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19/10/2019 08:04 CEST | Actualizado 19/10/2019 08:04 CEST

Sedúceme

El cine no es solo competición, sino constancia, mimo y arte.

GETTY IMAGES
Joaquín Phoenix

Se habrán percatado de que los cines, en estos últimos tiempos, lucen de una manera poco habitual. A quienes, como a mí, les agota la uniformidad y su espíritu de falsificación, la presencia de una cartel New Entry era heterogénea les supondrá un acicate para acudir a las salas, las cuales ofrecen la posibilidad de ahondar en una plétora de títulos con una multiplicidad temática y una calidad francamente inusitadas. 

Durante años, hemos asistido impávidos a una oferta cinematográfica homogénea, con unas películas que desacreditaban la madurez de cualquier espectador, y cuyo margen creativo se reducía a procurar los efectos especiales más grandilocuentes, unos gags bochornosos o a situar la acción del superhéroe de turno en un lugar cada vez más caótico y distanciado. 

La atención por las historias y por su desarrollo pasaron a un segundo plano, apostando por una producción de alto coste y, esencialmente, de alto rendimiento. Se estableció una suerte de rally aplicado a la cinematografía, en el que primaba la gran inversión encaminada a la rapidez y a la eficacia. Pura ingeniería. 

Pero el cine no es así; el cine no es solo competición (que la hay, no les quepa ninguna duda), sino constancia, mimo y arte. No se trata de mera supervivencia, sino de seducir y conquistar. El cine tiene más de amor romántico a la antigua usanza que de desarrollo tecnológico: con el segundo solo se consigue la impresión, pero con el primero se logra la emoción. Y esta, por fin, ha regresado a nuestras pantallas.

Parece existir unanimidad en que Joker ha supuesto un antes y un después en el cine de este año. La implicación psicosocial que se esconde tras la personalidad de un sociópata ha hecho tambalear los cimientos de nuestra propia lógica, obteniendo en todo el mundo más de quinientos millones de dólares de recaudación. Mal que nos pese, el sistema crea sus monstruos. 

Al mismo tiempo, y para aquellos que no quieran, no puedan o no estén interesados en el devenir vital del villano de DC Comics, la cartelera ofrece Día de lluvia en Nueva York, lo último de Woody Allen, una cinta situada en las antípodas del espectro cinematográfico de Joker, cuyo foco narrativo se aleja de un único personaje y retrata un fresco de la aristocracia norteamericana que destila clasicismo retratando las luces y sombras de la clase social más adinerada y, sobre todo, de sus amores en los días de lluvia. Al mismo tiempo, cuenta con la dirección fotográfica de Vittorio Storaro, una leyenda viva de la historia del cine, cuyo trabajo es un deleite visual.

Por si fuera poco, en cartelera también está Mientras dure la guerra, película de Alejandro Amenábar que ya ha superado los cinco millones de euros en recaudación, y que retrata una etapa histórica tan convulsa y triste de la historia de España como la guerra civil. Todo ello de la mano de Karra Elejalde transmutado en un Miguel de Unamuno soberbio. 

Simultáneamente, otro imprescindible del cine español, José Luis Garci, ha regresado a la gran pantalla con El crack cero, una apuesta personal del director por recobrar a su personaje fetiche, Germán Areta, en una relectura del cine negro en clave contemporánea. Su fotografía en blanco y negro y su enfoque ofrecen una alternativa para quienes añoren el cine noir de calidad. Y, cómo no, siguiendo en el marco patrio, también disponen de @buelos, la película de Santiago Requejo en la que nos reencontramos con Carlos Iglesias, Roberto Álvarez, Ramón Barea y Ana Fernández, esta vez, en una comedia con un importante trasfondo social crítico.

Además, para todos aquellos a los que les gusten las cinematografías independientes y las cintas con un enfoque plural, la cartelera nos ofrece la oportunidad de ver La directora de orquesta, cinta holandesa escrita y dirigida por Maria Peters. Protagonizada por Christanne de Bruijn, en este biopic se recrea la vida a Antonia Brico, la primera directora de la Orquesta Filarmónica de Berlín, reflejando las innumerables trabas que se encontró en su camino profesional. 

Y todos estos títulos se encuentran acompañados por un sinfín de películas de animación, comedias, dramas y cintas indie que aderezan una cartelera con un esplendor difícilmente replicables.

¿Por qué sucede ahora? Por pura sensatez. Permítanme una breve apostilla. Las etapas históricas que gozaron de mayor éxito cinematográfico fueron precisamente aquellas en las que la audiencia disponía de variedad temática, autoral, argumental y estética. No es casualidad que un año como 1939 condujese al éxtasis con películas tan dispares como Lo que el viento se llevó, El mago de Oz, La diligencia o Ninotschka. En lugar de incidir en el éxito seguro, se limitaron a apostar por la calidad, con todas sus consecuencias.

Por fin la industria ha vuelto a despertar y se ha dado cuenta que más allá del éxito comercial efímero, este arte tiene todo su basamento en seducir. Consecuentemente, sedúzcannos.  

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