convencidos de que es posible aliviarlo desde el respeto y la memoria. Sentimos enormemente su sufrimiento y nos comprometemos a mitigarlo”.

Es sin duda un gran paso, aunque no sea suficiente. Es lo más parecido a pedir perdón. Analizado en su contexto, 853 víctimas mortales en medio, más de trescientos casos sin resolver, es un nuevo mojón en la normalización: el primero fue el 20 de octubre de 2011 cuando la banda anuncia el fin de la lucha armada. La Guardia Civil, la Policía Nacional y los jueces, con una sociedad que poco a poco levanta la voz y se enfrenta a los asesinos, recordemos el ‘Basta Ya’ y las ‘manos blancas’, habían arrinconado a la organización de la serpiente. 

“O bombas o votos”, les había advertido Alfredo Pérez Rubalcaba. Eligieron la gatera que se les dejaba: la incorporación a la política democrática. Sin embargo el Estado fue prudente. Cauto. Ni el presidente Zapatero, artífifice de ese momento, con su estrategia de palo y zanahoria, negociación, directa, indirecta o invisible, y aguante, mucho aguante, por este episodio pasará a la historia, ni Mariano Rajoy, tiraron voladores. Eso sí: durmieron más tranquilos. 

Los presos fueron cumpliendo sus condenas, y acogiéndose a los pautados beneficios penitenciarios. Ya Aznar, como parte de su proyecto de negociación, acercó presos a las vascongadas. Zapatero siguió con estas medidas, y Rajoy no las interrumpió, a pesar de los tremendamente injustos (y falsos) discursos contra su antecesor, al que llegó a acusar en sede parlamentaria de “traición a sus muertos”. Pedro Sánchez, por su parte, no ha hecho sino continuar esta línea, aunque la derecha, la política y la mediática, no pierden la costumbre de mercadear con los muertos y sacarlos en procesión cuando gobierna la izquierda. Es un reflejo pauloviano. Hay algunos detalles ‘simbólicos’ que son como el ‘tremor’ del volcán de la Palma. Cuando la derecha acercaba presos de ETA o adelantaba su puesta en libertad, autorizada por los jueces de vigilancia penitenciaria, si se daba alguna noticia era meramente numérica, sin nombres, aséptica y a la vez antiséptica. Fue llegar Sánchez y cada terrorista acercado ya es terrorista y no solamente preso, y figura su nombre y apellidos, su apodo, y las víctimas a las que asesinó, como si las otras fueras maniquíes.  

Las familias de las víctimas se han dividido: unas consideran que las palabras de Otegui se quedan a medias, como Maite Pagazaurtundua, que denuncia que “falta la condena de una historia de barbarie”; otras como Maixabel Lasa, viuda de Juan Mari Jáuregui, asesinado por ETA, es rotunda en ‘El País’: “Esto es lo que pedíamos, ¿no? Pues se acabó”.

A veces, como los árboles que no dejan ver el bosque, los muertos son tantos, y hay tanto dolor, y hubo y aún queda tanto miedo y sentimiento, que los ojos se empañan y no dejan ver todo el escenario y la subida y bajada de los telones de la tramoya. ETA se ensañó no contra el franquismo sino contra la democracia, a la que intentó dinamitar mientras se estaba construyendo. Fue la clásica técnica para provocar un ‘golpe de estado’ militar. 

El año 1978 fue terrible. Ya en enero los ‘padres constituyentes’ empezaron los trabajos para construir una democracia moderna y progresista que sustituyera a la dictadura franquista, Transición por medio, para cimentar y edificar un régimen de libertades a la europea. Con Ley de Amnistía previa. Pues ETA se empleó a fondo, con especial saña, para impedir el proceso. 66 asesinatos en 1978. 76 en 1979… 

En la práctica, los etarras colaboraron con la extrema derecha, que también  estaba desatada. Sin todo el ‘trabajo’ de crispación previo es posible que el 23-F no se hubiera producido. O sí. Nunca se sabrá a ciencia cierta.

En 2018 preparé un libro sobre la ‘Larga Transición’, pero tratando aparte el año constitucional. Me encerré en la hemeroteca de LA PROVINCIA y tomé notas de todos los periódicos, día a día, de aquellos meses en que, como en el título de la famosa película, ‘vivimos peligrosamente’ al borde del precipicio. No era solo ETA. Fue además el GRAPO, la ultraderecha, el MPAIAC (Movimiento para la Independencia y Autodeterminación de las Islas Canarias) dirigido desde Argel por Antonio Cubillo, ‘el mencey loco’. Las bombas mapayacas eran bombas caseras, destinadas solamente a hacer ruido y salir en los periódicos para que Argelia y sus aliados en la OUA tuvieran material prefabricado para justificar que Canarias fuera a la ONU como un territorio a incluir en el listado de descolonizaciones. 

Pero a las bombas, por muy caseras y rudimentarias que sean, las carga el diablo. Una explosión en el aeropuerto de Gando-Gran Canaria provocó el desvío al pequeño y nublado aeropuerto de Los Rodeos, en La Laguna, Tenerife, de dos ‘Jumbo 747’, que terminaron chocando en la pista. Fue el 27 de marzo de 1977, en el sprint final de la Transición. Murieron 583 personas. 

A su vez, el Frente Polisario, otra creación  argelina, empezaba su campaña de ametrallamientos casi siempre nocturnos, de pacíficos pescadores canarios, indefensos en sus pequeños artesanales de ‘toda la vida’. España se vio en una tenaza: por una parte Marruecos y su ‘marcha verde’, apoyada por EEUU.; por otra parte estaba Argelia, que ‘castigaba’ a España por el acuerdo tripartito’ que le impedía un estado títere que le diera salida al Atlántico y que metiera a Marruecos en un saco… a la vez que se golpeaba a la retaguardia española, intentando ‘soplar’ un fenómeno independentista prefabricado en el Archipiélago. 

Aquella suma de maniobras fracasaron porque España despertó: fue un periodo convulso en el que la unidad política de las fuerzas democráticas, lejos de agrietarse se fortaleció. Fidel Castro ayudó a hacer fracasar la intentona Libio-argelina. En una escala técnica en Tenerife dijo algo así como “yo también tengo sangre guanche”, además de gallega.

Hojeando, pues, los tomos en la hemeroteca, con nubes de ácaros que se sentían libres como Ayuso, padecí físicamente, además de mentalmente,  el vértigo de tantos acontecimientos. Que recordaba aisladamente; pero que al verlos encadenados portada a portada me hacía preguntar cómo logramos los españoles sortear aquél agujero infernal. 

Y siempre ETA. Los ‘cuartos de banderas’ de los cuarteles ardían de ira.  “Este gobierno es una mierda, un atajo de cobardes”, me decía un día un coronel de estado mayor.  El vicepresidente  Gutiérrez Mellado era insultado en las instalaciones militares. Lo mismo que el presidente Suárez. Coroneles y generales caían en la trampa etarra y propugnaban llevar la Legión, supongo que con su cabra, al territorio vasco. Otra Irlanda del Norte. 

Por su parte el PNV, y los obispos y párrocos, salvo contadísimas excepciones, practicaban una insultante e indecente política de equidistancia. Fue el acoso policial y social a ETA lo que civilizó al desquiciado nacionalismo de Arzalluz e Ibarretxe y lo metió en vereda. Con curvas, ‘camellas’,  baches y desconchones, pero camino a Europa. A su vez el pragmatismo del PNV, al borde del abismo, aumentó la soledad de la galaxia etarra. Lejos de radicalizarse hacia el extremo, como la actual derechona española, el peneúve fue enganchándose a la resistencia constitucional aplicando el ‘cinturón sanitario’. 

A pesar del barullo, de la demagogia, del ruido y la furia, los bulos y los memes, la amenaza de los fantasmas que asolaron Europa… avanzamos.