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02/11/2019 10:24 CET | Actualizado 02/11/2019 10:24 CET

SEMINCI 64: fila 6, butaca 1

Les aseguro que aquel momento, aquel sencillo, breve e intenso momento en la oscuridad de una sala, ha sido suficiente para iluminar toda una vida.

SEMINCI
La autora, Lucía Tello. 

Me obsesionan los números y el modo en que con ellos denotamos el mundo. Sala 10, por ejemplo; el mes décimo o la sesión de las diez. Parecen la misma cifra, pero el significado es completamente distinto. Los números evidencian que la existencia es tangible y, al mismo tiempo, esotérica.

Hace justo una semana, todos estos dieces se unieron en mi vida en los cines Broadway, en el marco de la Semana Internacional de Cine de Valladolid. En la 64 edición de la SEMINCI (pronunciado con “C” de Coixet, y no con “CH” a la italiana) se estrenó mi primer largometraje documental, Endless Cinema, la culminación de seis años de absoluta entrega y pasión. 

Vivir un festival de cine desde dentro es una experiencia tan fascinante como inesperada. Acostumbrada a asistir como prensa desde que estudiaba en la facultad, presentarme como autora ha resultado el colmo de la reversibilidad, similar a que la vida, por algún vericueto inadvertido, te ofrezca la oportunidad de observar la escena desde una perspectiva más íntima y mejor. Como periodista tengo la suerte de ser testigo de la historia, pero como autora he podido comprobar, fugaz e intensamente, lo que significa protagonizarla.

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Por las calles de Valladolid, una ciudad cinéfila en la que, durante una semana, el cine impregna el día a día, me reencontré a mi “yo” de hace quince años, en la primera edición a la que asistí. Por aquellos años, me sentí tan subyugada por el placer extático de visionar cine desaforadamente y sin mesura, que tuve la necesidad imperiosa de entregarme al cine todavía más, encerrándome por las noches en el hotel a escribir historias. No críticas ni crónicas ni entrevistas, que también, sino pura ficción. Un bloc, un cuaderno y los contados folios con membrete del hotel albergaron aquellas primeras páginas de lo que acabaría siendo mi primer cortometraje, Un tango con Norma, en un proceso que me demuestra que la fertilidad de un terreno depende únicamente de que esté debidamente abonado.

En la SEMINCI escribí mi primer corto, efectivamente, y una década y media después, en la misma SEMINCI, se ha presentado mi primer largo. Qué curiosas providencias tiene el destino.

Les aseguro que aquel momento, aquel sencillo, breve e intenso momento en la oscuridad de una sala, ha sido suficiente para iluminar toda una vida.

El viernes 25 del décimo mes, en la sala diez y a las diez, fui invitada a presentar la película ante un público entregado y cinéfilo, repleto de preguntas que estaba ansiosa por responder. Debo reconocer que, más que directora, me sentí representante de todos aquellos cineastas a los que entrevisté en el documental, quienes realmente dan valor a la película. Sin ellos, sin su testimonio y su generosidad, ni el documental ni yo tendríamos ningún sentido.

Por ello es un documental que le pertenece en exclusiva a Agnès Varda, a Michael Haneke, a Isabel Coixet, a Gonzalo Suárez, a Deepa Mehta, a Naomi Kawase, a François Ozon, a Apichatpong Weerasethakul y a Carlos Reygadas. Ellos son los autores de la película y del cine con mayúsculas: El que a mí me gusta, el de ellos.

Es este el motivo por el que no siento ningún pudor ante un documental que, si bien podría ser mucho mejor, es una oportunidad como otra cualquiera de analizar la situación actual del cine, de pensar en su futuro y en los recelos que todos tenemos en cuanto a su devenir. Es un documental mejorable, por supuesto, pero profundamente honesto, sobre el mundo del cine. Por ello estar allí, arropada por parte de los miembros del equipo y por un público extremadamente respetuoso, me hizo sentir tan conmovida y abrigada.

SEMINCI
La autora, Lucía Tello. 

Sin embargo, fue el sábado 26, el día posterior, cuando entendí la oportunidad inmensa que la SEMINCI me había regalado. A punto de viajar de regreso a Madrid, decidí volver a los cines Broadway, donde se llevaba un pase matinal de Endless Cinema. Con la ayuda del equipo del cine entré sigilosa en la sala, justo unos minutos después de que la sesión comenzase. Me apoyé en una de las esquinas a oscuras, literalmente envuelta en cine, resguardada en el calor de la sala. Aquel público veía la película con atención y placer. Incluso un espectador sacó un móvil furtivo, hizo una fotografía y, presto, ocultó el teléfono y su acción. Sonreí sabiendo que, horas después, la imagen aparecería en las redes sociales.

En aquella sala tan llena de vida y de cine, compartiendo cartel con Joker de Todd Phillips y Parasite de Bong Joon-ho me sentí agradecida a todos cuantos permitieron que estuviera allí. 

Desconozco el recorrido que tendrá el documental o si será, finalmente, un hijo único en esta filmografía monoparental, pero les aseguro que aquel momento, aquel sencillo, breve e intenso momento en la oscuridad de una sala, ha sido suficiente para iluminar toda una vida. Gracias.

 

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